Inside people: Historias desde la reclusión, de Mariana Martínez Esténs

Inside people: Historias desde la reclusión, escrita por la autora Mariana Martínez Esténs, es una novela de “ficción”. Eso es lo que asegura su primera y segunda página, con sospechosa insistencia. Lo paradójico es que, además, sostiene que “todo” es inventado, excepto lo que tiene que ver con su autora; pero, … todo tiene que ver con la autora. Quizá llamarle ficción es una estrategia para proteger a sus lectores —y a sí misma— de cualquier amenaza a sus vidas por saber demasiado.

Inside people es una novela conformada por pequeños fragmentos narrativos que sostienen la trama y por pequeñas cápsulas informativas que sirven a manera de contexto cultural, político, económico y social; “Interludios”, como les llama la autora, que son los esbozos de un marco social mucho más amplio que aquello que les sucede a los personajes, pero que les afecta muy directamente. La pobreza, la desigualdad, la sobreexplotación de recursos, las sequías, las hambrunas y, aparte, las predisposiciones biológicas y psicológicas de cada uno se manifiestan de manera muy tangible en las cárceles, en la vida de los reclusos, en la de los policías; pero también, de maneras menos perceptibles, en quienes extraen sus historias para fines comerciales, prácticos o personales, como equipos de filmación, fotógrafos, corresponsales, periodistas.

La trama de Inside people trata sobre una periodista freelancer mexicana que desarrolla experiencia visitando reclusorios: primero, mediante un taller de literatura (que luego mutó a arte y meditación improvisada, pero poderosa) para ceresas, no con z como las cherries, sino con s como las mujeres recluidas en los Centros de Reinserción Social o los CERESOS. Después, mediante su colaboración en un equipo extranjero de filmación que la llevaría a El País, en Centroamérica.

Aquí la alusión a El País es la parte ficticia, porque un país llamado El País no existe. Es algo muy similar a lo que hacía Saramago cuando hablaba de países sin nombre; pero, aun así, quienquiera se podía imaginar dónde estaba o cuál podría ser. Por ejemplo, Mariana dice: “Este país es selva húmeda y espesa, una mezcla de Michoacán con Chiapas en cuanto a clima y paisaje”.

Lo mismo sucede con Ciudad Capital y Gota de Arena. Este último es el pueblo al que el film crew y la autora llegan a grabar su documental sobre la cárcel local en la que “dentro, 710 presos comparten alojamiento en un laberinto sobrepoblado, una especie de hormiguero en permanente construcción donde cada división se llama ‘bartolina’”. En esta experiencia, verdaderamente digna de ser relatada en series de streaming a la Orange is the New Black de Netflix, la autora describe a las múltiples personas que la acompañan, pero, sobre todo, a los reos que ella llega a conocer durante su trabajo de campo: asesinos, mercenarios que colaboran con los Zetas, traficantes de órganos y de personas, novias de narcotraficantes —complemente inocentes pero también completamente ingenuas—, entre muchos más.

 Y aquí emerge quizá el verdadero sentido de Inside people. Mariana tiene una habilidad sorprendente de empatía; pero, al mismo tiempo, de mantenerse entumecida — perpetua y maratónicamente entumecida— para conocer a todas estas personas, escuchar sus historias y conectar muy extrañamente con ellas, aunque no muchas veces conecte con ella misma. Conecta decididamente con las reclusas y los reos, al mismo tiempo que se mantiene desconectada de sus propias necesidades, de su infancia, de sus sentimientos y de su cuerpo, solo para tratar de contenerse y recuperar su humanidad en cada ritual de regaderazo y escritura que hace al final de cada uno de sus días.

Es la chica que logra estar Inside people, but not necessarily inside herself. Y es que, en su colaboración con el crew de filmación, ella va perdiendo su propia agencia poco a poco, por ser mujer, por ser mexicana y por ser intérprete y traductora. Más que usar su propia voz, la presta para que los extranjeros se puedan comunicar con los locales. De hecho, la autora juega constantemente con eso. Traduce para su equipo y nota cómo muchas cosas, no es que se escapen de la traducción, pero sí de la conciencia privilegiada y colonialista de sus integrantes. Y eso pesa: el tránsito de un lenguaje a otro pesa; de una cultura a otra pesa; de un valor de cambio a otro pesa.

De esa ambivalencia que Mariana asume, similar a los mexicanos que veneran pero también culpan a la Malinche, infiero que haber escogido un título en inglés para su libro no fue un acto inocente. Inside people alude a poder ver dentro de la gente, mediante la empatía, como la autora lo hace con los reos; pero quizá también se refiera a la “inside-people” como gente que vive encerrada tras muros de concreto; pero, además, tras muros de entumecimiento emocional y psicológico, característica para nada exclusiva de los reclusos, sino también de quienes conviven con ellos. Peor aún, de quienes se benefician de ellos.

 Y es que los verdaderos villanos de la historia de Mariana Martínez Esténs no son los reos. Son los otros: el director megalomaníaco, narcisista y machista del documental; el colonialismo interiorizado y velado entre el equipo; el ímpetu extractivista de prácticamente todos; el patriarcado y la precariedad laboral que empuja a varios a establecer los más terribles pactos y las más temerarias alianzas.

En esto último, Mariana es implacable. Es muy empática con las ceresas —con s— y con los reclusos de Gota de Arena, pero es inmisericorde con ella misma. La autora hace un ejercicio de introspección increíble. Escrudiña desde sus arrebatos en la infancia hasta su complicidad con el periodismo extractivista y las producciones con miradas colonialistas de blancos privilegiados que, a cambio, te elevan junto con ellos, te pagan en dólares, te ofrecen el sueño americano sin nunca dártelo porque desde tu mexicanidad no te corresponde, no importa cuánto te esfuerces.

En lugar de hacer tu trabajo de periodista, facilitas el saqueo de historias que van a enriquecer el primer mundo sin beneficio alguno para este: vienen a ver lo que quieren y nada más, vienen a comprar el acceso que se les niega en otros países, historias intocables, impensables, que compran con donativos de medicina y promesas de una panadería. Limosnas.

Mariana dice las cosas como son. Hace su trabajo, pero se cuestiona sin piedad a sí misma. Se reconoce imperfecta, contradictoria, ambivalente, sobreviviente, pero también con la suficiente fuerza para erigirse de las cenizas. Me pregunto qué se siente vulnerarse de esta manera frente al mundo en un libro, mostrando partes tan íntimas de una misma, sin filtro.

Además, el libro es una joya editorial que, estoy segura, no debió ser fácil lograr. Sus adentros están llenos de fotografías intrépidas y de ilustraciones impresionantes de Lilondra. Se juega también con la tipografía, con las citas de impacto, con múltiples subtítulos.

Y aparte está su lenguaje. La narrativa está llena de metáforas que se introducen inadvertidamente en el relato, pero que luego emergen una y otra vez, brindando una cohesión retórica bastante admirable y placentera. Está, por ejemplo, la hermosa metáfora de las luciérnagas:

Anécdotas de astucia, adrenalina, supervivencia y temple [que] las mostramos como tesoros brillantes, luciérnagas que dejamos salir de las manos para iluminar los sótanos que nos resguardan de tiroteos o tiendas de campaña empapadas por una tormenta en la selva.

Los animales son un gran tropo en la narrativa de Mariana. Recurre a ellos con frecuencia para explicar lo que pasa alrededor de ella, para caracterizar a los personajes, para explicar cosas que no tienen nombre. Y ni siquiera lo hace con un estilo artificioso de lenguaje. Sus metáforas son logradas de una manera muy sencilla, no siempre bella, pero tremendamente contundentes, con los pies en la tierra, tierra de huerto, de selva, de naturaleza que rechaza el vacío.

En resumen, Inside people: Historias desde la reclusión, de Mariana Martínez Esténs, es una obra que nos dice mucho sobre la vulnerabilidad de las personas, las más peligrosas y aquellas que dizque lo son menos. Es una obra que encanta e incomoda al mismo tiempo; que hace disfrutar, pero también hace sufrir. La recomiendo ampliamente.

