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Mixed feelings en Tijuana: O de los espejos que nadie quiere ver

Mariana Martínez Esténs


Mixed feelings en Tijuana: Bilingüismo, sentimiento y consumo transfronterizo está disponible como libro impreso en las Librerías UABC, y como ebook en esta liga. También lo puedes conseguir directamente con la autora, comunicándote con ella por Messenger.

Nadie escribe su tesis para ser leída. La sabiduría popular nos dice que es un trámite, que es un bodrio y que no la va a leer ni la abuelita más amorosa, por más porras y flores que te dé, ya con la toga puesta.

Como dijo el pollito, “Se tenía que decir, y se dijo”.

Pero bueno, yo vengo a decirles que este libro —cuyo origen es una tesis— no es un bodrio infumable, es lo contrario —y tuve suerte, porque me comprometí a presentarlo sin haberlo leído, que, “note to self”, es un grave error—.

Por suerte, este libro es una observación aguda, minuciosa, sostenida, desde una mirada que se viste de mucha academia y notas al pie, pero que tiene el corazón del más puro ejercicio de tijereo, digo, de people-watching,digo… de etnografía virtual: es un observar a los otros y sus mundos con curiosidad, para luego tejer lo visto vinculándolo a nuestro propio habitus de Bourdieu, si es que queremos ponernos así de bien payasas.

Luego entonces, Mixed feelings es un libro que me atraviesa; me atraviesa de manera personal por ser una posterchild de los 80s tijuanense, educada por la televisión abierta de Sesame Street y los Power Rangers; por mi infancia playona en la que los canales en español eran bloqueados por los cerros grandes y la neblina costera. Ahora entiendo que también fueron bloqueados quizás por las creencias-experiencias de la clase media tijuanense de que los niños absorben el inglés por ósmosis, viendo las caricaturas. Soy el resultado del “ponle Duck Tales y dale Kool-aid del purple dinosaur, y con eso”.

Playas de Tijuana

Y digo, sí funcionó, porque soy intérprete simultánea certificada por UCSD y mi vida laboral empezó traduciendo para misioneros gringos, vendiendo puros cubanos, y hoy en día hago algo de eso mismo, en el ámbito de la tecnología. Mi vida profesional ha requerido de una plasticidad de contorsionista y un manejo translingüe transcultural, feroz.

¿A dónde se asoma Lilí y desde dónde observa?

Pues, Lilí toma la iniciativa sorprendente de asomarse a la vitrina más obvia, el escaparate de las vanidades más transparente que tenemos: el Facebook que, con nuestros estados e interacciones, es nuestro ejercicio diario, más performativo de la lengua. Es el lugar donde escribimos como hablamos, como pensamos, las netas de nuestros planetas…or so we feel so.

Lilí se lanza entonces a observar a 56 personas, la mitad de ellas desconocida pero friends of her friends. A lo largo de dos años va peinando sus estados, 1,548 publicaciones en las que se usa una mezcla de español con inglés. Ahí Lilí observa y documenta el capitalismo del Me gusta, la sed de likes, el capitalismo de las emociones, del Me gusta-te acompaño-te amo-me pone triste-me enoja. Ahí es donde se venden significativos. Mercancías emocionales que nosotros generamos (obreros sin sueldo, entretenidos, narcisos embelesados por nuestra propia imagen reflejada). Esas emociones expresadas se vuelven la mercancía emocional para informar al algoritmo y que nos vuelvan a vender lo que queremos que nos vendan, o lo que creemos que queremos que nos vendan. Y así se nos va haciendo el mundo, endogámico, miope y chiquito, chiquito, chiquitito. El sentir y su expresión son bienes comercializados y utilizados de formas que todavía no alcanzamos a dimensionar, y quizás no lo haremos, porque un lugar como FB se ha vuelto un espacio vital, donde es secundario el hecho de que sea un greenhouse para los datos y el caldo de cultivo para la manipulación de darnos lo que creemos que queremos. Read that again.

Luego del análisis de FB, Lilí complementa con una encuesta y una entrevista que contrasta y aclara muchísimo. Esta aproximación me parece novedosa y brillante. Me da mucho alivio que Lilí no se haya ido a la lejanía de lo rural, de lo indigenista, de lo más foráneo, de la otredad más burda. El libro analiza lo que está a la mano, su propio entorno, su low-hanging-fruit es ella misma a través de observar a sus pares. El ejercicio es valiente en la manera en que sus conclusiones son sobre el propio grupo al que ella pertenece y es valioso porque deja ver una identidad tijuanense cuyos lados obscuros no hemos querido ver.

La parte del análisis del libro, que es la más sabrosa, me transportó a mis early-20s llevando a mis tías —ricas, regias— al otro lado. Yo manejaba el carro prestado por mi mamá, lleno de tías emocionadas. Las llevaba a Sacks 5th avenue y a la Nordstrom de Fashion Valley a comprarse cremas Clarins, perfumes, bolsas y vestidos elegantes. Mi propina, además de la invitada a comer, eran todas las muestras de esas cremas caras de señora, una práctica iniciática que ahora se traduce a mis propios consumos que hoy son, claramente, de “cremas caras de señora”.

Pasé tardes enteras observando a mis tías en esos cuartos de espejos completos en donde nadie quiere verse —pero debería—, esos espejos de tres lados iluminados como vitrinas y rodeados de crueles focos amarillos, perfectos para descubrir nuestros defectos en toda su gloria.
Pues así es la parte de análisis de este libro: es hora de ver cómo se nos ven las nalgas en ese vestido de la Nordstrom.

Consíguelo en las Librerías UABC, en la página de la editorial McGraw Hill o directamente con la autora.

Y así nos va, querides tijuanenses, así nos va:

Lilí nos cuenta que los tijuanenses que hablamos inglés, fronterizos, transfronterizos, de doble nacionalidad, con visa, sentri o emigrados, clasemedieros y medianamente educados, somos, en resumen, aspiracionales y fantoches. Somos un poco Tjmaxers, un poco swapmeeteros, pero siempre cuidando la dignidad, pidiendo los tesoros encontrados en la bolsa oscura, para que no se note de dónde salieron ni ese vestido Balenciaga ni los tenis Tommy. Somos además, mucho menos igualitarios de lo que nos narramos y, en muchos casos, vamos irguiendo fronteras quizás más veladas que las chilangas o tapatías, pero no menos firmes, por pertenecer al territorio sutil y simbólico de la lengua. Valoramos hablar inglés como una garantía de movilidad social que no se cumple. El ser monolingüe es ser analfabeta. No saber inglés es un sin-sentido y una razón de desprecio que nos desespera y nos confunde, I mean, why would anyone not speak English viviendo en la frontera, la neta?

Pues yo cruzo a USA como gringa y a México como Tijuanera, una que es adaptable pues…

No solo es valioso el inglés; incluso ponemos el ojo en la variante de inglés que se habla y vemos como inferior al “pocho” sin darnos cuenta de que con esa insistencia se queda gente en el limbo de estar al filo de dos culturas todo el fukin tiempo.

Mamá, verdad que ¿no todas las fronteras son la misma frontera?

Mitad Norteña, mitad West Coast, full Chingona

Lilí descubre a tijuanenses llamando al inglés “el wild card de cuando juegas UNO” y burlarse de “los deportados” (cuyo origen es cuestionado, marginalizado y racializado hasta el cansancio) cuando siguen hablando inglés en el transporte público en Tijuana “creyendo que van en Trolley”.

Si estoy hablando con una persona gringa gringa gringa entonces todo en inglés, pero si estoy hablando con un half-and-half pues ahí si puede ser revuelto, no?

Hay que admirar lo gringo, pero no demasiado. Nos da movilidad ser white-passing (exhibit A) pero el discurso dominante es que solo consumimos en San Diego por ser más barato, por ser más accesible, por tener mejores ofertas; pero si hubiera buena ropa aquí, buenas movies aquí, entonces quizás podríamos consumir aquí:

Por fin dejaríamos de cruzar, que es además una fuente de angustia terrible.

No hay fronteridad feliz: el cruzar en cualquier sentido es una fuente de angustia y ambigüedad.

Mi hermana fue así como que “ha, el español no importa, solo aprenderé inglés” y ahorita mi hermana, por ejemplo, vive en una crisis de identidad bien intensa porque es así toda chicano-power pero… mi hermana a veces no habla bien ni el español ni el inglés, y bueno, mi hermana así lo ve, como que le arrancaron el águila del pecho.

Tejemos nuestros recuerdos y nuestros quereres en lo ajeno: nos da nostalgia el cierre de La Toys, nos da antojo del In-and-out y durante la pandemia hubo tráfico masivo de órdenes del Panda Express.

Es de madre geek guardar el first badge de ComicCon de su hijo.

Ganar en dólares y gastar en pesos, o mejor aún, ganar en dólares estando en México, es el Tijuana-dream por antonomasia, El sueño no es vivir en San Diego, sino vivir como en San Diego, pero en Tijuana, porque no nos alcanzaría para vivir en San Diego como nos gusta, nos imaginamos y nos creemos merecer NUNCA.

Güey, que alguien nos diga que ni a ellos les alcanza para ese lifesyle, pero bueno.

El sueño entonces es claramente materializado en New City, donde a pasitos de la frontera a los gringos les venden sus propias fantasías y necesidades en forma de banda gástrica, levantamiento de glúteos y regeneración del himen. El sueño se cumple para algunos lucky few al volverse Mexicans más chingones que el resto, por vivir de los gringos y no al revés. Success y comiendo tacos, pues.

Haré una pausa aquí para que nos caiga colectivamente el veinte de cómo se nos ven las nalgas en este three way mirror del terror: El billete verde es nuestra religión.

Acá entre nos, prefiero flippear hamburgesas en el otro lado por mis 9 dolaritos la hora, que dar clases en una institución de gente nice cuyo rango de pago es de 75 a 140 pesos la hora, según la categoría en la que caigas. Tener lana en el banco es mi color de identidá.

Ta feo, pero es verdad. Porque nuestro consumismo y aspiraciones inalcanzables en el régimen del capitalismo del sentir nos dejan con una gran necesidad de defender a México, de querer a México y luego serle infiel al cruzar la frontera y sentir el alivio de ganar dólares, del escape del orden y de los easy returns y el customer service, seguido de la angustia de la no pertenencia, de la sospecha, de que se nos note el acento como cenicientas lingüísticas que tienen miedo de que suene el reloj a medianoche. Y, entonces, lo que sigue es la fuga de volver a Tijuana, valorando a lo gringo pero no demasiado porque eso sería traición a sepa-qué-imaginario de pertenencia a un México que nos mira con sospecha y un poco de razón.

Y remato con una cita en el libro de Lilí, de mi querida amiga Rihan Reh que es otro knock out sobre Tijuana y nuestras lógicas inconscientes: “Pesos are feminized and dollars masculinized, and Mexico as a whole appears as the domestic sphere alongside the US’s public sphere of labor”.

