La venganza de los siths y la seducción de la derecha radical

Este 8 de mayo tuve el gusto de acudir a la proyección con orquesta sinfónica en vivo de Star Wars: Episodio III. La venganza de los Sith. El evento se llevó a cabo en El Foro de Tijuana, con la participación de Duck Tales Orchestra. Ya anhelaba que algo así ocurriera en la ciudad. He tenido el privilegio de ver conciertos similares en San Diego y en la Ciudad de México, pero en Tijuana rara vez se ofrecen espectáculos de este tipo. El recinto estaba abarrotado: completamente lleno de millennials —y uno que otro centennial— nostálgicos por las aficiones de sus años mozos, esas mismas que Disney ha sabido recuperar, aunque quién sabe si mantener.

Tenía fácil diez años sin volver a ver la película. En mi memoria persistían sobre todo dos cosas: su banda sonora y la icónica —aunque no por ello menos lamentable— batalla entre Anakin Skywalker y Obi-Wan Kenobi. Fuera de eso, recordaba poco. Pero verla de nuevo, en alta resolución y con música en vivo, no me remitió tanto a mis impresiones del pasado como a una lectura desde el presente: una reinterpretación marcada por estos tiempos de repunte de la derecha radical y de pulsiones fascistas en distintas partes del mundo, con expresiones visibles en Estados Unidos, Alemania, Italia, Argentina, entre otros países.

Lo que antes me parecía una actuación muy mediocre de Hayden Christensen, ahora se me figuró como algo más familiar: la disposición corporal y emocional de ciertos hombres proclives a la seducción de las ideas radicales de derecha. Hombres que sonríen poco —que de hecho parece que nunca lo hacen—, que viven frustrados, enojados, convencidos de que les han quitado algo que merecían. Red-pilled guys, MAGAs, incels, bros de la manosfera y cierto tipo de geek de derecha: hombres que encuentran en el agravio una identidad, en la conspiración una explicación y en la figura del líder una salida.

En esta lectura, los Sith aparecen con claridad como una facción autoritaria, absolutista, apologista del exterminio, con rasgos fascistas bastante reconocibles. Sus dogmas son ambiguos y flexibles, acomodables a la ocasión, como suele ocurrir con muchas ideologías de poder que se presentan como sabiduría prohibida, verdad oculta o camino de liberación personal. Pero eso no convierte automáticamente a los Jedi en una facción “contraria” en sentido emancipador. No son una izquierda radical ni mucho menos una alternativa democrática. Son también un orden dogmático, conservador, proclive al autoritarismo —aunque más débil— y a una corrupción blanda que se justifica discursivamente como prudencia, equilibrio o defensa del bien común.

En esta segunda visita a la película me pareció lógico, incluso factible, que un hombre como Anakin Skywalker sucumbiera tan fácil y precipitadamente al lado oscuro de la Fuerza bajo la manipulación de Palpatine. Veamos. Es un joven con promesa y talento, desesperado por ser reconocido, pero el Consejo Jedi se resiste a validarlo plenamente, en parte por su edad y experiencia, en parte porque desconfía de él. Al mismo tiempo, la filosofía Jedi le impide vivir el proyecto afectivo que en realidad desea: tener una familia tradicional, con esposa e hijos, de manera abierta.

Por si fuera poco, su escaso contacto con figuras femeninas, y en particular con su madre —a quien pierde de forma traumática—, hace que traslade esa necesidad de protección, posesión y reparación hacia Padmé. Anakin no termina de verla como mujer ni como ser humano autónomo, sino como extensión de sus propios deseos, como símbolo de aquello que no está dispuesto a perder. Como debe mantener su matrimonio en secreto, separa estrictamente su vida privada de su vida pública. Cree tenerlo todo bajo control, aunque la disonancia entre ambas responsabilidades sea enorme.

El amor de Padmé funciona, en ese contexto, como compensación ante su falta de poder en la esfera pública. Si el Consejo Jedi lo limita, lo observa y lo subestima, Padmé representa el espacio donde él sí se siente elegido, admirado, necesario. Pero incluso ahí su amor está atravesado por el miedo, la posesión y la fantasía de control. No quiere salvarla tanto como quiere impedir la pérdida que ella representa para él.

Su alto sentido de moralidad también es una vulnerabilidad. Anakin cree demasiado en “el bien” y “el mal”, pero no entiende los mecanismos pragmáticos con los que los jedis administran esos conceptos. Aunque es talentoso y poderoso, se mantiene ingenuo, ávido de orientación, hambriento de una figura que le explique por qué no tiene lo que cree merecer. Y ahí aparece Palpatine.