Si quieres escuchar un poco más sobre esta novela, en voz de la propia autora, sintoniza el podcast Charlas con la autora, aquí.

Inside people está disponible en la tienda Amazon y en la Librería El Día de Tijuana. También se consigue mediante la página de Facebook @InsidePeopleLibro.

Esta reseña fue publicada originalmente en la revista ARQUETIPOS, de © Cetys Universidad y debe citarse de la siguiente manera:

Lanz Vallejo, L. (agosto, 2023). «Inside people: Historias desde la reclusión, de Mariana Martínez Esténs». Arquetipos, 57. Cetys Universidad. https://repositorio.cetys.mx/handle/60000/1827

Pax Demonica, de Elion Shertz

Pax Demonica es la primera novela de Edgar Adrián Maldonado Arellano, también conocido por su nombre artístico Elion Shertz. Se trata de una novela de 332 páginas, organizadas en 71 capítulos, que impresiona, no solo por su extensión, al tratarse de una primera novela, sino por la altísima complejidad de su trama. Esta no es una novela para hojear tranquilamente, sino que exige a lectores críticos y curiosos que presten mucha atención.

Por ejemplo, tan solo en sus primeras 70 páginas, el autor nos familiariza con más de 20 personajes, el 80% de ellos importantes y protagónicos en sus respectivos momentos. Lo admirable del relato de Elion es que, no importa que sean 20, cada uno tiene una personalidad bien definida y está magistralmente desarrollado. En mi lectura, me iba encariñando con cada uno y luego me moría por que ese personaje emergiera de nuevo en la trama. Esto me pasó con Tatiana Cassal; con Nimrod, también conocido como el Halcón Nocturno; y, por supuesto, con Salieri, quien podría ser considerado como el personaje que ata cabos con todos los demás, y cuyos fragmentos son los únicos relatados en primera persona.

 Los lectores de esta novela no solo deben prestar atención a los personajes, sino que, con el desarrollo de cada uno, los narradores plantean una serie de misterios que se van revelando a cuentagotas. Y es que Elion pone un misterio sobre otro sobre otro sobre otro, de manera que los lectores van acumulando interrogantes en la espera de que cada una encuentre solución. En esto, me atrevo a decir, la narrativa de Elion me recordó mucho al estilo creador del famoso productor, director y guionista JJ Abrams. Soy una gran fan de Lost y de Fringe y, al igual que en estas series televisivas que salieron hace muchos años, aparecen demasiados personajes, intrigas y alianzas que en todo momento hacen dudar cuál es el bando de los buenos y cuál de los malos, quién trabaja para quién y cuáles son las motivaciones y los intereses de cada facción. Esas series eran tan intricadas que incluso se vendían enciclopedias que trataban de registrar cada interrogante y cada tema para no perderse de todos sus detalles.

Pax Demonica, novela de Elion Shertz

Pues bien, la novela de Elion no se queda tan lejos de esto. Yo estuve tentada a hacer una tabla para registrar a los personajes, sus características, sus alianzas y sus símbolos. De hecho, terminé rayando y subrayando todo el libro para seguir la trama e ir conectando los sucesos con sus consecuencias. Pero es que, lo repito, esta obra no está hecha para lectores pasivos; la novela exige ser reconstruida y eso es lo que se disfruta de ella. Las similitudes de Pax Demonica con las obras de JJ Abrams no se detienen ahí. La suya también es una obra de ciencia ficción y, por supuesto, aparecen monstruos, pero de eso les hablaré más adelante.  

Tuve la fortuna de conocer a Elion cuando estaba redactando el planteamiento de esta novela. Coincidimos en un taller de novela de Juan José Luna y ahí Elion nos compartió los primeros capítulos, conforme los iba escribiendo. Primer capítulo: nos habló de Tatiana Cassal y me encantó. Quería saber más de ella. Segundo capítulo: nos habló del Hombre del sobrero rojo, y me encantó. Quería saber más. Tercer capítulo, nos habló de Salieri, y me encantó. Quería saber más…y así siguió con cada entrega hasta que hubo un momento en el que yo ya no pude seguir la trama. Empecé a olvidar los nombres de los personajes y, aunque tenía nociones de la secuencia de grandes acontecimientos de la novela, no lograba seguir la trayectoria de ningún personaje. Eso me avergonzó muchísimo. Pensé que era una lectora incompetente, que quizá yo llegaba al taller demasiado distraída y atiborrada de pendientes que no me dejaban poner atención a la trama que Elion trataba de presentarnos. Pero ahora que he tenido el privilegio de adquirir su libro, y, sobre todo, de leer esos capítulos todos juntos, veo con mucho alivio que no era yo, sino que la trama viene así por diseño.

Elion Shertz en compañía de Liliana Lanz en la presentación de su libro.

Pero Elion no deja a su lector desamparado en el seguimiento de sus personajes y lo apoya con un recurso poco usual en la literatura regional e hispanoamericana: en la esquina superior derecha de la página inicial de cada capítulo, colocó un emblema o un símbolo que representa al que será el personaje protagónico en cada uno. Por ejemplo, Tatiana Cassal, que es muy importante para la trama, tiene el símbolo de un paraguas con un mango garigoleado.

Spoiler alert, quien no lo quiera leer, sáltese este párrafo: ese paraguas aparece una única vez. Quien quiera enterarse de cuándo vuelve a salir su personaje favorito, solo debe hojear las páginas, ubicar su símbolo y sentir alivio. No como yo, que me enamoré de Tatiana a la primera y luego tuve que hacer berrinche porque el ícono no aparece ninguna otra vez.

Pero bueno, ¿y de qué trata la novela? De monstruos, terrorismo, ciencia de ética cuestionable, amor y amistad. En una ciudad cuyo nombre no se menciona, pero que es vecina de otra ciudad llamada Atraska, una banda terrorista de nombre Espartaco opera sus ataques apoyándose con monstruos que son utilizados como armas mortales. Sin embargo, en este mundo distópico de Pax Demonica habitan también unos “demonios”, bastante simpáticos y entrañables, que, al parecer, emergen de las emociones y los deseos de las personas humanas, quienes fungen como sus huéspedes. Cada demonio se aboca, así, a proteger a su huésped, en una relación simbiótica que persiste más allá de la muerte.

No podría platicarles nada más sin soltar más spoilers, así que cierro mi reseña no sin antes destacar el increíble lenguaje con que Elion escribe su novela. Les cito, por ejemplo, la frase con la que abre:

El cielo comenzaba a tragarse las estrellas. La noche, incesante, continuaba materializándose entre las nubes que, como peces en un cardumen, se apresuraban para dejarse llevar por las las corrientes marinas hacia el olvido.

Un autor promedio escribiría “Era de noche”, pero Elion no es un autor promedio. Todo lo contrario, su lenguaje es sofisticado, bello y, sobre todo, preciso. Nunca lo verás repitiendo adjetivos ni verbos, si acaso solo tiene una predilección peculiar por la expresión “¡Vaya que esto, vaya que el otro!”. Dejando esto último al lado, la verdad de las cosas es que esta novela, además de una gran trama, tiene muchas frases muy poderosas. Me despido con mi favorita, que es una que le dice Francisca a Tobias, así, con la sílaba tónica To y no bías.

–¿Alguna vez ha tenido usted el presentimiento de que cada que volamos alto, solo es para que alguien más ponga la mira sobre nosotros y así obtenga el logro de habernos derribado?

Todo el tiempo, Francisca. Todo el tiempo.

Pax Demonica está disponible en la librería de Lapicero Rojo aquí.

La lingüística a lo largo del tiempo

Amy Lorena López Benítez
Estudiante de Licenciatura en Lengua y Literatura de Hispanoamérica
Universidad Autónoma de Baja California
a2212372@uabc.edu.mx

En su libro Lingüística para todos, Trask y Mayblin abordan los aportes de investigación sobre lenguaje a lo largo de los años. Amy Lorena, con base en ese libro, elabora una atractiva línea del tiempo que ilustra cómo se ha pensado y teorizado el funcionamiento de las lenguas.