Mariana Martínez Esténs es escritora, primero, por ser periodista de experiencia de 20 años cubriendo la región fronteriza de Tijuana-San Diego; y, segundo, por ser autora del libro Inside people: Historias desde la reclusión. Actualmente es intérprete y trabaja en el área de la tecnología. Además ha sido productora de campo para Vice ID London, Netflix, BuzzFeed, NBC, Discovery Science, BBC, Nature, Nat Geo y Al-Jazeera. Antes de su trabajo en documentales, fue directora de Noticias de Milenio Radio Baja California, reportera de cámara para Telemundo 33 y Univisión San Diego; fue colaboradora de Associated Press durante 8 años.
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Habla materna: ¿Hace daño hablar “chiqueado” a los niños?

Por más que alguien se resista a «simplificar» su habla y agudizar su tono de voz frente a un bebé, resulta que estamos biológicamente destinados a hacerlo.
Nadie nos enseñó cómo hablarle a los bebés, pero las madres tenemos la carga genética y biológica necesaria para saber cómo hablarle a nuestros críos y así llevarlos a que aprendan a comunicarse para sobrevivir. Instintivamente le hablamos «chiqueado» a los bebés.

Se le llama habla materna, motherese (maternés en español) o baby talk al habla que los padres o cuidadores dirigen a los bebés y niños pequeños. Esta forma de comunicación se distingue por un tono especialmente agudo y una simplificación gramatical de la lengua caracterizada por la predilección de frases y oraciones cortas, el uso de sustantivos concretos en lugar de abstractos o descripciones complejas, la selección de nombres propios y apelativos sobre pronombres, la formulación frecuente de preguntas breves, etc.

Mediante el motherese, el bebé desde que nace va aprendiendo muchos principios de interacción humana que asentarán las bases para su adquisición del lenguaje. Por ejemplo:

  • El bebé aprende a distinguir cuándo le hablan a él y cuándo no. Sabe que cuando las voces de sus cuidadores se hacen agudas, la interacción está dirigida hacia él y presta más atención.
  • Poco a poco, el bebé empieza a reconocer también lo que son los turnos de habla. Comienza a notar que, después de que se le dirige una cadena de sonidos con una entonación ascendente al final (las preguntas en el español, por ejemplo), se destina un momento de silencio para esperar una reacción de su parte. Así él empieza a entender que existe la expectativa de que él también participe activamente en la interacción.
  • Otra tarea muy importante que lleva a cabo el bebé mediante el motherese es la toma de estadísticas de los sonidos de la lengua de sus cuidadores. Naturalmente, ningún bebe nace sabiendo cuál es la lengua (de las más de 7 mil que existen en el mundo) que está destinado social y geográficamente a aprender. Por eso mismo, el bebé recién nacido es capaz de discernir todos los sonidos de cualquier lengua, pues todavía no está condicionado a preferir unos sonidos sobre otros. El bebé pudiera tener a su mamá hablándole en español, a su papá hablándole en inglés, a su hermano en francés y su niñera en alemán (por poner un ejemplo drástico), y él se dedicaría a tomar estadísticas de cada lengua, y, al poco tiempo, sabría perfectamente identificar cuál es cuál y relacionarla con la persona que la habla. ¿Cómo hacen esto los bebés? Cada vez que alguien les habla, especialmente la mamá, el bebé se fija en cuáles son los sonidos más frecuentes y dónde se encuentran estos en la cadena hablada con base en la entonación y las pausas. A esto se le llama aprendizaje estadístico. Este trabajo lo desarrolla todo el tiempo, desde que nace, de manera que, antes de haber cumplido su primer año, ya reconoce los sonidos de su lengua materna… pero ya no presta atención ni distingue tan fácilmente los sonidos de cualquier otra lengua. Hasta entonces el bebé ya fue predispuesto, socialmente hablando, a preferir la lengua que le es más familiar que cualquier otra.

Disponible para terapias psicológicas en línea.

De esto se deduce que entre más se le hable al niño, mejor estimulación tendrá y más rápido podrá adquirir estos conocimientos.

Algo desaconsejable, sin embargo, es que una misma persona acostumbre a hablarle al bebé en 2 o más lenguas diferentes de manera arbitraria, pues esto dificulta su toma de estadísticas y le evita aprender contextos diferentes de interacción.

Entonces, ¿le hacemos daño a los bebés cuando les hablamos en motherese? No, pero… podría llegar un punto en el que sí.

Tal como estamos biológicamente programados para hablar motherese a los bebés, también lo estamos para ir aumentando la complejidad de nuestro habla según los avances que vaya mostrando el niño en su adquisición de la lengua. De forma inconsciente los adultos adaptan su motherese al habla del niño, y así, juntos, papás e hijos van colaborando en esta proeza que es el aprender a comunicarse e interactuar en sociedad.

Si uno de los cuidadores fallara en este gradual aumento de la complejidad de su habla hacia el niño, a este último le estarán faltando los estímulos apropiados para que siga avanzando en el desarrollo de su lenguaje. Un problema así podría ser notorio a partir de los dos años de edad del niño.

Antes de concluir, quiero hacer una aclaración. El motherese NO consiste en imitar al niño. O sea, si el bebé le dice «tete» a la leche, hablar motherese no es llamarle «tete» a la leche. El bebé produce la palabra «tete» a partir de escuchar frecuentemente la palabra «leche». Si uno le empieza a hablar de «tete», el niño se confunde porque asume que está escuchando una palabra nueva. Si llega a pensar que «tete» y «leche» son sinónimos y formas igualmente aceptables de la palabra, dejará de esforzarse por decir «leche» bien por un «pequeño» malentendido.

El motherese es una gran herramienta, entre muchas otras más no discutidas aquí, de las que se vale el niño para aprender, no solo a hablar, sino a interactuar y vivir en sociedad. Podemos estar tranquilos sabiendo que nuestra forma anormalmente aguda y simplificada de hablarle a nuestros niños no es una excentricidad, sino un mecanismo biológicamente programado que instintivamente usamos para consentir, amar y ayudar a nuestros hijos en su desarrollo.

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    Según tu opinión las personas se hacen más conscientes de su dignidad humana, de sus derechos, conforme avanza el tiempo.…

Experiencias que hacen memoria: una lectura del libro Experiencias (a)típicas

Víctor Adán Flores Miranda

Doctor en Historia por el Instituto de Investigaciones Históricas-UABC
vflores36@uabc.edu.mx

Leer Experiencias (a)típicas. Testimonios de vida y trabajo con autismo fue, para mí, una experiencia atravesada por dos miradas. La primera, inevitable, es la del historiador que se acerca a un conjunto de testimonios y reconoce en ellos una forma de memoria. La segunda, mucho más cercana y personal, es la del padre de una niña dentro del espectro autista, que encuentra en estas páginas resonancias, preguntas, emociones y puntos de contacto con su propia vida familiar.

Desde la mirada académica, el libro tiene un valor muy claro: recupera la historia de una institución y, al hacerlo, permite pensar el autismo en Tijuana desde una perspectiva social y comunitaria. Las experiencias que aquí se reúnen no pertenecen únicamente al ámbito privado de las familias. También hablan de una ciudad, de una asociación, de sus procesos de acompañamiento, de sus aprendizajes y de las formas en que una comunidad ha ido nombrando, comprendiendo y atendiendo la neurodivergencia.

En ese sentido, Experiencias (a)típicas aporta una memoria situada. Pensar el autismo desde Tijuana implica reconocer una historia particular: la cercanía con Estados Unidos, el contacto con terapias, conceptos y enfoques provenientes del mundo anglosajón, así como el contraste con un contexto mexicano y latinoamericano donde, durante mucho tiempo, el autismo fue un concepto difuso o poco conocido para buena parte de la sociedad. El libro permite observar cómo esas experiencias se fueron construyendo desde la vida cotidiana, desde las familias y desde quienes han trabajado directamente con personas autistas.

Como historiador, me parece especialmente valioso que este volumen organice experiencias que de otro modo podrían quedar dispersas. La memoria es una materia indispensable para comprender los procesos sociales, y este libro recupera sensaciones, emociones, puntos de vista y realidades que se encuentran entre sí, aunque cada historia conserve su singularidad. Esa recuperación permite darle cuerpo a una realidad que no debe permanecer silenciada ni aparecer únicamente en el nivel de los discursos políticos. Aquí hay testimonios que ayudan a comprender con mayor claridad lo que muchas familias viven todos los días.

Pero mi lectura no fue solamente académica. También leí este libro como papá de Grecia, una niña de seis años dentro del espectro autista. Desde ese lugar, la lectura me resultó profundamente conmovedora. En cada testimonio encontré experiencias distintas a la mía, pero también puntos conectados: retos que se parecen, adversidades que resuenan, pequeños logros que se celebran con una intensidad muy particular. Quienes vivimos el autismo de cerca sabemos que esos avances tienen sus propios tiempos y que, muchas veces, transforman por completo nuestra manera de mirar el mundo.

Uno de los aspectos que más disfruté fue el humor que aparece en algunas páginas. Quienes vivimos de cerca la neurodivergencia sabemos que, cuando existe confianza, el humor puede ayudarnos a quitarnos por un momento la armadura con la que muchas veces enfrentamos el mundo. Esa risa interna también forma parte de la experiencia. No cancela las dificultades, pero permite respirar dentro de ellas. En ese sentido, el libro no cae en una mirada plana del autismo: muestra sus retos, pero también sus gestos de ternura, sus momentos inesperados y sus formas particulares de alegría.

Otro de sus grandes aportes es que pone sobre la mesa una realidad que suele quedar menos visible: la vida de los jóvenes y adultos autistas. Con frecuencia, el autismo se asocia casi exclusivamente con las infancias. Pero las personas autistas crecen. Este libro nos invita a mirar también esa otra etapa de la vida, que necesita ser mucho más conversada, comprendida y acompañada.

Por todo esto, Experiencias (a)típicas es un libro necesario. Lo es por su valor testimonial, por su dimensión comunitaria y por la posibilidad que abre de pensar el autismo desde nuestra región. También lo es porque reconoce a quienes verdaderamente dan sentido a estas páginas: Sebastián, Ricky, Andrés, Érika, Ángel, Abraham, Citlali, Carol, Jorge Luis, Joy, Benjamín, Manuel, Emilio y Ángel S. Sus historias merecen ser conocidas. Y este libro permite que esas voces, esas vidas y esas experiencias encuentren un lugar en la memoria compartida de nuestra ciudad.

*Experiencias (a)típicas. Testimonios de vida y trabajo con autismo se encuentra disponible en las instaciones de la Asociación Pro Autismo, en la Librería El Día ubicada en Zona Río y en el café Lento.

**Si le interesa conocer un poco más del libro y leer una pequeña muestra, puede hacerlo aquí.

Víctor Adán Flores Miranda es licenciado, maestro y doctor en historia por la UABC. Su trabajo académico se centra en la historia de la educación superior y de los movimientos estudiantiles. Otros de sus intereses son la historia del cine y la divulgación de la historia. Se ha desempeñado durante 10 años como docente en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UABC y actualmente es encargado de Difusión y Proyectos de Divulgación en el Instituto de Investigaciones Históricas de la misma institución universitaria.