Palpatine le ofrece un discurso de iniciación: una especie de “ven, yo sí te voy a decir la verdad que te ocultan”. Le habla de una sabiduría oscura, misteriosa, supuestamente perdida; de zonas de la Fuerza que los Jedi se niegan a explorar; de poderes que podrían salvar a quienes ama. Todo aquello que los jedis callan, Palpatine se lo presenta como revelación. Al mismo tiempo, lo convence de que el Consejo Jedi busca traicionar al Senado, destruir la República y hacerse del poder. Hace que Anakin desconfíe de todo el sistema, de sus instituciones, de sus maestros y de sus propios afectos. Lo coloca en una crisis de interpretación: ya no sabe a quién creerle, pero necesita creerle a alguien.

No sé. ¿Les suena familiar?

Al ver su expresión, casi siempre molesta, recordé también los rostros de figuras como Charlie Kirk, Tucker Carlson, Andrew Tate y otros hombres públicos cuya gestualidad parece construida desde el agravio permanente. Al pensar en Palpatine, la asociación con Donald Trump resultaba casi inevitable: el líder que se presenta como único capaz de decir la verdad, romper el sistema, castigar a los traidores y restaurar un orden perdido.

La película muestra, quizá con más claridad de la que recordaba, algunos mecanismos de seducción política que hoy reconocemos en la derecha radical: el resentimiento masculino, la promesa de poder personal, la desconfianza hacia las instituciones, la idea de que existe una verdad prohibida, la fantasía de restauración, el miedo a perder a “los nuestros” y la conversión de la vulnerabilidad en violencia. A Anakin no lo seduce solamente el poder. Lo seduce la posibilidad de que su miedo tenga una explicación grandiosa y de que su frustración sea, en realidad, una forma de destino.

Por eso su caída no ocurre de golpe, aunque la película la condense dramáticamente. Anakin no se vuelve Darth Vader porque un día decide ser malo. Se vuelve Darth Vader porque alguien logra darle forma ideológica a sus heridas. Palpatine no inventa su miedo, su rabia ni su deseo de control; los organiza. Los convierte en doctrina. Le ofrece una narrativa donde él deja de ser un joven confundido y se convierte en pieza central de una guerra moral.

Esa es quizá una de las intuiciones más vigentes de La venganza de los Sith: el autoritarismo rara vez se presenta de entrada como crueldad. Suele presentarse como protección, claridad, fuerza, lealtad, orden. Se presenta como la respuesta simple a un mundo complejo. Como una promesa de que alguien, por fin, pondrá las cosas en su lugar.

Y ahí está el peligro. Porque Anakin no cae por ambición. Cae porque quiere salvar, corregir, poseer, castigar, pertenecer. Cae porque no soporta la incertidumbre. Cae porque confunde amor con control y justicia con obediencia. Cae, sobre todo, porque alguien le hizo creer que su dolor lo autorizaba a destruir el mundo.

Vista desde 2026, La venganza de los Sith ya no me pareció solamente una película irregular con una gran banda sonora y diálogos horribles. Me pareció también una fábula política más lúcida de lo que recordaba. Una historia sobre cómo los jóvenes heridos, talentosos y resentidos pueden ser capturados por proyectos autoritarios cuando nadie les ofrece otra forma de tramitar su miedo, su deseo de reconocimiento y su sensación de pérdida.

Quizá por eso la batalla final entre Anakin y Obi-Wan sigue siendo tan triste. No solo porque marca la caída de un héroe, sino porque muestra el fracaso de todos los órdenes que pretendían contenerlo. Los Sith lo manipularon; los Jedi no supieron comprenderlo. Entre una institución rígida y un líder fascistizante, Anakin eligió al que le prometió poder y certidumbre. Pero esa promesa era falsa: Palpatine no quería salvarlo ni hacerlo libre, sino convertirlo en instrumento de un proyecto militarizado. Y esa elección, como sabemos, terminó con todo.

Publicado por Liliana Lanz

Doctora en Ciencias Sociales, maestra en Lingüística aplicada y docente con experiencia de más de 15 años. Mis temas de interés son el bilingüismo, el análisis de discurso y la mercantilización del lenguaje. Me identifico como feminista, translingüe y madre contestataria.

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