Amy Lorena López Benítez es estudiante de Lengua y Literatura Hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Baja California. Todo se comienza leyendo, anotando y planificando, para así entregar un trabajo decente. Realizar esta línea de tiempo me llevó varios días, y lo que aprendí en su proceso se quedará conmigo hasta el resto de mis días.

El caleidoscopio de «Tijuana entre letras»

Rosa Alicia Esténs
raestens@gmail.com

¿Cómo surgió Tijuana entre Letras? Los autores somos parte de un taller literario que se formó hace ya cinco años, dirigido por Juan José Luna. Lorena Santana y yo fuimos las últimas en integrarnos hace un año aproximadamente. Su dinámica se caracteriza por la rica retroalimentación entre sus integrantes, sin que exista la más mínima manifestación de competencia. Esto ha permitido que a la fecha se hayan publicado diez libros de autoría individual. Este es el primero de carácter colectivo.

Se los comento brevemente: nos encontrábamos desarrollando cada uno su propio proyecto escritural, pero en una de las sesiones a mediados del año pasado, un compañero nuestro, Luis Manuel Reza, compartió un escrito que ahora forma parte de este libro. El tema era sobre los nombres de las calles y colonias de Tijuana. Está escrito con conocimiento sobre la ciudad y con un fino sentido del humor. A todos nos gustó mucho y, en algún momento, Luis Manuel nos propuso hacer un libro colectivo sobre Tijuana. Entonces pusimos en pausa nuestros proyectos personales y comenzamos a trabajar para plasmar nuestra experiencia como habitantes de esta ciudad. En el proceso de preparar el libro se sumó Liliana Lanz, quien estaba inscrita en otro taller de escritura también coordinado por Juan José Luna.

De los nueve autores, dos nacieron en esta ciudad y los demás somos originarios de otros lugares. Cinco son varones y cuatro somos mujeres. El rango de edad varía entre los 38 y los 75 años. Todos tenemos una formación universitaria y siete de ellos ya han publicado uno o varios libros.

 Nuestra intención al escribir este libro fue compartir lo que conocemos, vivimos y esperamos de esta ciudad. Los temas y los tonos son variados: El resultado es un texto donde podemos reconocer distintos aspectos de esa ciudad llamada Tijuana. Dice José Emilio Pacheco que “las cosas no existen mientras no hay un texto que las fije”. Confiamos haber contribuido a ello. [1]

La mejor imagen que encuentro para representar tanto el proceso de creación del libro y el libro en sí es la del caleidoscopio: ese tubo de cartón en cuyo interior hay espejos y fragmentos de vidrios de colores, de manera que al girarlo se producen imágenes simétricas y cambiantes. Buscando información sobre este invento, encontré lo siguiente:

El caleidoscopio fue inventado por David Brewster, físico escocés a principios del siglo XIX. Él se dedicaba a estudiar fenómenos ópticos y descubrió cómo superficies reflectantes enfrentadas entre sí producían patrones circulares… encontró cómo la realidad se transformaba en formas inimaginables y fascinantes. Los caleidoscopios de dos espejos creaban un patrón que explotaba hacia afuera desde el centro, casi como un estallido estelar. Cuando se agregaban espejos con ángulos particulares, las variantes eran interminables. “ [2]

Afirmo que el caleidoscopio puede ser una imagen que represente el proceso de creación de este libro y al libro mismo por dos motivos: el primero es que se trata de una visión necesariamente fragmentaria de una ciudad que no puede ser abarcada en su complejidad y variedad. La segunda es que el desarrollo de los distintos relatos supuso, además de la escritura realizada por cada autor, una construcción en un juego de espejos, puesto que recibíamos la imagen que nuestros textos reflejaban en los demás.

Presentación del libro Tijuana entre letras por parte de los autores, en el CECUT.

Si nos asomamos a esos fragmentos, podremos descubrir cómo para algunos de los autores en este libro lo mejor de San Diego es Tijuana. Encontraremos a alguien que ha llegado, se ha ido y ha regresado varias veces a esta ciudad. Nos enteraremos de cómo eran los espectáculos de lucha libre hace unos años. Sabremos cómo era el basurero municipal y cómo se relaciona con el conjunto habitacional Alfa Panamericano. Encontraremos a las personas que llegan buscando que les vaya mejor y terminan viviendo en la canalización del Río. Esbozaremos una sonrisa al reconocer algunas palabras que se utilizan aquí; esas que nos cuesta entender cuando llegamos por primera vez. Acompañaremos a una niña que sale a caminar con su abuelo por la colonia América, donde se encuentran las ahumaderas. Escucharemos, como en un cuento, el relato de un bache que termina vinculándose con parte de la historia de Tijuana. Seremos testigos de la resistencia ciudadana para que una biblioteca no fuera convertida en oficinas gubernamentales. Sabremos que una asesina puede estar más cerca de lo que pensamos. Nos enteraremos por qué en Tijuana, para ser héroe, hay que ser hombre. Y al ir leyendo el libro, cada lector armará su propio caleidoscopio con sus recuerdos, vivencias, ideas y expectativas.

En mi experiencia, la escritura es un proceso simultáneamente arduo y gozoso. Puedo afirmar que en todo lo escrito aquí se ha cuidado el proceso de redacción y el de edición. Y también puedo decirles que disfrutamos mucho crear, compartir y, finalmente, ver el libro impreso y terminado.

Coincido con Murakami cuando, a propósito de lo que debe ser más importante para quien escribe, afirma

una de esas cosas es tener claro en tu interior que con tus manos produces algo con sentido. Otro, saber que hay lectores que aprecien en su justa medida lo que haces, ya sean muchos o no”. [3]

Mi abuela paterna, Esther, tenía la costumbre de decir lo mismo siempre que servía la comida o cuando llevaba de regalo uno de los ricos pays que cocinaba. Su frase típica era: “Está muy bueno, yo lo hice”. Envidio su desparpajo y me gustaría decirles sobre este libro que hoy presentamos: “Está muy bueno, lo hicimos nosotros”; pero creo que es a ustedes, los lectores, a quienes corresponde,  con su imaginación y su inteligencia, encontrar el valor y el sentido que cada relato, y el libro en su conjunto, tengan para ustedes.


[1] Pacheco, J.E. (2010)  La iniciación de Monsiváis., Revista Nexos. https/redacción.nexos.com.mx/jose-emilio-pacheco-la-invencion-de-monsivais-mayo2008.

[2] Gil, C. (9 de diciembre de 2023) La historia del caleidoscopio perdura entre pasajes de color y luz. La Nación.  https://www.lanacion.com.ar/salud/la-historia-del-caleidoscopio-perdura-entre-pasajes-de-color-y-luz.

[3] Murakami, H. (2023) De qué hablo cuando hablo de escribir. Editorial Planeta (pag.71)

Rosa Alicia Esténs (Torreón, Coahuila, 1950). Lectora veterana y escritora incipiente. Vive en Tijuana desde 1988. Trabajó como académica en la Universidad Iberoamericana Tijuana 27 años, donde fue directora de la Biblioteca Loyola. Se jubiló en 2016 y desde entonces practica tai chi y natación. Es madre de Mariana, Mario y Diego y abuela de tres.

raestens@gmail.com

Entre el recuerdo y los bombillos: Por qué la gente recordará a mi padre, de Daimary Sánchez Moreno

Ruben Eduardo Montejo Santiago
Estudiante de Lengua y Literatura de Hispanoamérica
Universidad Autónoma de Baja California
ruben.montejo@uabc.edu.mx

Cuando leí la obra, quedé impactado con todo lo que aparece en ella. Sentí un nido de aves muertas en la garganta, como escribiera Sánchez Moreno. Y es que su pluma es tan visual que cae entre lo cáustico y lo divino.