La venganza de los siths y la seducción de la derecha radical

Liliana Lanz Vallejo

Este 8 de mayo tuve el gusto de acudir a la proyección con orquesta sinfónica en vivo de Star Wars: Episodio III. La venganza de los Sith. El evento se llevó a cabo en El Foro de Tijuana, con la participación de Duck Tales Orchestra. Ya anhelaba que algo así ocurriera en la ciudad. He tenido el privilegio de ver conciertos similares en San Diego y en la Ciudad de México, pero en Tijuana rara vez se ofrecen espectáculos de este tipo. El recinto estaba abarrotado: completamente lleno de millennials —y uno que otro centennial— nostálgicos por las aficiones de sus años mozos, esas mismas que Disney ha sabido recuperar, aunque quién sabe si mantener.

Tenía fácil diez años sin volver a ver la película. En mi memoria persistían sobre todo dos cosas: su banda sonora y la icónica —aunque no por ello menos lamentable— batalla entre Anakin Skywalker y Obi-Wan Kenobi. Fuera de eso, recordaba poco. Pero verla de nuevo, en alta resolución y con música en vivo, no me remitió tanto a mis impresiones del pasado como a una lectura desde el presente: una reinterpretación marcada por estos tiempos de repunte de la derecha radical y de pulsiones fascistas en distintas partes del mundo, con expresiones visibles en Estados Unidos, Alemania, Italia, Argentina, entre otros países.

Lo que antes me parecía una actuación muy mediocre de Hayden Christensen, ahora se me figuró como algo más familiar: la disposición corporal y emocional de ciertos hombres proclives a la seducción de las ideas radicales de derecha. Hombres que sonríen poco —que de hecho parece que nunca lo hacen—, que viven frustrados, enojados, convencidos de que les han quitado algo que merecían. Red-pilled guys, MAGAs, incels, bros de la manosfera y cierto tipo de geek de derecha: hombres que encuentran en el agravio una identidad, en la conspiración una explicación y en la figura del líder una salida.

En esta lectura, los Sith aparecen con claridad como una facción autoritaria, absolutista, apologista del exterminio, con rasgos fascistas bastante reconocibles. Sus dogmas son ambiguos y flexibles, acomodables a la ocasión, como suele ocurrir con muchas ideologías de poder que se presentan como sabiduría prohibida, verdad oculta o camino de liberación personal. Pero eso no convierte automáticamente a los Jedi en una facción “contraria” en sentido emancipador. No son una izquierda radical ni mucho menos una alternativa democrática. Son también un orden dogmático, conservador, proclive al autoritarismo —aunque más débil— y a una corrupción blanda que se justifica discursivamente como prudencia, equilibrio o defensa del bien común.

En esta segunda visita a la película me pareció lógico, incluso factible, que un hombre como Anakin Skywalker sucumbiera tan fácil y precipitadamente al lado oscuro de la Fuerza bajo la manipulación de Palpatine. Veamos. Es un joven con promesa y talento, desesperado por ser reconocido, pero el Consejo Jedi se resiste a validarlo plenamente, en parte por su edad y experiencia, en parte porque desconfía de él. Al mismo tiempo, la filosofía Jedi le impide vivir el proyecto afectivo que en realidad desea: tener una familia tradicional, con esposa e hijos, de manera abierta.

Por si fuera poco, su escaso contacto con figuras femeninas, y en particular con su madre —a quien pierde de forma traumática—, hace que traslade esa necesidad de protección, posesión y reparación hacia Padmé. Anakin no termina de verla como mujer ni como ser humano autónomo, sino como extensión de sus propios deseos, como símbolo de aquello que no está dispuesto a perder. Como debe mantener su matrimonio en secreto, separa estrictamente su vida privada de su vida pública. Cree tenerlo todo bajo control, aunque la disonancia entre ambas responsabilidades sea enorme.

El amor de Padmé funciona, en ese contexto, como compensación ante su falta de poder en la esfera pública. Si el Consejo Jedi lo limita, lo observa y lo subestima, Padmé representa el espacio donde él sí se siente elegido, admirado, necesario. Pero incluso ahí su amor está atravesado por el miedo, la posesión y la fantasía de control. No quiere salvarla tanto como quiere impedir la pérdida que ella representa para él.

Su alto sentido de moralidad también es una vulnerabilidad. Anakin cree demasiado en “el bien” y “el mal”, pero no entiende los mecanismos pragmáticos con los que los jedis administran esos conceptos. Aunque es talentoso y poderoso, se mantiene ingenuo, ávido de orientación, hambriento de una figura que le explique por qué no tiene lo que cree merecer. Y ahí aparece Palpatine.

Palpatine le ofrece un discurso de iniciación: una especie de “ven, yo sí te voy a decir la verdad que te ocultan”. Le habla de una sabiduría oscura, misteriosa, supuestamente perdida; de zonas de la Fuerza que los Jedi se niegan a explorar; de poderes que podrían salvar a quienes ama. Todo aquello que los jedis callan, Palpatine se lo presenta como revelación. Al mismo tiempo, lo convence de que el Consejo Jedi busca traicionar al Senado, destruir la República y hacerse del poder. Hace que Anakin desconfíe de todo el sistema, de sus instituciones, de sus maestros y de sus propios afectos. Lo coloca en una crisis de interpretación: ya no sabe a quién creerle, pero necesita creerle a alguien.

No sé. ¿Les suena familiar?

Al ver su expresión, casi siempre molesta, recordé también los rostros de figuras como Charlie Kirk, Tucker Carlson, Andrew Tate y otros hombres públicos cuya gestualidad parece construida desde el agravio permanente. Al pensar en Palpatine, la asociación con Donald Trump resultaba casi inevitable: el líder que se presenta como único capaz de decir la verdad, romper el sistema, castigar a los traidores y restaurar un orden perdido.

La película muestra, quizá con más claridad de la que recordaba, algunos mecanismos de seducción política que hoy reconocemos en la derecha radical: el resentimiento masculino, la promesa de poder personal, la desconfianza hacia las instituciones, la idea de que existe una verdad prohibida, la fantasía de restauración, el miedo a perder a “los nuestros” y la conversión de la vulnerabilidad en violencia. A Anakin no lo seduce solamente el poder. Lo seduce la posibilidad de que su miedo tenga una explicación grandiosa y de que su frustración sea, en realidad, una forma de destino.

Por eso su caída no ocurre de golpe, aunque la película la condense dramáticamente. Anakin no se vuelve Darth Vader porque un día decide ser malo. Se vuelve Darth Vader porque alguien logra darle forma ideológica a sus heridas. Palpatine no inventa su miedo, su rabia ni su deseo de control; los organiza. Los convierte en doctrina. Le ofrece una narrativa donde él deja de ser un joven confundido y se convierte en pieza central de una guerra moral.

Esa es quizá una de las intuiciones más vigentes de La venganza de los Sith: el autoritarismo rara vez se presenta de entrada como crueldad. Suele presentarse como protección, claridad, fuerza, lealtad, orden. Se presenta como la respuesta simple a un mundo complejo. Como una promesa de que alguien, por fin, pondrá las cosas en su lugar.

Y ahí está el peligro. Porque Anakin no cae por ambición. Cae porque quiere salvar, corregir, poseer, castigar, pertenecer. Cae porque no soporta la incertidumbre. Cae porque confunde amor con control y justicia con obediencia. Cae, sobre todo, porque alguien le hizo creer que su dolor lo autorizaba a destruir el mundo.

Vista desde 2026, La venganza de los Sith ya no me pareció solamente una película irregular con una gran banda sonora y diálogos horribles. Me pareció también una fábula política más lúcida de lo que recordaba. Una historia sobre cómo los jóvenes heridos, talentosos y resentidos pueden ser capturados por proyectos autoritarios cuando nadie les ofrece otra forma de tramitar su miedo, su deseo de reconocimiento y su sensación de pérdida.

Quizá por eso la batalla final entre Anakin y Obi-Wan sigue siendo tan triste. No solo porque marca la caída de un héroe, sino porque muestra el fracaso de todos los órdenes que pretendían contenerlo. Los Sith lo manipularon; los Jedi no supieron comprenderlo. Entre una institución rígida y un líder fascistizante, Anakin eligió al que le prometió poder y certidumbre. Pero esa promesa era falsa: Palpatine no quería salvarlo ni hacerlo libre, sino convertirlo en instrumento de un proyecto militarizado. Y esa elección, como sabemos, terminó con todo.

Buenaventura. 240 horas a la deriva, de Luis Rubén Rodríguez Zubieta

Liliana Lanz Vallejo

El nombre del puerto que da título a la primera novela de Luis Rubén Rodríguez Zubieta es también una descripción perfecta de su trama: más que una buena-aventura, se trata de una extraordinaria odisea marcada por la deriva —y casi naufragio— de un barco con su tripulación y pasajeros.

En esta novela de tintes autobiográficos, Dagoberto y Lucio, de 17 y 18 años respectivamente, se embarcan en un navío que transporta vehículos desde Panamá hasta el puerto colombiano de Buenaventura. El viaje debía durar 36 horas, es decir, un día y medio. Ambos jóvenes, originarios de México, iban rumbo a la Patagonia argentina para conocer los países del sur, su gente y sus costumbres, pero sobre todo para ser testigos de primera mano del desarrollo del socialismo en Sudamérica. Corría el año de 1973 y Salvador Allende aún gobernaba Chile, pero tras el golpe de Estado de Pinochet, los muchachos se vieron obligados a modificar su ruta y evitar territorio chileno. Así fue como decidieron embarcarse en el “Maravilla”.

El trayecto que prometía durar día y medio terminó extendiéndose a 240 horas —10 días, para quienes batallamos con las matemáticas—. Y uno podría pensar: “¡Qué a gusto! Una vacación que se alarga inesperadamente.” Pero no: como la tripulación solo tenía provisiones para un viaje corto, la escasez pronto se volvió una amenaza real.

A lo largo del relato, conocemos no solo a Dago y Lucio, sino también a toda la tripulación y a una veintena de turistas que viajaban con sus autos en el Maravilla. Hay canadienses, estadounidenses, mexicanos, venezolanos, colombianos, ecuatorianos, bolivianos, chilenos, uruguayos, argentinos, alemanes, franceses y austriacos. La tripulación incluye cubanos, panameños, salvadoreños y guatemaltecos. No enumero estas nacionalidades por ociosidad: Luis Rubén Rodríguez Zubieta se compromete a representar con esmero las lenguas y variantes dialectales de cada personaje, logrando una ambientación riquísima en la que uno puede imaginar claramente a cada uno de esos casi 30 personajes hablando y discutiendo a bordo. Armar una historia coral así ya es admirable, pero hacerlo con tanta naturalidad y precisión lingüística lo es aún más.

Además, la novela introduce al lector en la jerga marítima a través de las múltiples comunicaciones entre los capitanes, las tripulaciones de otros barcos y los administradores portuarios. Ignoro si Luis Rubén se basó en recuerdos, en archivos, en investigación posterior o si ya era conocedor del lenguaje náutico, pero el resultado es sumamente verosímil.

Por si fuera poco, el texto incorpora diversos formatos: anotaciones de cuadernos, cartas, telegramas, mapas y recortes periodísticos, lo que la vuelve una novela multimodal que enriquece y amplifica la experiencia de lectura. A mí me pareció fascinante, sobre todo como representación fiel de la diversidad lingüística y cultural de sus personajes. Una siente que va a bordo del Maravilla, conversando con ellos.