Por qué la gente recordará a mi padre trasciende más allá de la simple pregunta que la autora se ha formulado con el pasar de los años. Trasciende la palabra y la convierte en voz: una voz infantil recargada de energía que grita. Grita en nombre del olvido y de los olvidados, de la gente sin nombre y sin dientes. De la gente que, para muchos de nosotros, se ha convertido en un insensible número estadístico.

Como texto teatral, que oscila entre la narración y la memoria, la autora nos sumerge en un microcosmos. Allí chocamos entre las cuatro paredes, pues la Niña (personaje que realmente no tiene nombre) nos direcciona en un cuarto oscuro. Justo ahí nace la historia donde converge el testimonio y el recuerdo. Es bellísimo, pues el recuerdo es una forma de magia, de imaginar mundos imposibles y de materializar nuestras fotos mentales. Gracias a Sánchez Moreno somos espectadores de violencia. Somos cómplices de aquello que los niños no pueden nombrar, pero que nosotros conocemos perfectamente. Ignoramos la infancia ultrajada y la diluimos en una normalidad aterradora. En el círculo repetitivo nunca nos detenemos a pensar las consecuencias que tendrán esos golpes, esas marcas, esas sustancias. 


Conforme avanza el texto encontramos intertextualidades. Nos trasladamos a los campos algodoneros de Mexicali, bebemos letras de canciones, nos sentamos al lado de los juguetes viendo arrebatos y arcadas. Jugamos a fingir, a actuar. A patear la pelota y fumarnos el foco, el cricko. También participamos en las grandes ligas del béisbol. Volvemos a la infancia, donde no deberíamos conocer el miedo ni el abandono… pero ahí están. Experimentamos la ausencia; a flor de piel sentimos la aflicción. No solo eso, descubrimos también la esperanza y la fortaleza, el ímpetu de construirnos como personas, de florecer entre tanta amargura.

Por qué la gente recordará a mi padre es una pieza genuina en su formato y cruda en su contenido. Es un testimonio fidedigno de nuestra realidad tijuanense. Es el compromiso de nombrar lo que se intentó olvidar. Es permitir que se queme nuestra lengua al decir «papá» y que salga su figura a la superficie. Desdoblar las raíces guardadas y elegir lo que se nos ha otorgado. Es hacer las paces con nuestro sufrimiento, abrazarlo fuerte y firmemente. Porque los hijos del cristal no solo son frágiles. Brillan, como los bombillos, en la completa oscuridad.


La obra de dramaturgia Por qué la gente recordará a mi padre, de Daimary Sánchez Moreno, puede ser descargada aquí. La portada de su libro, que acompaña además la entrada de esta publicación, fue ilustrada por Carolina Castañeda.

* Ruben Eduardo Montejo Santiago nació en Tijuana, Baja California. Empezó su gusto por la lectura a temprana edad. Desde Paco El Chato a Don Quijote hasta cómics y libros de superación personal. En nivel secundaria fue apadrinado por Yadira Morán, egresada de la licenciatura de Lengua y Literatura de Hispanoamérica, quien le impartió talleres y cursos para la escritura creativa. Producto de esos talleres, participó en múltiples concursos de cuento, oratoria, declamación y cuenta-cuentos estando siempre entre los finalistas. 

En el año 2014 fue galardonado con el primer lugar en Baja California en el XIV Concurso Nacional de Expresión Literaria “La juventud y la mar” gracias a su texto “Suicidio en la mar”, donde el Golfo de México y la Segunda Guerra Mundial cobran protagonismo. Actualmente, cursa la licenciatura en Lengua y Literatura de Hispanoamérica. Su afición por el humor negro, la sátira y los arquetipos le han llevado a analizar profundamente en la obra de Enrique Serna (su autor favorito).

El palimpsesto: La violencia en el norte de México a la luz de la memoria y el olvido

Kenia Laborín Villagómez
Estudiante de Lengua y literatura de Hispanoamérica
Universidad Autónoma de Baja California
kenia.laborin@uabc.edu.mx

Julián Beltrán: Sinaloense, violento, poder, narcotraficante; o sinaloense sensible, sentimental, literato, maestro, académico, amante de la música y el arte. 

Con la intención de escribir sobre la literatura del narco para su tesis doctoral, Julián terminó escribiendo un texto de huellas borradas y recuperadas, a partir de la reconstrucción de sus pasos desde Sinaloa hasta Tijuana. En su video Satélite, como lo llama él, narra las imágenes que emergen del olvido recuperando las memorias que lo construyen. La tesis doctoral “El palimpsesto: un testimonio sobre la violencia en el norte de México a la luz de la memoria y el olvido” es un atisbo de la identidad de Julián, un destello de quién es, de su familia, su infancia, de todos los nombres y espacios que lo construyen. Asimismo, de todas las violencias que ha testificado y ahora trazado en un texto académico pero íntimo. 

Escucho la voz de Julián diciendo:

A veces, siento que yo morí en una balacera de Culiacán y desperté, creyendo que estoy vivo, en Tijuana

entre las notas musicales de la canción «Días nublados» de Junior H, mezclándose con la música como si fueran uno mismo y asomándose tal vez como uno de esos pensamientos solitarios que llegamos a tener, pero no le decimos a nadie.

A veces, siento que yo morí en una balacera de Culiacán y desperté, creyendo que estoy vivo, en Tijuana

Kenia Laborín presentando al Dr. Julián Beltrán en el XI Encuentro Regional de Literatura en UABC, Tijuana.

La vida es un teatro, la ciudad es el escenario,

dice Julián, y continúa:

Tijuana, escenario del crimen; Culiacán, pista de carreras.

Ciudades hermanas que comparten desplazamientos de muertes y violencia. Julián y nosotros espectadores, a veces lectores y muchas veces participantes en esa obra teatral.

¿Qué hago con esto que sé?,

se pregunta Julián Beltrán. Y ¿qué se hace con todas las imágenes atroces y la sangre que hemos visto en las calles tantas veces?, ¿cómo traspasar a la literatura un testimonio de la barbarie y la terrible violencia que nos rodea todo el tiempo y que presenciamos con normalidad? Normalidad como un mecanismo de protección, de defensa. Julián nos demuestra que es posible, “Escritura del dolor, del horror”.

Un lector, no un escritor, es quien escribe aquí.

Tal vez porque se traslada en su escritura desde adentro de la violencia y a veces desde afuera para no morir. 

*Kenia Laborín es estudiante de Lengua y literatura de Hispanoamérica. Colaboradora en el libro “Artesanos de la palabra”2019, co-escritora del libro “Desamores” con el colectivo Cinco Mundos 2022, prologuista del libro “Por si me matas, jódete” 2023. Actualmente es investigadora de la línea de la violencia en Colombia para su tesis de licenciatura.
En busca de encontrarse a sí misma, Kenia se define como una eriza literata. Contradictoria, irremediablemente sensible y sentimental. Amante del arte, la literatura y el lenguaje. Perdida entre libros, café y diarios. Discípula ficticia de Borges y Drexler.

** Julián Beltrán Pérez, nacido en Culiacán, Sinaloa, es profesor investigador de tiempo completo en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales. Es licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Autónoma de Sinaloa, y doctor en Teoría Crítica por el 17, Instituto de Estudios Críticos. Tiene una maestría en Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma de Baja California y explora, desde 2010, la línea de investigación sobre literatura y violencia en el norte de México. Ha presentado sus trabajos en congresos nacionales e internacionales como México, España, Argentina y Colombia, entre otros. Ha publicado sus productos de investigación en libros como, Literatura y discursos del norte de México, (2023); Rara Avis, (2021); literaturas y discursos sobre la violencia en el norte de México, (2021); Personajes, espacios y acciones: Una aproximación literaria y cultural, (2018) entre otros, como parte del Cuerpo Académico «Literatura, discurso e Identidad»; así como en Revistas como La Colmena de la UAEM y COMECSO.

Actualmente es Coordinador de la carrera de Lengua y Literatura de Hispanoamérica y prepara la publicación de su tesis: El palimpsesto, un testimonio sobre la violencia en el norte de México a la luz de la memoria y el olvido.