El autor, además, es generoso. No solo recrea el ambiente del barco con gran pericia, sino que al final del libro ofrece un glosario amplísimo con términos marítimos y regionalismos, lo cual agradece enormemente cualquier lector curioso. Luis Rubén tiene, sin duda, una inclinación lingüística: en su capítulo “Los dialectos”, del libro Tijuana entre letras (publicado este año), recopila palabras del habla tijuanense y las compara con variantes de otras regiones de México. Por eso me atrevo a decir que, para él, la diversidad lingüística no es un accesorio: es su mero mole.

Dejando un poco de lado ese enfoque, quiero cerrar con una apreciación más personal. Cuando pensamos en un barco a la deriva, lo primero que viene a la mente es la incertidumbre: el no saber dónde están los náufragos ni qué ayuda necesitan. Como en la película Náufrago con Tom Hanks, el drama suele centrarse en que nadie sabe que el personaje está ahí. Pero en esta novela ocurre lo contrario: todos saben dónde están el Maravilla y su tripulación. Todos los puertos colindantes están enterados. Y, sin embargo… la humanidad actúa como suele actuar: con indiferencia, negligencia, burocracia o apatía.

Eso fue lo que más me impactó del libro. Como comento en mi texto “Foxplorations” del mismo Tijuana entre letras, crecí en una familia muy panista, donde el pensamiento mágico era común: esa creencia de que alguien se hará cargo de los problemas. Ese optimismo ingenuo que lleva a publicar una foto de un bache en Facebook esperando que, con eso, alguien lo repare. Esta novela desmantela por completo esa idea. Nos recuerda que puede haber necesidades urgentes —como el rescate de un barco a la deriva, la protección del agua o la conservación de las lenguas—, pero si no hay una persona concreta y responsable que las atienda, o si esa responsabilidad puede ser desplazada infinitamente, esas necesidades simplemente quedarán sin resolver. Y cuando algo por fin parece avanzar, la ley de Murphy aparece para recordarnos que todo lo que pueda salir mal… saldrá mal.

No exagero cuando digo que esta es una historia que atrapa de principio a fin. Cuando la leí, me desvelé tanto que tuve que obligarme a dejarla para dormir. Y al dormir, soñé con lo que podría pasarle a los personajes, porque me había quedado justo en uno de esos múltiples momentos en que la muerte parece inminente.

Recomiendo muchísimo esta novela. Si existiera la posibilidad, me encantaría no solo tenerla en físico, sino también poder escucharla como audiolibro. Sería un viaje extraordinario.

Si te interesa leer la novela, puedes adquirirla en Amazon, aquí.

Mentiras que no te conté, de Elma Correa

Liliana Lanz Vallejo

Mentiras que no te conté, de Elma Correa, es un libro fascinante de 8 cuentos, y dignísimo merecedor del Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2021. Sus cuentos muestran protagonistas, la mayoría mujeres, que sufren por cómo establecen sus relaciones con los otros y con ellas mismas. Son mujeres, no necesariamente excepcionales ni brillantes, sino mujeres normales con los demonios de sus inseguridades latentes y a flor de piel. Pero estas inseguridades no derivan de ellas solas, sino del caos, la gentrificación, la migración, la vida nocturna, el tráfico de drogas y, sobre todo, la violencia y el crimen organizado que se vive en toda la frontera norte de Baja California, que es el lugar común que comparten los personajes.

En los primeros cuentos destaca el tema del amor enfermizo, obsesivo y, si es posible tal paradoja, también desconectado. Del aferrarse a alguien aunque la relación se esté viendo poco a poco perdida y tampoco valga mucho la pena mantenerla, pero la soledad no es percibida como opción porque el vacío es demasiado. En muchos casos, el vacío es bastante literal, pues algunas protagonistas caen o quedan atrapadas irremediablemente en él.

Destaca también el tema del cuerpo, la dismorfia corporal y la falta de amor hacia una misma. Este fue el tema que más me sedujo del libro porque está muy bien logrado. Elma no te mastica el tema a manera de doctrina, lección, sermón ni moraleja, y tampoco propone una alternativa. Sencillamente retrata la manera en que tantas mujeres sostienen la relación con su cuerpo y que esta afecta todas las otras relaciones que ellas establecen: con sus parejas, con sus amigas y amigos, con sus madres, y obvio, con la comida, con la ropa, con sus pensamientos intrusivos, con todo.

Pero luego, si avanzamos un poco más por las páginas, particularmente en el caso de los cuentos “La balada del Two-Face” y “Un cuento de violencia”, nos damos cuenta de que el narcotráfico, la violencia y los feminicidios son otros de los grandes temas del libro. “La balada del Two-Face” si acaso es el cuento más rico en imágenes, descripciones y analogías. Siendo honesta, todos lo son, pero en este no hay manera de que el personaje Said no deje una impresión duradera en la conciencia, no solo por su descripción sino por su caracterización de narco dulce, enamoradizo, a la vez que inseguro e impredecible. Los personajes femeninos también son magistralmente caracterizados, debo aclarar, pero no a partir de sus descripciones físicas, sino de sus diálogos internos, de sus manías, de sus intricadas psicologías.

La violencia se hace presente en el libro, no solo por la atmósfera de algunos de sus relatos, sino también en varios de sus clímax. Elma tiene un talento para cerrar con finales impactantes, trágicos, escatológicos y caóticos que derivan de esas atmósferas violentas, pero que de todas formas sorprenden.

La multiculturalidad, por otro lado, es un mecanismo muy importante en los cuentos de Elma. En ellos involucra migrantes haitianos, centroamericanos y chinos, pero lo hace desde una sensibilidad cultural muy admirable. La autora no solo remite a varios referentes culturales de música, comida, costumbres, sino que también usa el español, el criollo haitiano, el inglés y el francés en sus relatos. Logra retratar los crisoles del habla fronterizo, como ella misma lo describe en su cuento “All tomorrow’s parties”:

El español norteño que se mezcla con el inglés de los pochos y el mandarín, los idiomas locales, entre los que sobresalen los ecos del acento nuevo, el francés caribeño que trajeron los haitianos hace poco.

Precisamente este cuento “All tomorrow’s parties” es un cambio de atmósfera en el libro, donde conocemos a Lisa, una china mexicana de tercera generación oriunda en Mexicali. El cuento hace unas bellísimas descripciones de la familia de Lisa que incluyen sus tradiciones, su travesía y experiencia de migración, pero también sus tensiones inter-generacionales. Aquí, aunque seguimos ambientados en una ciudad fronteriza, la atmósfera se percibe completamente diferente a los cuentos anteriores y se siente como un muy refrescante respiro.

 Los cuentos de Mentiras que no te conté son impactantes, profundos, humanos y poderosos. Pero también lo es el lenguaje que la autora utiliza. Las digresiones y los saltos en el tiempo es el recurso que más destaca en esta obra y es precisamente lo que logra cuentos tan dinámicos. Varios cuentos comienzan, por así decirlo, justo a la mitad de su trama y de ahí saltan al futuro, al pasado, oscilan en círculos, en un ir y venir de tiempos y espacios logrado de manera fluida, sin marcadores gráficos ni discursivos que lo adviertan, pero tan natural que tampoco lo complica. La autora también juega mucho con sus narradores. No se casa con ninguno. Algunos cuentos tienen narradores que son protagonistas relatándose en primera persona; pero en otro cuento llamado “Fantasmas”, que ¿ya mencioné que es mi favorito?, el narrador es en segunda persona y da la sensación de que la protagonista eres tú. Otros cuentos, en cambio, son relatados en tercera persona, pero no por ello perdemos la intimidad, cercanía y profundidad psicológica con los personajes.

 No exagero al afirmar que Elma Correa es, por mucho, una de las mejores autoras regionales de nuestro tiempo. Este libro le ganó reconocimiento nacional al merecer el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2021, pero su siguiente libro, titulado Lo simple, otra joya que pronto reseñaré aquí, ha consolidado su trayectoria al merecerle el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí Amparo Dávila 2022. Dos premios nacionales al hilo de esta pluma que parece no estarse quieta y qué fortuna que así sea.

Mentiras que no te conté está disponible en versión electrónica e impresa en librerías como Gandhi y en sitios como Amazon.

Mamátzin

Crisna Donají Sánchez Ramírez
donajirama@gmail.com

Maternidad habitada

Teníamos cerca de un mes viviendo en aquél apartamento. Por el ritmo de nuestra relación, pensaba que cualquier tipo de mareo era bienvenido, hasta que, además de mareos, comenzó un fuerte desinterés por el tabaco en contraste con un deseo intenso de pulparindos a las ocho de la mañana. No recuerdo dónde compramos la prueba, pero sí estoy segura de que no fue en ninguna de las cuatro farmacias que había camino a casa.

—Salió positivo, ¿Qué vamos a hacer?

Había visto tanta propaganda proaborto, provida, feminista y terf que me costó mucho trabajo aceptar mi deseo: “Seguro  me verán como una mujer retrógrada y pensarán que mi vida se acabó, que ya no valgo la pena como mujer porque elegí el camino más tradicional”. Yo sólo necesitaba tiempo para considerar que me dolía el castigo con que las personas reaccionan ante el goce de las demás. Me dolía que muchas de esas que castigan también son mujeres con banderas moradas y verdes sesgadas por su color de piel y el dinero que tienen en el banco.

A las mujeres blancas no se les dice que “se cuiden” ni que aborten, eso se lo dicen a las pobres. El capitalista piensa que los pobres no tienen derecho a reproducirse ni a ser felices, de la misma forma en que explota a la mujer que cría sola mientras gana adeptos que viven su soltería a través de logros personales y likes.

Ayer el aborto fue reconocido en la constitución de francia. El gobierno francés pregona libertad y seguridad para sus mujeres europeas y blancas mientras financia armas para colonizar y exterminar a las mujeres palestinas y a sus hijos que nacen bajo escombros.

Mujeres del mundo elogian al gobierno francés como ejemplo civilizado de libertad sexual y reproductiva. No pudo haber sido en mejor momento que a unos cuantos días de que sea 8 de marzo, cuando la efervescencia feminista sale a las calles. Tan atinado, a unos días de los óscares, el pináculo de la propaganda euro-centrista y gringa que será comercial mientras las tropas israelíes atacan Rafah en Palestina.

Que aborten las mujeres blancas y civilizadas en clínicas prístinas y que se exterminen a los bebés deseados y amados de las mujeres palestinas, no tiene caso que vivan, no tienen lugar en el mundo.

Y aplaudan al Estado por salvaguardar los derechos de la mujer, que es quien nos ha dado el aborto; no fueron las mujeres violadas buscando en la medicina tradicional, no fueron las negras inventando formas para terminar con la esclavitud de sus hijxs.

No, que aquí el Estado es quien nos protege, por eso les da tanta rabia que no las cuiden los policías sino sus amigas. Añoran que el Estado siga siendo su protector.

—Sí quiero ser mamá.

—No sé por qué sentimos tanta culpa y vergüenza por algo que debería llenarnos de felicidad, que se joda el mundo—


Crianzas superdotadas

La ficción de que la sobrepoblación es el peor mal que aqueja el futuro de la humanidad tiene varios años siendo narrada mientras se nos convence de que ser jóvenes, solteros y productivos nos dará acceso a una vida digna. Así también, se nos convence de que quienes elijan el camino de la materpaternidad deben hacerlo de forma ordenada y planificada, y que debe desarrollarse de la mejor forma, una políticamente correcta, para que luego no haya adultos groseros, salvajes y criminales en la sociedad. Al mínimo error se nos someterá a un escarnio público en el que se nos cuestionarán las medidas de higiene, seguridad y educación con que afrontamos la materpaternidad.

Allá afuera no son tan visibles las redes que dan sostén a mapadres. Es increíble cómo se nos exige cumplir con estándares de crianza mientras se nos ofrecen cursos que sólo menguan nuestro criterio e instinto. Se amenaza y cuestiona nuestra forma de criar a los hijos mientras se nos martiriza y chantajea con recuerdos de nuestros propios traumas. Se nos asegura que trabajar horas extra garantizará un mejor futuro para nuestras crías, pero se nos priva de tiempo de calidad y se nos oprime cada vez más poniéndonos la camiseta de los lugares de trabajo. A los mapadres, si eligen quedarse en casa con sus crías, se les señala de sobreprotectores o mantenidos; pero si envían a la guardería a sus crías, también se les cuestiona, y los ataques y dictámenes sociales toman mayor fuerza cuando se diversifican por género.

Puto miedo
nada más católico
La culpa y el castigo acechando
El premio y reconocimiento acechando
De vez en cuando unx puede desdoblarse,
entregarse sin ser avalado por los terapistas digitales
Errar tierna y honestamente para volver a confiar.
Y crear. Y criar y crecer, cuerpo a cuerpo.


Mi quehacer

Decidimos que yo cuide de nene y del hogar a tiempo completo mientras papá provee lo necesario, también a tiempo completo. Por supuesto que podrán llamarme privilegiada, más no saben cuánto cuesta el kilo de jitomate o la tortilla, mucho menos otros productos, y tampoco saben los días de rebajas y ofertas en los supermercados.

Privilegiada y tradicional. Hetero-normada que continúa el pacto con el patriarcado a través de la familia y los roles de género. Yo leí mi familia y también vi otras familias en los libros y en la vida dentro y fuera de la ciudad.

Mi abuela dice que, mientras sea yo acomedida, donde quiera voy a tener un taco. Acomedida para lavar los trastes y barrer en casa ajena, para tender la ropa, para cargar un garrafón, para echarle agua a las plantas o ayudar con las bolsas del mandado.

Acomedida y vaga, diría mi madre, para saber dónde conseguir más barato el mandado o para saber dónde hay más variedad de flores o más colores de listones. Dónde está más bueno el pan y también dónde tomar los camiones depende a dónde vaya una. Vaga para saber en qué calles se disfruta más la caminata dependiendo dónde esté la sombra y dónde una puede ver pájaros exóticos en medio del mundanal.

Muchas personas que migramos sin papeles o con papeles absurdos confiamos en lo vagas y acomedidas que somos para hacer de tripas taco.

Eso que llaman «trabajo doméstico» lo desenvolvemos con pericia y gusto porque desde antes lo conocemos. Lo aprendimos de tías y tíos, de hermanos, abuelas, vecinas y vecinos. Lo traemos de antes, de donde tuvimos una comunidad en que nos cuidamos mutuamente. Por eso, para nosotros ese trabajo son cosas del hogar, no domésticas.

Doméstica es una gallina que pone, un perro que cuida, un pájaro enjaulado. Personas que trabajan el hogar, no trabajadores domésticos. Trabajar el hogar no sólo es limpiar la vivienda.

Hay salvadorxs que vienen a decir que «el trabajo doméstico es trabajo». Yo nomás veo que su narrativa se inserta en la lógica del capital de un tal señor Marx que no sé cuánto trabajo hacía en su hogar. Luego, ese argumento lo rescataron otras señoras en la misma lógica y así los blancos entendieron que ese trabajo debe ser valorado.  

Cuando habla la blanquitud en sus propias palabras y tecnicismos es que el mundo se «descubre». Para nosotros no era necesario que nos dijeran cómo valorar.

Yo tengo esta sospecha de que todos los trabajos que ponen el cuerpo son mal vistos por la lógica de los blancos. Por eso ahí estamos putxs, chachxs y madres peleando que se nos respete nuestro trabajo y la manera en que nos gusta ejecutarlo. Su reconocimiento es muy bonito; pero, ¿dónde está la naturaleza?

—A veces creo que está mal cómo lo hacemos, que efectivamente estamos reproduciendo el sistema de valores de antes, donde tú eres el padre proveedor y yo la madre cuidadora.

—Yo creo que eso no tiene nada de malo y que tampoco será eterno. Recuerda que esta decisión la tomamos juntos porque pensamos que de esta manera bebé podrá estar más seguro, feliz y mejor alimentado. Yo no creo que esto vaya a durar para siempre, y en cualquier momento me sentiría feliz de invertir los papeles.

Me gusta pensar que bajo el techo que habita mi familia no existe el Estado, tampoco la familia extendida, muchos menos las redes sociales ni el internet. De todas formas, el círculo de conocidos y amigos se va estrechando cada vez más: para mapadres treitañeros es más estrecho; con un compañero que ya era papá se estrecha aún más; con una madre migrante es más estrecho, y con ambos mapadres sufriendo ansiedad social, aún más.

Estamos aquí, siendo individuos solitarios esforzándose por sostener al otro en una coreografía submarina, como cuando fuimos peces en el vientre de nuestras madres.


Mamífera

Me pregunto qué genocidios ocurrían cuando mis padres me criaron siendo yo bebé.

La paz no existe.

Mi cría come de mí mientras se me atraviesan imágenes y videos del genocidio que no tiene fin, cuyo comienzo existe desde siempre.

No quiero ver, se me constipa la garganta en nudos y se me encharcan los ojos.

Mi cría duerme, sabiéndose seguro, aunque me aterra sentir que quizá no esté tan seguro.

De todos esos asesinatos me brota también incertidumbre y miedo.

Parece lejano, pero Haití sufre junto a la opulencia de República Dominicana y no, tampoco ha ocurrido nada y sí, también se retiró la «ayuda humanitaria», porque, como diría la negra Drullard, «los negros no son humanos», tampoco los palestinos, tampoco los mayas, otopames, txotziles, wirarikas y demás.

Y no, yo no quiero ser humana que cría con bondad.

Yo quiero ser mamífera que asesina, protege y defiende. La animala que pone su cuerpo y astucia para que este crío nuestro sea poderoso.

Yo no le voy a enseñar los números a mi hijo, tampoco sus derechos humanos. Yo le voy a enseñar la rabia y valor de su existir, que prenda fuego a los consejos que no pida, que destruya todo adoctrinamiento, que viva en guerra y honre la vida de lxs otrxs animalxs.

Que dé vida a su vida, que sea fronda.

Que aniquile a todxs lxs que se convencieron de que el empaque es importante.


Estos textos fueron publicados originalmente en un fanzine que lleva el mismo nombre, disponible en Ediciones Caradura Cafeteoría, en Tijuana.

Nacida en 1990 en la ciudad de Querétaro, Crisna Donají Sánchez Ramírez pasó su infancia entre los márgenes de la ciudad y la Sierra Gorda queretana. En su adolescencia, estudió en un centro de educación artística (CEDART) donde se formó como técnica en teatro y decidió continuar sus estudios en la licenciatura en Arqueología en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, donde se tituló en 2017.
Participó en el movimiento artístico de su ciudad natal a través del Performance, colaborando con el artista Leche de Virgen Trimegisto así como con Guillermo Gomez Peña y la Pocha Nostra, además de La Bala Rodríguez. 
Paralelamente, se desempeñó como colaboradora y reportera para medios impresos de Querétaro en la sección de Cultura y nunca ha dejado de posar desnuda para artistas y estudiantes.
En 2017, migró a la ciudad de Tijuana donde realizó trabajo de campo en la zona metropolitana de Tijuana a través de encuestas económicas de INEGI de 2018 a 2023.
En 2022, mientras gestaba a Nua, estudio la Especialidad en Estudios de Ciudades del siglo XXI en El Colegio de la Frontera Norte. Actualmente, Donaji es becaria de la Maestría en Estudios Culturales en la misma institución, en la línea terminal de Historia, memora y patrimonio cultural.

Diles que no nos vean, de Marcia Ramos

El libro de Marcia Ramos, Diles que no nos vean, es engañoso. Se disfraza tras la apariencia de un libro de minificciones, 53, para ser exactos. Cincuenta y tres minificciones que, si se presta atención, comparten un arco narrativo que los desborda y, en determinados momentos, ancla la atmósfera en un solo escenario de fin del mundo, donde nada es lo que parece ser, mucho menos los humanos.

Por esto, yo no sabría decirles de qué género es este libro. En momentos parece horror gótico, en otros, gore y en otros cuantos, ciencia ficción. A veces también tiene matices inspirados del romanticismo, como aquél que se encuentra en las obras de Poe, Quiroga y Mary Shelley, lleno además de amor dramático, pero también enfermizo, perverso y obsesivo. Por si esto fuera poco, el libro además es poesía, y a veces pareciera pintura, pintura hablada. Varios de sus relatos simulan cuadros como los que esperarías en Frida Kahlo o en Leonora Carrington: surrealistas, oníricos, inexplicables, poco lógicos, pero bellos. Si acaso, si tuviera que resumirlo en una frase, es minificción (por no decir novela de un paisaje de cuadros varios) negra, con una capa adicional de ciencia ficción.

Las minificciones de Marcia Ramos están para leerse lento. Cada palabra transporta a un escenario cargado de alegorías y conflictos cambiantes, inesperados, aunque casi siempre trágicos. En un párrafo se esconden y desdoblan los más inadvertidos paisajes, los más siniestros personajes. Justo en el instante en el que se cree haber identificado a un personaje y sus circunstancias, un adjetivo singular o una elección minuciosa de palabras traslada a otra dimensión de misma trama. Pero su uso del lenguaje no es lo único que lo hace engañoso. También sus recurrencias.

Hay claros temas recurrentes en la obra de Marcia Ramos. Uno importante es el asesinato por despecho, por furia, sobre todo, por amor. Ese que lleva a los feminicidios, por ejemplo. Sus cuentos están llenos de ellos. Feminicidios en cuartos de hotel de mala muerte, en casas, en departamentos, en carros, en todos lados, y como si fueran cotidianos. Estas muertes se cuelan en la forma de amar de sus personajes: hombres posesivos, que no ven más allá de sí mismos y las pulsiones de sus cuerpos. Lo peor de estos escenarios es que están circunscritos en diálogos, prácticas, lugares y referencias que se perciben como costumbre de todos los días. Las actitudes de estos hombres, sus formas de hablar, sus formas de “amar” (entre comillas, porque en realidad son sus formas de “poseer”) no extrañan. Es, precisamente, lo menos extraño del libro, y eso desgarra.

Entre estos asesinatos y estas formas del amar, encontramos otra recurrencia como la completa aniquilación o anulación del otro, una especie de antropofagia, que a veces es literal pero muchas otras, simbólica. Como si el ego desbordante de los personajes aniquilara a cualquier otro para ocupar todo el espacio.