La ciudad de las promesas: Tijuana entre letras

Alan Alberto Ramos Cortes
Estudiante de Lengua y Literatura de Hispanoamérica en la Universidad Autónoma de Baja California
ramos.alan23@uabc.edu.mx

Comienzo con la cita de la escritora Alicia Esténs al libro de Dostoyevski: “nada en este mundo es más difícil que decir la verdad, nada es más fácil que la adulación”. Con esto quiero dejar en claro que lo que diga aquí es mi más sincera opinión como lector y es el comentario que de verdad ha nacido desde el fondo de mí sobre este libro.

Cuando le compré el libro Tijuana entre letras a la Dra. Liliana Lanz, hace ya unos meses, hubo dos cosas que jamás imaginé. La primera de ellas es que acabaría teniendo la oportunidad de comentarlo en el XI Encuentro Regional de Literatura; y la segunda, que se convertiría en uno de mis libros favoritos.

Ese día le dije a la profesora Liliana, en tono de chiste pero sin mentir en mis palabras, que lo leería mínimo hasta donde saliera ella, pero si era un texto académico aburrido lo dejaría a medias y olvidado en mi estante de textos académicos aburridos que no voy a leer. Mi sorpresa fue grata cuando devoré las primeras 60 páginas durante una mañana de viernes. Bajo el sol que siempre baña la esmeralda de tierra en la que vivimos, me daba el viento fresco que soplaba la Ninfa Calipso y veía el mar en el que vive la Reina Calafia.

El libro, compilado por Juan José Luna, es tan diverso como la ciudad que lleva en su título. Esto lo hace muy digerible de leer y evita que uno se estanque. Cada escritor le da un toque diferente a su relato o cuento. En algunos de ellos se puede ver reflejada de la manera más cruda a Tijuana, como una Tijuana violenta, una Tijuana fea, una Tijuana llena de falsas promesas y desamparo. No exagero al decirles que me dieron ganas de vomitar dos veces al leerlo, porque no siento lo mismo cuando leo una injusticia en una novela que cuando sé que esa injusticia es verídica, que esa injusticia pasó en mi ciudad, a unas calles de mi casa o a la vuelta de mi esquina.

Sin embargo, también hay relatos muy llevaderos y nostálgicos que te cuentan los orígenes de la ciudad y te llevan a caminar por ella. No te imaginas los escenarios; los ves y estas en ellos; saboreas las comidas que nombran, y te hacen acordarte de tus propias historias, de las historias de tus abuelos, de los momentos felices que esta ciudad puede brindar, y ahí dan ganas de llorar.

Estos elementos de crueldad y bondad se juntan en una mezcla heterogénea perfecta, que hace que no te aburras con puro andar paseando por la ciudad o recordando lugares que tal vez no llegaste a conocer. Tampoco te abruman por la crueldad e infortunio que se plasma, porque, seamos sinceros, para leer “puras tristezas” mejor nos aventamos seiscientas hojas de Los miserables. Ir alternando entre estas dos maneras de relatar y ver a Tijuana dan el descanso perfecto entre una y otra, aparte de que dejan picado y a la expectativa de los “chismecitos” que cuentan.

También cabe recalcar que es un libro lleno de datos de nuestra ciudad:cómo se fundó, el nombre de sus calles, sus cimientos económicos, sus colonias, sus leyendas urbanas, etc., etc. Si no conoces muy bien la historia de la tierra en la que vives, es una gran guía para saber más de ella. Se dice que un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetir los mismos errores, y yo creo que Tijuana ya está harta de equivocarse.

Alan Ramos comentando el libro Tijuana entre letras, en compañía de las autoras Liliana Lanz y Rosa Alicia Esténs.

Quiero hacer mención especial a mi tata (abuelo), ya que él fue mi compañero de lectura y verificador de fuentes. Aunque no le leí el libro en voz alta ni se lo presté para que lo leyera, cada vez que leía acerca de un lugar que ya no existe, de un hecho que sucedió antes de que yo naciera, o algo de lo que simplemente quisiera saber si a él le tocó vivir o ver, lo consultaba con él. Esto hizo que me contara sus historias, dónde bailó, dónde vivió, cuando llegó, cómo era la ciudad, a qué vino a ella, entre muchas otras cosas. Si tienen la oportunidad de leerlo junto a su verificador de fuentes personal, es una experiencia que recomiendo enormemente.

El libro da a relucir las características más importantes de Tijuana. Una de ellas es su gente, que se plasma desde las semblanzas de los escritores. Tijuana es un bosque lleno de árboles cuyas raíces son muy largas, tan largas que están en otras tierras, pero no florecieron en otro lugar más que en este. La mayoría de los escritores de este libro no nacieron aquí. Ni siquiera yo nací aquí (aunque tampoco vengo de tan lejos, soy de aquí al ladito, de Rosarito). Venimos de otro lugar de la República; pero, adivinen qué: somos cien por ciento tijuanenses. Tijuana es una representación de México a escala pequeña; México es una olla de capirotada, y Tijuana es el platito que sirvieron más reportado de ella. Una mezcla gigante de culturas, raíces y lenguas diferentes.

Hablando de lenguaje, en el libro se utiliza una jerga totalmente tijuanense; esto me hizo sentir como si platicara con un amigo. No tuve que esforzarme en comprender porque soy de aquí; pero no te preocupes si ese no es tu caso, los escritores te explicarán con claridad cada modismo que utilizamos en este rancho.

Juan José Luna dedicando el ejemplar de Alan Ramos.

Profundizaré en algunos relatos, pero de manera resumida porque siento que ya me extendí mucho. Cada escritor plasma algo diferente de Tijuana en sus  capítulos. Rosa Alicia, en su texto “Bibliotecando”, nos muestra cómo, a pesar de que pareciera que somos gente egoísta y separada desde nuestro lugar de origen, compartimos el sentido de la unión como pueblo, porque todos estamos buscando algo en esta ciudad, y ya estamos cansados de las injusticias que nos quitan lo poco que tenemos. Así nos hagamos chistes locales acerca de dónde vienen nuestras familias, en qué colonia vivimos o en qué escuela estudiamos; cuando nos subimos al mismo taxi de ruta, cuando compartimos aula, cuando bailamos en el mismo antro, cuando comemos en los mismos tacos, cuando luchamos por la misma inconformidad, TODOS somos tijuanenses.

El cuento “Foxplorations” de Liliana Lanz nos muestra lo bonito y lo malo de Tijuana, cómo ésta puede ser el suave almohadón de sueños, las cálidas cobijas de la esperanza y el cómodo colchón de las promesas o el frío catre de la desilusión, el profundo hoyo de la realidad y la callada tumba del olvido. Aunque, la verdad, en su relato predomina la esperanza y, mientras Tijuana te dé esperanza, seguirás aquí por las posibilidades de que te cumpla todas sus promesas.

A Juan José Luna, quisiera responderle una pregunta que nos plantea en su texto “Otra vez Tijuana”: ¿se puede sentir nostalgia a los 18 años? En mi opinión, que no es la verdad absoluta: sí, claro que se puede, porque la nostalgia es la prueba de que hemos vivido, y a mis 21 años de edad, soy un nostálgico empedernido. Al leer su texto me di cuenta de que es un muy buen ejemplo de tijuanense y estoy seguro de que más de uno se sentirá identificado contigo (como yo). Llegaste sin rumbo aparente, buscando algo sin saber con exactitud el qué, tomaste agua de la Presa y ya no te pudiste ir, y Tijuana te cumplió sus promesas, lo cual, de verdad, me da mucha alegría.

Mi más sincera opinión y mi comentario final acerca de la obra es que es un libro que todo el que viva aquí debería de leer, así lleves más de 50 años como mi abuelo, nacieras aquí como mi mamá, estés forjándote aquí como yo, o acabes de llegar de otro lugar. Porque en este libro podrás encontrar tus memorias, podrás aprender de tu ciudad o podrás conocer tu nuevo hogar, todo esto gracias a que los escritores de verdad lograron encerrar a “Tijuana entre letras”.


*Tijuana entre letras es un libro compilado por Juan José Luna con relatos de Luis Rubén Rodríguez, Martha Antillón, Rosa Alicia Esténs, Enrique Briseño López, Liliana Lanz Vallejo, Luis Manuel Reza, Alejandro Fregoso, Lorena Santana Serrano y Juan José Luna. Disponible aquí: https://www.amazon.com.mx/Tijuana-entre-letras-Spanish-Juan/dp/B0CST5KJX3 y en la librería El Día de Zona Río, Tijuana.

**Alan Alberto Ramos Cortes es un joven originario de Playas de Rosarito, Baja California. Con 21 años de edad, cursa el quinto semestre en la carrera de Lengua y Literatura de Hispanoamérica y se considera un soñador más de Tijuana.

Nadie se lo dijo al abejorro, de Ivette Landeros

Nadie se lo dijo al abejorro es el segundo libro de Ivette Landeros, una escritora de Tijuana, Baja California, México. Es un buen uplifting, feel-good book de lectura ligera y rápida que se escapa de ser etiquetado como novela y que cae más bien en la categoría de relato autobiográfico. En él, Ivette narra la travesía que tuvo como autora para publicar y promover su primera novela, Sofía 26. Es un relato personal, íntimo y franco de lo que fue para ella dedicarse a la escritura 100% y vivir de vender libros, por al menos un año.

El título de Nadie se lo dijo al abejorro alude a una cita de Paulina Readi Jofré en la que dice que el abejorro no está físicamente diseñado para volar, dado el gran tamaño de su cabeza que no es debidamente compensado con el tamaño de sus alas; no obstante, el abejorro vuela. La figura del abejorro sirve como símil para ilustrar cómo a Ivette nadie le dijo que es imposible vivir de los sueños y, sobre todo, imposible vivir de la escritura; no obstante, ella lo hizo: expandió sus alas y saltó hacia el sueño de vivir de lo que la apasiona, con prácticamente cero preparación en el ámbito editorial y en la venta de libro, abandonando la seguridad económica que le proporcionaba su trabajo de Recursos Humanos en una maquila de la ciudad.

Sin embargo, me atrevo a sugerir que todo mundo se lo dijo al abejorro, pero este no tenía oídos para escucharlo.

Hay varios aspectos interesantes a rescatar de este relato autobiográfico, máxime si eres una persona con aspiraciones a escribir y vivir de tu escritura. *A partir de este punto, haré un pequeño salto interpretativo y me atreveré a hablar de Ivette Landeros como si ella fuera personaje de una novela y no como persona protagonista de su propia vida que comparte a sus lectores, para evitar, por un lado, que yo reprima mi verdadera percepción sobre el relato y, por otro lado, ofender a la escritora como persona que, al compartir las partes más íntimas de su experiencia y sentir, queda vulnerable precisamente a la opinión pública*.

Ivette romantiza absolutamente todo lo que le pasa. Los momentos más sencillos la conmueven «hasta las lágrimas» y las frustraciones más sencillas la hacen sufrir ataques de ansiedad. Pero eso es quizá lo que convierte a este libro en un relato motivador e inspirador: su personaje tiene todo un arco en el que crece, cambia y se da cuenta de sus fallos y de cómo salir del atolladero en el que ella misma se puso. Y es que, en verdad, no se puede y no se debe vivir de la escritura.

Pero todo mundo se lo dijo.

Si bien el personaje atravesó por muchas dificultades, el reto más difícil que tuvo, en cuanto a la escritura misma, fue el hecho de que todos sus conocidos, amigos y familiares le reiteraban que debía regresar a trabajar, que debía asegurarse un ingreso seguro. Entiendo (yo también lo he sentido múltiples veces) que decir eso implica que escribir no es trabajo. Y sí lo es. Es mucho trabajo. Entiendo también que es como decir que el dinero que se gana escribiendo no es tanto ni tan enriquecedor como el dinero que se gana haciendo cualquier otra actividad productiva. Y esto también es cierto. Enriquece el corazón, pero la cartera, difícilmente. Entonces sé muy bien cómo Ivette pudo hacer oídos sordos durante todo ese tiempo. Sentir que nadie se lo dijo al abejorro a pesar de que nadie se lo dejaba de decir al abejorro. Son las paradojas de la vida en que no importa que la información esté ahí, se ignora si no se está preparado para recibirla.

Ivette siempre tuvo una red de apoyo hermosa y asombrosa que, aunque describe, le falta reconocer explícitamente. Su familia, sus amigos, hasta sus compañeros de trabajo, todos colaboraron y la apoyaron para que todo le saliera bien. Ninguno le metió el pie, ninguno criticó sus libros, ninguno dejó de ir a sus presentaciones. Ya desde ahí, eso es loable. Hay familias que no hacen eso. Hay círculos de amigos y colegas que, definitivamente, NO hacen eso. Al contrario, hay familias y círculos que hacen todo lo posible, ya no por evitar que el escritor viva de sus libros, sino por evitar que siquiera escriba, que siquiera se exprese.

Los comentarios sobre su situación económica eran una disonancia para Ivette y ella, aunque le molestaban, hacía como si no aplicaran para ella. Este es uno de los rasgos más interesantes de su personaje y uno de los que más disfruté. La misma Isabel Allende se lo dijo directamente: «no renuncies a tu trabajo para escribir novelas», e Ivette, en su forma de pensar completamente emprendedora y demi-empresarial, la ignoró pensando que ella sí lo iba a lograr si tan solo hiciera una fan base a costa de enriquecer sus redes sociales y convertirse en su propia community manager. Y lo mejor: ¡casi lo logra! La recepción que tuvo su primera novela, llevarla a FENALEM, a la FIL de Guadalajara, no es cualquier cosa. Y es precisamente por haberse dedicado de lleno a ello que llega tan lejos y tan rápido en primer lugar. Esta es la primera lección del libro y lo más inspirador de su experiencia.

Al mismo tiempo, es lo que la hace admirable, tanto a Ivette como a su experiencia como escritora. Ella es un personaje frágil, propenso a la ansiedad, vaya, no diseñado para aguantar el ojo público. Y del ojo público tiene que vivir el escritor, si no, ¿para quién escribe? Por otro lado, si el personaje tuvo tanta curva de aprendizaje, tantos obstáculos para sentarse a escribir, tantas dudas de sí mismo, tanta angustia, siendo que estaba para dedicarse a la escritura de tiempo completo, ¿qué esperanzas hay entonces para los que no lo abandonamos todo para escribir? En otras palabras, si escribir fue difícil para alguien en esas condiciones, pues por supuesto que habrá de serlo para todos los demás. Eso da esperanzas. Escribir ES difícil, tanto en las más idílicas como en las más complicadas circunstancias. Escribir carcome nuestra psique primero, antes de liberarla después mediante las letras.

De hecho, el libro constantemente rescata el valor de la experiencia propia y cómo esta tiene el potencial de inspirar a alguien más, como si se tratara de una cadena de favores. Ella se inspiró de autores, y ella con su escritura inspira a otros a escribir como ella. He ahí otro elemento entrañable de este libro.

Pero, hay otra cosa muy importante que vale la pena rescatar, y esto es algo que no todo escritor conoce ni aprecia. De hecho, son una escasa minoría, precisamente como Ivette, quienes lo hacen.

El escritor no debe vivir de escribir, sino de vender, e Ivette eso lo tuvo claro desde el principio. Y si no se pretende hacer así y verdaderamente vivir de escribir, se requiere un agente, un representante, un mecenas; mínimo, un intermediario. Paradójicamente, al decidir abandonar su trabajo en la maquila para emprender en la escritura (y esa es la palabra clave, «emprender»), ella se estaba separando de la lógica capitalista-mercantil de tener que hacer dinero de un trabajo cobijado por una empresa para dar el salto hacia la idea de generar valor a partir del arte, el verdadero amor al arte. Lo mejor de esto es que ella no hizo ese salto desde una lógica anticapitalista ni anti-mercantil. Al contrario, su visión de empresaria no la abandonó nunca. Y eso es lo que necesitan todos los escritores y que, a la fecha, no lo tienen.