La ciudad de Tijuana es otro recurso recurrente. Ya, en serio, ¿por qué es tan fácil imaginar el fin del mundo en Tijuana? Lean los escritos de mi generación y sabrán a qué me refiero. Da miedo. Da algo más… les leo:

Inhumanos

Los extraterrestres estaban a punto de destruir Tijuana, llegando a su Centro.

            Allí todo cambió: encontraron el combustible que necesitaban para seguir usando sus trajes de humanos bajo esa nave llamada desolación.

En esa desolación que parece permear en todos los personajes y en todo el libro, se percibe también una constante atmósfera onírica que se confunde con la vigilia. Una y otra vez, los sueños se desdibujan de la realidad y del fin del mundo, de lo posible y lo imposible.

Pero hay un elemento que no es recurrente y que por ello mismo sorprende: algunos silencios están cargados de significado que es recuperado en los momentos más inesperados. Por ejemplo, algunos cuentos parecen ser continuación de otros solo a partir de esas inferencias que se recuperan en los silencios. Otros son una clara continuación y el título es lo que los delata: Hay dos cuentos titulados “En el último acto” y, sí, están directamente relacionados. Lo están también “Partes del paraguas” y “Quitasol”, que fueron de mis favoritos, y, espero no equivocarme, el primer cuento “A veces el Sol entristece” está relacionado con el último, “Inhumanos”. Estos últimos que menciono confieren la impresión de arco narrativo al resto del libro o, al menos, dotan de sentido a algunos de sus referentes, como estos personajes que no se reconocen como humanos o que portan la piel como disfraz que se pone y se quita.

Hay, sin embargo, algo que me sorprende mucho de los cuentos de Marcia Ramos y que me mueve poquito de mi eje. La mayoría de sus personajes son hombres. La autora encarna a estos personajes con una naturalidad impresionante. Recupera sus pulsiones, sus afectos, sus lógicas. Vaya, cosifica a las mujeres como lo haría un hombre. Y eso explica también la violencia, la muerte y la antropofagia. Y es que en esta población de hombres enfermos, la desolación de la atmósfera se contagia. Ya para el final del libro, el lector podrá sentirse igual de devastado. Pero hay un rayo de luz al final y eso es precisamente lo que me encantó de cómo termina el libro. No todo es amor frustrado y anulado en la aniquilación. Una pareja encuentra el amor bajo el resguardo de un paraguas, y se siente glorioso.

Diles que no nos vean es un libro de la Editorial La tinta del silencio.

Las madres del rendimiento

Liliana Lanz Vallejo

“Tú siempre has sido madre”, fue la conclusión a la que llegó mi primera psicóloga en mi primera cita, a mis 21 años, todavía en un momento en el que acudir a terapia psicológica era visto con suspicacia por la mayoría de la población, y con terror y alarmismo por mi propia familia. “Tú siempre has sido madre”, fue la misma frase que repitieron después mi segunda, tercera, cuarta y quinta psicóloga en mi segunda, tercera, cuarta y quinta experiencia de terapia, ahora en diferentes ciudades de la República Mexicana. Quien conociera cualquier tema de mi vida personal lo tenía bien claro. Y yo también lo tenía claro: Yo siempre había sido madre. Era obvio por como había vivido mi infancia y toda mi vida hasta ese entonces, repito, mis veintes tempranos. Lo que no era tan obvio para mí era cómo habían vivido o cómo vivían los demás. Pues sí yo siempre había sido madre, ¿no era esto así para todos los demás? ¿Los demás, entonces, qué son? ¿Qué les dicen a los demás en su primera cita terapéutica?

 Yo fui[1] mamá de mi madre y mamá de mis hermanos desde que nació el menor de ellos. Yo soy la mayor de tres hermanos; el mediano tiene autismo y el menor sencillamente es el menor. Del mediano es importante aclarar que su autismo es nivel 3, porque implica que es no verbal y que sus afectaciones son tales, que no solamente necesita muchísima ayuda y supervisión en todas las actividades de su vida cotidiana, sino que las necesitará el resto de su vida. Por otra parte, siempre fue muy berrinchudo y travieso. Sus berrinches implicaban empujones, mordidas, patadas y arañazos diarios; y sus travesuras eran desde vaciar paquetes completos de harina y mezclarlos con botes de mantequilla para embadurnar la mezcla por toda la cocina, hasta esconderse en la secadora, colgarse de cabeza desde el barandal del segundo piso o huir de la casa, a veces sin pantalones. Lo que se le ocurriera o lo que los impulsos motivados por sus medicamentos dictaran. Así, mi responsabilidad número uno al regresar de la escuela por las tardes era cuidarlo mientras mis padres dormían su siesta vespertina; así como cuidarlo sola en la casa o sola en el carro o sola en donde tocara cada vez que ellos tuvieran compromisos sociales de cualquier tipo. ¿Tu hermano se comió el pegamento para hacer la tarea? Pues ahora por tu culpa ya no hay. ¿Tu hermano vació todo el Quick de chocolate en la alacena? Límpialo, no lo cuidaste. ¿Te pegó? Aprende a controlarlo. Y así, todos los días.

Ese quedarse sola, por supuesto, incluía todas las actividades que las hermanas mayores suelen asumir por default, como malamente ha dictado la cultura tradicional mexicana a las mujeres solo por serlo: hacer la comida, dar de comer, limpiar, dirigir y supervisar las actividades de los hermanos… sin que siquiera les den las gracias, se les reconozca ninguna autoridad ni se les compense de alguna manera; sino al contrario, con carga de obligación incuestionable. Esas faenas ustedes ya se las saben, pues existen infinidad de hijas mayores que han cumplido la función de madres solo por haber tenido la fortuna de nacer primero y mujer.

Con el paso del tiempo me he sabido acompañada en al menos ese aspecto, porque son muchísimas las mujeres que pasaron por lo mismo. Recientemente descubrí una cita hermosísima en la novela Tarantela de la autora Abril Castillo Cabrera:

Hay más hermanos como yo. Hermanos que se creen padres de sus hermanos, padres de sus padres, que quisieran ser hijos pero no saben de quién […] Hijos tus hermanos, hijos tus padres, Huérfano de ti.

Abril Castillo Cabrera

De verdad, Abril se creyó madre de su hermano. Yo nunca quise creérmelo. Sencillamente lo tuve que ser, y lo fui, asumiendo mi cotidianidad como algo normal. Eso sí, siempre huérfana de mí.

No sería de extrañarse entonces que yo pensara que, llegado el verdadero momento de ser madre, sería buenísima. Y esto es algo que quizá todos asumen: llegado el momento, yo seré mejor porque he visto el espectáculo desde la primera fila y he sido testigo de todos los errores que los actores cometieron, aparentemente, sin haberlos notado ni corregido. Y es que ese papel de espectador es universal, porque todos somos hijos. Por otro lado, habrá quienes, tras haber visto el mismo espectáculo y reconocido en él un desempeño espectacular o increíble a pesar de sus circunstancias, hayan decidido, muy en su derecho, no ofrecer su propio espectáculo. No tener hijos, como lo decidió Abril y como lo deciden cada vez más personas alrededor del mundo. De hecho, esta creencia es muy generacional. La comparte gran parte de los jóvenes de hoy: que, sea lo que sea que hagamos[2], definitivamente nos rifaremos la vida adulta y/o la crianza mejor que nuestros padres. Vaya, a veces somos lo suficiente soberbios como para asumir que, dada la oportunidad, seríamos capaces de cuidar, criar y educar a cualquier criatura mejor que su propia madre; como lo hacen muchos al ver a un nene pataleando en un elevador o como lo hacen algunos docentes cuando conocen un estudiante problemático.

Pero hay algo en esa ecuación de ser buena madre que se le escapa a esta generación y que yo tampoco preví cuando asumí que ya tenía todo para ser una excelente madre: el reconocimiento como madre por parte de la sociedad en su conjunto —y ya no solamente el mero trabajo no reconocido, no agradecido ni apreciado por parte de la familia—, con todas las expectativas e imposiciones que ello implica.

En cuanto la sociedad te reconoce como madre, empieza a suceder una serie de acontecimientos extraños que antes quizá solo se limitaban a las típicas preguntas insolentes de “¿Y para cuándo los hijos?”, “¿Cuándo nos das un nieto?”, “¿Y no te vas a embarazar?”, “¿Y cuándo vas a hacer familia?”, implicando desde ahí que convertirse en madre es una obligación. De hecho, esas preguntas ya llevan insinuada la pulsión del reconocimiento de cualquier mujer como madre. Porque, de alguna manera, ese reconocimiento como madre es, paradójicamente, el no-reconocimiento de la mujer no-madre y la latencia de lo que ya está por venir cuando ella lo sea, si es que lo llega a ser.

¿Qué llega entonces con la maternidad que la hace tan difícil?

Depende.

No voy a asumir que a todas las mujeres les toca igual, pues no es lo mismo convertirse en madre de ocho criaturas siendo mujer de clase alta, que convertirse madre de una criatura siendo mujer de clase media, de clase baja, soltera, viuda, adoptiva, lesbiana, con discapacidad, neurodivergente, minorizada, menor de edad… incluso que la experiencia de ser madre de un hijo con discapacidad o una madre cuyo hijo ha desaparecido o fallecido.

Pero si tuviera que ilustrarlo de alguna manera, desde la perspectiva limitada que me provee mi reducida experiencia y con sumo respeto a todas esas vivencias que yo todavía no sé nombrar, lo haría recordando los consejos y opiniones no solicitados; la violencia obstétrica; el acoso a mujeres embarazadas en los trabajos; la renuencia a dar licencias de maternidad; la falta de espacios para la lactancia y, en general, para las infancias; las críticas amplificadas de la familia —la suegra, pero también la madre, el esposo, los hermanos, las amigas, cualquier persona cercana—, y la anulación de la identidad de la que antes era mujer pero ahora es madre. Las anteriores son solo algunas de las cargas inusitadas que se adicionan al rol. La última, la anulación de la identidad de la mujer que es madre, es la más grave porque se da en todos los niveles de la convivencia social. Tan pronto la madre tiene a su bebé, la gente deja de verla como persona y empieza a verla como extensión de alguien más. El ejemplo más obvio es que, de buenas a primeras, todo mundo deja de preguntar por ella. A donde quiera que la mamá vaya, las miradas se dirigen inmediatamente al bebé, y ahí se quedan, con frecuencia olvidando saludar a la mamá.  Y si ella acude a un evento sin su bebé, le preguntarán primero “¿dónde y con quién dejaste a tu bebé?” Luego, cuando pide trabajo y quien recluta se entera de que es mamá, sus credenciales dejan de tener relevancia y sigue la pregunta: “¿y cómo le harás con tus hijos?” Lo mismo si esa mamá quiere estudiar cualquier cosa. Dicho con otras palabras, se manifiesta el entendido de que la carga de los cuidados es tuya y solo tuya, por lo que no deberías estar haciendo otra cosa.

Por otra parte, aunado a ese imperativo, está la culpa. Que por lo que comes, por si te enfermas, por si trabajas, por si viajas, por si dices groserías, por si tomas, por si vives de alguna otra manera que no pongas a tus hijos primero antes que a ti, como es la expectativa que lo hagas las veinticuatro horas, los siete días de la semana.