Aludo, ahora sí, a una experiencia personal. He conocido a muchos escritores a lo largo de los años. He conocido, sobre todo, a escritores que son académicos en universidades, escritores que han ganado becas, concursos nacionales e internacionales. Estos son escritores que tienen más recursos, porque no suelen financiar sus libros por sí mismos (como lo hizo Ivette), sino que se dedican a escribir, y una institución gubernamental, educativa o editorial se encarga de publicar sus libros, sin que ellos pongan sus ingresos en juego. En esa clase de dinámicas, el negocio es redondo. El apoyo que reciben sirve para pagar a la editorial, pero esta luego no hace mucho por distribuir ni promover los libros, porque el dinero que pretendía ganar ya lo obtuvo con el apoyo y no espera ganar mucho a partir de su venta. La editorial y las instituciones tienen la expectativa de que será el autor quien se encargará de promocionar, posicionar y distribuir sus libros para generar sus propias ventas y ganarse sus propios lectores, solo que esto no sucede así.

En las ocasiones que he platicado con escritores como los que mencioné, y debo aclarar que estos son escritores seriales –tienen mitad de docenas o docenas de libros en su haber–, todos señalan que lo que más detestan «de escribir» es sentirse obligados por las editoriales e instituciones, o haber adquirido el compromiso, de tener que hacer presentaciones de libros y entrevistas para venderlos. En otras palabras, disfrutan escribir y procuran escribir y publicar, pero no disfrutan ni destinan el tiempo para vender y promocionar sus libros. Es, en otras palabras, el aspecto más descuidado del ciclo de vivir de escribir es promocionar y vender.

Hace tres semanas, personal del Centro Cultural Tijuana colocó mesas debajo del puente peatonal frente a la Universidad Autónoma de Baja California y se puso a regalar libros de manera ilimitada a quienes estuvieran dispuestos a aceptarlos. Estudiantes de la carrera de Lengua y Literatura llegaron a sus clases cargando entre 10 y 15 libros cada uno. Eran libros en excelentes condiciones, nuevos, algunos de pasta dura y en ediciones bellísimas de lujo. Al acercarme a ver los títulos que los estudiantes habían escogido, noté con sorpresa que todos los libros que les habían ofrecido eran obras de autores locales, precisamente mis colegas, quienes habían ganado premios estatales, becas y subsidios de gobierno para dedicarse a escribir. Había libros hasta de uno de los Juan Josés que Ivette menciona en su relato autobiográfico como uno de sus grandes maestros.

¿Qué pasa con los libros de escritores que no emprenden o que no se dedican a vender y promocionar sus propios libros como lo hizo Ivette desde su intuición y experiencia como emprendedora? Llenan los almacenes de centros culturales y librerías hasta que estos deben abrir espacio para recibir más libros y terminan siendo, en el peor de los casos, tirados a la basura o, en el mejor de los casos, regalados a estudiantes de Lengua y Literatura quienes sueñan ellos mismos en vivir de su escritura una vez que egresen de la carrera, con la formación que Ivette careció, pero sin el colmillo que ella tuvo para ser escritora independiente.

En ese mejor de los casos, se cierra un ciclo hermoso, donde las experiencias de unos son la inspiración de otros. Quizá nadie se los diga tampoco, que sueñan a partir de lo que fueron los sueños de otros, pero esos abejorros volarán.

*Nadie se lo dijo al abejorro, de Ivette Landeros, se consigue en https://www.amazon.com.mx/Nadie-dijo-abejorro-Ivette-Landeros-ebook/dp/B0C69CFC6B y en https://ivettelanderos.com/producto/nadieselodijoalabejorromx/

Mixed feelings en Tijuana: O de los espejos que nadie quiere ver

Mariana Martínez Esténs


Mixed feelings en Tijuana: Bilingüismo, sentimiento y consumo transfronterizo está disponible como libro impreso en las Librerías UABC, y como ebook en esta liga. También lo puedes conseguir directamente con la autora, comunicándote con ella por Messenger.

Nadie escribe su tesis para ser leída. La sabiduría popular nos dice que es un trámite, que es un bodrio y que no la va a leer ni la abuelita más amorosa, por más porras y flores que te dé, ya con la toga puesta.

Como dijo el pollito, “Se tenía que decir, y se dijo”.

Pero bueno, yo vengo a decirles que este libro —cuyo origen es una tesis— no es un bodrio infumable, es lo contrario —y tuve suerte, porque me comprometí a presentarlo sin haberlo leído, que, “note to self”, es un grave error—.

Por suerte, este libro es una observación aguda, minuciosa, sostenida, desde una mirada que se viste de mucha academia y notas al pie, pero que tiene el corazón del más puro ejercicio de tijereo, digo, de people-watching,digo… de etnografía virtual: es un observar a los otros y sus mundos con curiosidad, para luego tejer lo visto vinculándolo a nuestro propio habitus de Bourdieu, si es que queremos ponernos así de bien payasas.

Luego entonces, Mixed feelings es un libro que me atraviesa; me atraviesa de manera personal por ser una posterchild de los 80s tijuanense, educada por la televisión abierta de Sesame Street y los Power Rangers; por mi infancia playona en la que los canales en español eran bloqueados por los cerros grandes y la neblina costera. Ahora entiendo que también fueron bloqueados quizás por las creencias-experiencias de la clase media tijuanense de que los niños absorben el inglés por ósmosis, viendo las caricaturas. Soy el resultado del “ponle Duck Tales y dale Kool-aid del purple dinosaur, y con eso”.

Playas de Tijuana

Y digo, sí funcionó, porque soy intérprete simultánea certificada por UCSD y mi vida laboral empezó traduciendo para misioneros gringos, vendiendo puros cubanos, y hoy en día hago algo de eso mismo, en el ámbito de la tecnología. Mi vida profesional ha requerido de una plasticidad de contorsionista y un manejo translingüe transcultural, feroz.

¿A dónde se asoma Lilí y desde dónde observa?

Pues, Lilí toma la iniciativa sorprendente de asomarse a la vitrina más obvia, el escaparate de las vanidades más transparente que tenemos: el Facebook que, con nuestros estados e interacciones, es nuestro ejercicio diario, más performativo de la lengua. Es el lugar donde escribimos como hablamos, como pensamos, las netas de nuestros planetas…or so we feel so.

Lilí se lanza entonces a observar a 56 personas, la mitad de ellas desconocida pero friends of her friends. A lo largo de dos años va peinando sus estados, 1,548 publicaciones en las que se usa una mezcla de español con inglés. Ahí Lilí observa y documenta el capitalismo del Me gusta, la sed de likes, el capitalismo de las emociones, del Me gusta-te acompaño-te amo-me pone triste-me enoja. Ahí es donde se venden significativos. Mercancías emocionales que nosotros generamos (obreros sin sueldo, entretenidos, narcisos embelesados por nuestra propia imagen reflejada). Esas emociones expresadas se vuelven la mercancía emocional para informar al algoritmo y que nos vuelvan a vender lo que queremos que nos vendan, o lo que creemos que queremos que nos vendan. Y así se nos va haciendo el mundo, endogámico, miope y chiquito, chiquito, chiquitito. El sentir y su expresión son bienes comercializados y utilizados de formas que todavía no alcanzamos a dimensionar, y quizás no lo haremos, porque un lugar como FB se ha vuelto un espacio vital, donde es secundario el hecho de que sea un greenhouse para los datos y el caldo de cultivo para la manipulación de darnos lo que creemos que queremos. Read that again.

Luego del análisis de FB, Lilí complementa con una encuesta y una entrevista que contrasta y aclara muchísimo. Esta aproximación me parece novedosa y brillante. Me da mucho alivio que Lilí no se haya ido a la lejanía de lo rural, de lo indigenista, de lo más foráneo, de la otredad más burda. El libro analiza lo que está a la mano, su propio entorno, su low-hanging-fruit es ella misma a través de observar a sus pares. El ejercicio es valiente en la manera en que sus conclusiones son sobre el propio grupo al que ella pertenece y es valioso porque deja ver una identidad tijuanense cuyos lados obscuros no hemos querido ver.