Agreguen todo eso a la de por sí ardua tarea de cuidar y criar un hijo. O sea, la extenuante tarea de maternar, que por sí sola ya es mucho, se ve además interferida por todo lo anterior, esa carga que añade, ni siquiera la criatura —que viene con sus propias exigencias—, sino la sociedad circundante. Es un nivel elevado de crueldad que la sociedad en conjunto impone como una especie de control que juzga necesario para su persistencia.

Pero las madres hacen poco por ayudarse a sí mismas. Hay una cereza que corona el envenenado pastel: las aspiraciones que las madres modernas desarrollan porque se creyeron el cuento que todos les narran de que ellas lo pueden todo. Las madres deben ser mujeres realizadas, mujeres exitosas, mujeres modelos —en el sentido moral y en el sentido estético—, mujeres perfectas. De lo contrario, solo son mujeres. Pero tampoco basta con ser todo eso, sino que se debe maternar desde la crianza respetuosa, la crianza positiva, el gentle parenting y todos los trends que prometen formar a súper humanos de inteligencia emocional, social y cultural elevada y que tengan todo el potencial de verse realizados, exitosos, modelos y perfectos. Porque, hagamos lo que hagamos, lo fundamental es ser mejores madres que nuestras madres, ¿correcto? Dar todo lo que nosotros no tuvimos, ¿no? Ganar… en alguna extraña carrera de la que no nos enteramos todavía el camino.

 Y en este sentido, no sé en qué camisa de once varas nos metimos nosotras solas —o quizá nos metieron[3]—. ¿Por qué pareciera que la maternidad solo la podemos concebir, pensar y vivir desde la dominación y el poder? ¿Qué especie de terreno superior se supone que pretendemos alcanzar con la maternidad? ¿Y para compensar qué faltas, qué carencias?

Ana Cinthya Uribe lo describe a la perfección en su capítulo del libro Hasta la madre: Los confines políticos de la maternidad:

Mientras que las sociedades mexicanas y latinas en general se precian de tener estructuras familiares fuertes, estas formas no siempre facilitan la independencia de la crianza, sino que se basan en ideas de dominación e instrucción. Tenemos acompañamiento, sí, pero uno no liberador, sino uno que establece pautas y modelos a seguir de lo que son consideradas maternidades exitosas. Más aún: dicha maternidad exitosa parece pasar muchas veces por un desempoderamiento efectivo de la madre, quien se convierte en un personaje secundario frente a las necesidades expresadas por criatura, y que son puestas en contrapunto frente a las ideas y teorías que se defienden a su alrededor. Y ahí, toda noción de libertad y de crianza respetuosa desaparece, porque mientras que es respetuosa con les retoñes, deja de serlo con la madre.

Ana Cinthya Uribe

Vaya paradoja eso de las maternidades exitosas que al mismo tiempo desempoderan y qué peligroso que se armamenticen las necesidades de los niños para defender discursos de poder particulares.

 No sé en qué momento entré en esa lógica yo también. Porque en mi primera maternidad, aquella que ejercí sobre mis hermanos y padres, nunca fue en esa carrera por el éxito, sino por la de sobrevivir. Era lo que tenía que hacer y no había más. Pero yo también juzgaba los errores de mi mamá incluso más severamente que los de mi papá. De hecho lo hago todavía[4], cuando ejerzo mi segunda maternidad y veo que, si bien maternar es difícil, tampoco lo era tanto como para que yo atravesara por lo que atravesé de pequeña. Pero cuando parí a mis hijas y conforme ha pasado el tiempo, entiendo y me queda claro que esa severidad de juzgar la maternidad ajena la aprendí de una sociedad que tiene cero compasión y todas las exigencias hacia las mujeres, las madres y cualquier persona gestante.

 Y es que esa certeza de que seremos mejor que nuestras madres viene cargada de ambivalencia, implica nuestra desaprobación de la crianza que obtuvimos durante nuestra infancia, muy independientemente de cómo ésta haya sido. Y esta es quizá otra característica generacional, si no, díganme ustedes: ¿por qué hay tantas mujeres madres y no-madres que tienen una relación complicadísima con sus propias madres? ¿Será que heredaron las mismas expectativas?

Tengo varias hipótesis. La primera, y más obvia, es que los hijos no dejan de ver a sus mamás como madres y no logran verlas como mujeres —a duras penas, como personas—. En este sentido, los hijos son tan egocéntricos como los niños que estudió Piaget. Por otro lado, la cultura misma y sus cambios hacen algunas maternidades de ayer demasiado contrastantes con las maternidades de hoy. Nuestras madres aguantaron de todo, no cuestionaron el papel que se les asignó y algunas hasta se glorificaron en él, en detrimento a sus hijas. Adrienne Rich tiene una manera muy sencilla de ilustrarlo:

Muchas hijas guardan rencor hacia sus madres por haber aceptado con demasiada pasividad «lo que sea». La conversión de la madre en víctima no solo la humilla a ella, sino que mutila a la hija que la observa en busca de claves para saber qué significa ser mujer.

Adrienne Rich

Pero hay otra hipótesis, quizá más evidente, aunque no por ello más fácil de explicar, y es que es imposible juzgar con las expectativas del presente los sucesos del pasado. Los hijos jóvenes que juzgan a las madres —suyas y ajenas— creen que lo hacen desde una superioridad moral específica a su generación; pero en realidad lo hacen desde un determinismo político-económico que no reconocen. Esta hipótesis déjenme explicarla.

Hannah Arendt —una filósofa y escritora judía que tuvo que escapar de la Alemania nazi de la Segunda Guerra Mundial y que posteriormente se convirtió en una de las filósofas más influyentes del siglo XX por sus reflexiones sobre política, autoritarismos y educación— señala que existe una relación muy directa entre los regímenes políticos y la forma en que los padres educan a sus hijos:

la crianza y educación de los niños, donde la autoridad en el sentido más amplio siempre se aceptó como un imperativo natural, obviamente exigido por las necesidades naturales (la indefensión del niño) como por la necesidad política (la continuidad de una civilización establecida que sólo puede perpetuarse si sus retoños transitan por un mundo preestablecido, en el que han nacido como forasteros.

Hannah Arendt

Esto tiene sentido porque vale suponer que los padres, al hacerse una idea de aquellas cualidades que son necesarias para subsistir y ser exitoso en la sociedad “actual”, educan a sus hijos en consecuencia, procurando desarrollar en ellos cualquier ventaja que les facilite lograrlo.

Pues bien, el siglo pasado estuvo caracterizado por gobiernos autoritarios y por una sociedad disciplinaria, altamente jerárquica, donde lo que más se apreciaba era el apego a marcos normativos y la obediencia. Byung-Chul Han —otro filósofo, pero de origen surcoreano con residencia en Alemania, cuyo trabajo versa sobre las formas en que el capitalismo actual manipula la libre voluntad de las personas influyendo sobre sus deseos y aspiraciones— explica que la sociedad del siglo XXI adoptó el rendimiento como su valor más poderoso; a diferencia de la sociedad del siglo XX, que era disciplinaria y estaba habitada por “sujetos de obediencia” rodeados de instituciones autoritarias. “La sociedad disciplinaria es una sociedad de la negatividad. La define la negatividad de la prohibición. El verbo modal negativo que la caracteriza es el «no-poder»”, señala Byung-Chul Han. Queda claro cuando recordamos, por un lado, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, las dictaduras latinoamericanas y los gobiernos autoritarios; y por otro lado, la iglesia y las instituciones educativas marcadas por la severidad, el orden y la tradición. Violencias institucionales de todo tipo y por doquier.

La sociedad actual, en cambio, vive la ilusión de la libertad. Las personas se creen libres para buscar su plenitud y autorrealización en el marco del capitalismo a partir del emprendimiento, el freelancing y el trabajo precario, donde se auto-explotan gustosas porque ven virtud en la productividad de ascenso perpetuo… como rendimiento creciente en economía de escala, el sueño del “libre” mercado. Así, el “sujeto del rendimiento” es “emprendedor de sí mismo” porque “La positividad del poder es mucho más eficiente que la negatividad del deber”, según Han.

En este nuevo paradigma social y político-económico —porque nuestros comportamientos, pensamientos y actitudes vienen en gran parte motivados[5] e influenciados por las lógicas, pautas y valores del sistema político y económico, que es el que rige nuestras formas cotidianas de vida mediante el trabajo y la escuela, y por ende nuestra socialización de todos los días— no es de extrañarse que la crianza positiva, el gentle parenting, la crianza respetuosa y otros trends[6] —que no digo que estén mal, porque, la verdad, cualquier cosa es mejor que la crianza disciplinaria y tradicional con la que muchos crecimos[7]— encuentren asidero y amplia aceptación en las presentes circunstancias. La misma Arendt  lo veía venir:

el hecho de que aun esta autoridad prepolítica que rige las relaciones entre adultos y niños, profesores y alumnos, ya no sea firme significa que todas las metáforas y modelos antiguamente aceptados de las relaciones autoritarias perdieron su carácter admisible.

Hannah Arendt

Pero la paradoja es esta: que en nuestra percepción de que nuestra crianza es mejor y en nuestra aceptación de estos nuevos modelos no germina la semilla de una revolución cultural que supone que somos la primera generación en romper el ciclo de la violencia psicológica y emocional hacia las infancias —como muchas veces se escucha decir en videos emotivos con música de fondo en Instagram y TikTok—, sino la mera adaptación a las condiciones cambiantes del mundo, incluyendo su paradigma político-económico. En otras palabras, igualito que nuestros padres, respondemos a las circunstancias, previendo lo que será mejor para que nuestros hijos salgan a flote en la sociedad actual. Que sean visionarios sin miedo al éxito, emprendedores, líderes, seguros de sí mismos; pero también sanos y emocionalmente maduros, para evitar la epidemia de depresión, ansiedad, estrés y otros padecimientos psicológicos —somatizables también en enfermedades como el cáncer— que, el mismo Han explica, son precisamente las dolencias de la sociedad del rendimiento, así como el alcoholismo lo fue de la disciplinaria.

Lo resumo en esto: la maternidad está —y siempre ha estado— atada al modelo político-económico de la sociedad en que se ejerce. Si esto es así, significa que no es más que otro mecanismo para su funcionamiento. O sea, una institución más de control. Y eso no se vale; no cuando el bienestar de nuestros hijos y las futuras generaciones depende de ella.

¿Qué alternativa queda entonces?

Anularla.

Sí. Anularla. Porque la maternidad no debe ser instituida ni instrumentalizada. Debemos anular la maternidad como institución, instrucción e instrumento. Que la maternidad, paternidad y crianza dejen de estar supeditadas a lo que la sociedad administra desde sus normas de control y sometimiento de nuestra voluntad y cuerpos para el beneficio de sus mecanismos que reproducen el capital y transforman a las personas en recursos humanos. Porque nosotras tampoco deberíamos ser las mamás del rendimiento. Esto que propongo no tiene por qué implicar la anulación ni el abandono de  nuestros hijos, dejarlos a su propio cuidado ni que los cuiden otras personas que no queremos, sino una apropiación consciente de lo que queremos para la maternidad y las infancias verdaderamente libres, sin servir a otra causa que el desarrollo pleno y sano. En esto recurro otra vez a Adrienne Rich, quien lo dice mucho mejor que yo. Yo sueno a cosa que da miedo; pero léanla a ella:

La lucha de la madre por su hijo —con enfermedad, pobreza, guerra, las fuerzas de explotación que empobrecen la vida— necesita ser una batalla humana común, basada en el amor y en la pasión por sobrevivir. Para que esto ocurra, la institución de la maternidad debe ser destruida.

            Es necesario que los cambios influyan en cada una de las áreas del sistema patriarcal. Destruir la institución no significa abolir la maternidad, sino propiciar la creación y el mantenimiento de la vida en el mismo terreno de la decisión, la lucha, la sorpresa, la imaginación y la inteligencia consciente, como cualquier otra dificultad, pero como tarea libremente elegida.

Adrienne Rich

Yo siempre he sido madre. Fui[8] madre de mis hermanos y madre de mis padres. De mi hermano, porque nació en una sociedad totalmente carente de servicios y oportunidades para cualquiera como él. De mis padres, porque estuvieron abandonados en una sociedad que hasta la fecha no sabe qué hacer con hijos como los suyos. Nunca tuve alternativa en esa primera maternidad. En mi segunda, quiero ser libre.

Notas


[1] Celebro que el verbo lo pueda conjugar en pasado, aunque también temo ser ingenua.

[2] Me incluyo en esto de la juventud, ¿por qué no?

[3] Sí, lo más probable es que nos metieron.

[4] Aunque ya con la misma severidad a ambos…

[5] Sin caer en el determinismo tampoco, pero sí en la marcada tendencia.

[6] Que no digo que estén mal, porque, la verdad, cualquier cosa es mejor que la crianza disciplinaria.

[7] Nótese la irónica convicción con la que afirmo esto. Está por ponerse más irónico.

[8] Hay que seguir diciéndolo en pasado. Como mantra.


Este texto se encuentra publicado en el libro Difícil ser madre, de la Escuela de Letras & Editorial Sanblás.

Libro Difícil ser madre

Contacto en lilithlanz@gmail.com y https://www.facebook.com/LilianaLanzV.

La resurrección de Rosita Morales, de Marcia Ramos

Liliana Lanz Vallejo

La resurrección de Rosita Morales es la primera obra teatral escrita y publicada por Marcia Ramos. La autora de Diles que no nos vean y Brevedades infinitas, ambos libros de minificciones, ahora sorprende incursionando en un género que no había explorado antes: el teatro.

En esta nueva entrega, Marcia retrata la violencia que sufren y han sufrido las mujeres a lo largo de generaciones. Tras ser apuñalada por su novio, Rosita despierta en una especie de purgatorio, un mundo entre mundos o, como dice María Magdalena —una sexoservidora asesinada por uno de sus clientes—, en “otra dimensión”, donde mujeres que son víctimas de feminicidios y otras violencias de género se debaten entre la vida y la muerte. Un lugar que poco tiene de celestial y mucho de metafísico porque, en él, parece que el tiempo se traslapa y es infinito.

En este cielo-que-no-es-cielo, Rosita Morales —asesinada en 2018— conoce a otras mujeres asesinadas o violentadas a tal grado que se acercan a la muerte; una de ellas, María Magdalena, fue asesinada en 1985; otra, cuyo nombre no es divulgado y es presentada como “Niña”, sufrió un accidente en 1974. Por último está Paulina, una joven universitaria que tiene “el don” a la Ghost Whisperer y es capaz de orientar almas en pena como la de Rosita.

Marcia Ramos

En la obra, estos encuentros en el más allá que parece un más acá se prestan para discutir lo mucho o lo poco que ha cambiado la situación de las mujeres en las últimas décadas. La violencia doméstica normalizada pero invisibilizada en los 70s, las muertas de Juárez en los 80s, los feminicidios del pasado y el presente, las oportunidades de estudiar, de independizarse, el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos y abortar, el abuso y la imposición de los cuidados a hermanas mayores y niñas pequeñas:

Niña: A veces odio a mis hermanos porque les tengo que lavar la cara y servirles la comida.

Rosita: ¿Cuántos años tienen?

Niña: Uno siete y otro ocho.

Rosita: ¿Y por qué no lo hacen ellos?

Niña: Porque son hombres y los hombres solo dan órdenes como mi papá.

En este relato, la Niña tiene apenas dos días que cumplió sus 10 años de edad.

A lo largo de la obra, Rosita se muestra optimista planteando que son muchas cosas las que han cambiado para las mujeres en el 2018. Sin embargo, conforme dialoga con otras mujeres de generaciones diferentes a la suya, se da cuenta de que, en realidad, es muy poco lo que ha cambiado. La violencia de género ha sido una epidemia a la que le hemos ido cambiando el nombre y la cara.

Rosita: Ahora es diferente, todos los días desaparece más de una mujer.

María Magdalena: Siempre fue así, solo que las mujeres morían en su casa de silencio y después se volvían parte de los muebles. Las fotos de la boda eran el recuerdo de un día lleno de ilusión y después en pequeñas muestras de desamor todo llegaba. Primero en la compra del mandado, la ropa, las fiestas donde no estaban invitadas, los silencios, en el “mi vieja”, los golpes en las piernas y los brazos. El dolor de la columna y el abandono en la vejez.

Rosita también se muestra escéptica del feminismo. El movimiento ofrece la ilusión de que las oportunidades y los derechos han mejorado para todas, pero esto no es así siquiera en la mayoría de los casos:

El feminismo tocó mi puerta en clases, pero para entenderlo tenía que compartirlo y nadie quería compartir conmigo. Las leyes a veces se aplican para los que lo tienen y para los que no, se quedan como yo.

Si bien la obra en un comienzo se presta para ser una disertación sobre perspectiva de género, con ciertos matices de humor y ciencia ficción complementarios para su atmósfera, su final, con el personaje de Niña, se siente muy íntimo y personal, como homenaje a un ser querido que inspira a seguir luchando por la vida, a resucitar.

La obra y el camino de Rosita sugiere un llamado al reconocimiento de la sabiduría de nuestras ancestras —así, en femenino—, el reconocimiento de nuestro conocimiento y fortaleza intergeneracionales. De ahí su valor literario y testimonial.

El libro se despide con un bonus track que toma por sorpresa: un cuento —no minificción, sino un cuento—. Titulado “Los restos”, éste continúa con el tema de la mujer y lo que esta pierde en el amor hacia un hombre. Es, definitivamente, un final inesperado que, en lo personal, se me antoja para prólogo o entrada para la obra.

La resurrección de Rosita Morales es un libro de la Editorial La Tinta del Silencio y está disponible aquí.

La hora rosa, de Marycarmen Creuheras

Liliana Lanz Vallejo

La hora rosa, de Marycarmen Creuheras, es una novela de lectura muy amena sobre un drama de pueblo chico infierno grande, en un lugar llamado El Real, cuya ubicación la autora nunca menciona, pero que, por su idiosincrasia, solo se puede interpretar que está en México.

En el relato de La hora rosa, la protagonista es Cecilia Arteaga, una joven de 16 años, queda embarazada de Felipe Camacho, de 18 años. Las familias Arteaga y Camacho son o se creen de alta alcurnia en El Real y, hasta entonces, gozan de la admiración del pueblo. De ahí la trama adquiere los matices de una novela digna de guion de Televisa, si Televisa fuera buena y llegara a los talones de este drama épico que se deriva de los valores tradicionales y machistas típicos de la época de los sesenta, aunque algunos de ellos persistan hasta la actualidad.

Tuve el placer de conocer a Marycarmen Creuheras en mi primera sesión del Taller de novela de Juan José Luna y su Escuela de Letras y Editorial Sanblás. Yo creo que llegué justo a tiempo, porque fue ahí donde escuché los primeros capítulos de esta obra. Me tocó leer y escuchar a Marycarmen cuando redactaba las primeras intrigas y con ello me dejaba picada esperando la siguiente entrega de la semana después. Desde ahí quedé fascinada por las obstinaciones de Carmina Arteaga, por el rencor de LaPinta, por el sentido de justicia del padre Nicolás, por la valentía de Inés y por el cruel amor y desamor de Cecilia.

La autora de La hora rosa

Los personajes de Marycarmen están llenos de color. Sus diálogos, sus motivaciones, sus ideas son unos de los aspectos más entretenidos de este libro. Son tan teatrales que una casi se los puede imaginar con los acercamientos intensos de cámara y la música dramática de fondo. Además, cada uno experimenta un cambio o un crecimiento a partir de la tragedia de Cecilia.

Mis favoritos, sin embargo, son los personajes de la familia Camacho. Totita y Luis son verdaderamente los mejores. En esta trama es notorio cómo todos los personajes caen víctimas de sus propios preceptos: sus ideas tradicionales, sus ambiciones, su sentido de moral y justicia. No consideran las alternativas porque se mantienen leales a esos preceptos. Pero los Camacho no. Los Camacho se la saben jugar, son estrategas. Son unos artífices del engaño y por eso los disfruté tanto. Engañan a todos en el pueblo, pero también engañan al lector, porque los giros más interesantes e inesperados de la trama son aquellos donde ellos hacen sus actos de aparición.

Si bien uno puede irse con la finta de que esta historia es un drama que versa en torno al problema del embarazo de Cecilia, creo que esta trata de algo mucho más profundo: la forma en que las familias capitalizan a sus hijos. La manera en que las familias administran la vida de sus hijos con base en cómo ésta les da beneficios, estatus y poder. Es una noción trágica, pero real y quizá culturalmente universal, porque pasa en México pero pasa en muchos de los países que se siguen caracterizando por ser tradicionales. Pero en ese juego de poder, los que más pierden son los hijos, todos ellos. En este relato la pobre Cecilia es la que lo pagó más caro que nadie.

La hora rosa, de Marycarmen Creuheras

Por último, quiero destacar el talento literario que más le he admirado a Marycarmen con esta entrega: sus transiciones. Y esto es algo que algún día quisiera poder dominar también. Yo, de simplona, hago mis transiciones con un sencillo espacio en blanco, como quizá lo hacen muchos otros escritores. ¿Quiero cambiar de escena? Fácil. Cierro con punto y aparte, doy doble enter para dejar espacio en blanco y entonces prosigo con otro segmento de texto. Marycarmen no. Marycarmen se acerca a lo que hacía Virginia Woolf en Mrs. Dalloway. El narrador transita de escena a otra como si se elevara por los aires, con una mirada todo-abarcadora que sencillamente posa su atención en otro punto que converge con el plano de otro personaje. Les doy un ejemplo. Hay un capítulo donde estamos en la casa de los Arteaga, pero al mismo tiempo se está armando algo por parte de Totita en otra parte del pueblo.

Las dos hermanas entraron a la casa dirigiéndose a buscar a Inés. El sol se empezó a ocultar y la luz que iluminaba a El Real era rosada. Nadie en casa de los Arteaga imaginaba los acontecimientos que se avecinaban. La luz dejó de ser rosa para dejar entrar a la oscura noche. No había luna.
Totita se estacionó a la orilla del camino. El padre llegó andando.

Lo mejor: Marycarmen culmina el último párrafo de su obra con una transición similar de ese estilo, aunque mucho más bella. Esa no se las citaré. Esa dejaré que ustedes la descubran.

El libro La hora rosa se encuentra disponible en versión impresa y electrónica en Amazon, aquí.