La parte del análisis del libro, que es la más sabrosa, me transportó a mis early-20s llevando a mis tías —ricas, regias— al otro lado. Yo manejaba el carro prestado por mi mamá, lleno de tías emocionadas. Las llevaba a Sacks 5th avenue y a la Nordstrom de Fashion Valley a comprarse cremas Clarins, perfumes, bolsas y vestidos elegantes. Mi propina, además de la invitada a comer, eran todas las muestras de esas cremas caras de señora, una práctica iniciática que ahora se traduce a mis propios consumos que hoy son, claramente, de “cremas caras de señora”.

Pasé tardes enteras observando a mis tías en esos cuartos de espejos completos en donde nadie quiere verse —pero debería—, esos espejos de tres lados iluminados como vitrinas y rodeados de crueles focos amarillos, perfectos para descubrir nuestros defectos en toda su gloria.
Pues así es la parte de análisis de este libro: es hora de ver cómo se nos ven las nalgas en ese vestido de la Nordstrom.

Consíguelo en las Librerías UABC, en la página de la editorial McGraw Hill o directamente con la autora.

Y así nos va, querides tijuanenses, así nos va:

Lilí nos cuenta que los tijuanenses que hablamos inglés, fronterizos, transfronterizos, de doble nacionalidad, con visa, sentri o emigrados, clasemedieros y medianamente educados, somos, en resumen, aspiracionales y fantoches. Somos un poco Tjmaxers, un poco swapmeeteros, pero siempre cuidando la dignidad, pidiendo los tesoros encontrados en la bolsa oscura, para que no se note de dónde salieron ni ese vestido Balenciaga ni los tenis Tommy. Somos además, mucho menos igualitarios de lo que nos narramos y, en muchos casos, vamos irguiendo fronteras quizás más veladas que las chilangas o tapatías, pero no menos firmes, por pertenecer al territorio sutil y simbólico de la lengua. Valoramos hablar inglés como una garantía de movilidad social que no se cumple. El ser monolingüe es ser analfabeta. No saber inglés es un sin-sentido y una razón de desprecio que nos desespera y nos confunde, I mean, why would anyone not speak English viviendo en la frontera, la neta?

Pues yo cruzo a USA como gringa y a México como Tijuanera, una que es adaptable pues…

No solo es valioso el inglés; incluso ponemos el ojo en la variante de inglés que se habla y vemos como inferior al “pocho” sin darnos cuenta de que con esa insistencia se queda gente en el limbo de estar al filo de dos culturas todo el fukin tiempo.

Mamá, verdad que ¿no todas las fronteras son la misma frontera?

Mitad Norteña, mitad West Coast, full Chingona

Lilí descubre a tijuanenses llamando al inglés “el wild card de cuando juegas UNO” y burlarse de “los deportados” (cuyo origen es cuestionado, marginalizado y racializado hasta el cansancio) cuando siguen hablando inglés en el transporte público en Tijuana “creyendo que van en Trolley”.

Si estoy hablando con una persona gringa gringa gringa entonces todo en inglés, pero si estoy hablando con un half-and-half pues ahí si puede ser revuelto, no?

Hay que admirar lo gringo, pero no demasiado. Nos da movilidad ser white-passing (exhibit A) pero el discurso dominante es que solo consumimos en San Diego por ser más barato, por ser más accesible, por tener mejores ofertas; pero si hubiera buena ropa aquí, buenas movies aquí, entonces quizás podríamos consumir aquí:

Por fin dejaríamos de cruzar, que es además una fuente de angustia terrible.

No hay fronteridad feliz: el cruzar en cualquier sentido es una fuente de angustia y ambigüedad.

Mi hermana fue así como que “ha, el español no importa, solo aprenderé inglés” y ahorita mi hermana, por ejemplo, vive en una crisis de identidad bien intensa porque es así toda chicano-power pero… mi hermana a veces no habla bien ni el español ni el inglés, y bueno, mi hermana así lo ve, como que le arrancaron el águila del pecho.

Tejemos nuestros recuerdos y nuestros quereres en lo ajeno: nos da nostalgia el cierre de La Toys, nos da antojo del In-and-out y durante la pandemia hubo tráfico masivo de órdenes del Panda Express.

Es de madre geek guardar el first badge de ComicCon de su hijo.

Ganar en dólares y gastar en pesos, o mejor aún, ganar en dólares estando en México, es el Tijuana-dream por antonomasia, El sueño no es vivir en San Diego, sino vivir como en San Diego, pero en Tijuana, porque no nos alcanzaría para vivir en San Diego como nos gusta, nos imaginamos y nos creemos merecer NUNCA.

Güey, que alguien nos diga que ni a ellos les alcanza para ese lifesyle, pero bueno.

El sueño entonces es claramente materializado en New City, donde a pasitos de la frontera a los gringos les venden sus propias fantasías y necesidades en forma de banda gástrica, levantamiento de glúteos y regeneración del himen. El sueño se cumple para algunos lucky few al volverse Mexicans más chingones que el resto, por vivir de los gringos y no al revés. Success y comiendo tacos, pues.

Haré una pausa aquí para que nos caiga colectivamente el veinte de cómo se nos ven las nalgas en este three way mirror del terror: El billete verde es nuestra religión.

Acá entre nos, prefiero flippear hamburgesas en el otro lado por mis 9 dolaritos la hora, que dar clases en una institución de gente nice cuyo rango de pago es de 75 a 140 pesos la hora, según la categoría en la que caigas. Tener lana en el banco es mi color de identidá.

Ta feo, pero es verdad. Porque nuestro consumismo y aspiraciones inalcanzables en el régimen del capitalismo del sentir nos dejan con una gran necesidad de defender a México, de querer a México y luego serle infiel al cruzar la frontera y sentir el alivio de ganar dólares, del escape del orden y de los easy returns y el customer service, seguido de la angustia de la no pertenencia, de la sospecha, de que se nos note el acento como cenicientas lingüísticas que tienen miedo de que suene el reloj a medianoche. Y, entonces, lo que sigue es la fuga de volver a Tijuana, valorando a lo gringo pero no demasiado porque eso sería traición a sepa-qué-imaginario de pertenencia a un México que nos mira con sospecha y un poco de razón.

Y remato con una cita en el libro de Lilí, de mi querida amiga Rihan Reh que es otro knock out sobre Tijuana y nuestras lógicas inconscientes: “Pesos are feminized and dollars masculinized, and Mexico as a whole appears as the domestic sphere alongside the US’s public sphere of labor”.

Mariana Martínez Esténs es escritora, primero, por ser periodista de experiencia de 20 años cubriendo la región fronteriza de Tijuana-San Diego; y, segundo, por ser autora del libro Inside people: Historias desde la reclusión. Actualmente es intérprete y trabaja en el área de la tecnología. Además ha sido productora de campo para Vice ID London, Netflix, BuzzFeed, NBC, Discovery Science, BBC, Nature, Nat Geo y Al-Jazeera. Antes de su trabajo en documentales, fue directora de Noticias de Milenio Radio Baja California, reportera de cámara para Telemundo 33 y Univisión San Diego; fue colaboradora de Associated Press durante 8 años.

¿Y los calzones?

Liliana Lanz Vallejo
lanz.liliana@uabc.edu.mx

—Maaaaaaa ¡¿dónde están mis calzones?! ¿A poco todos están en la lavada?

            Esa mañana Carmelita se tuvo que ir a la escuela sin chones. La vergüenza. Cuando regrese, mi hermano me las va a pagar, pensó. Pero Jorge se declaró inocente y su madre no encontró nada que probara lo contrario.

            —Mijita, disimula. No vayas a estar en la escuela chismorreando que en tu casa la ropa interior desaparece como por arte de magia.

            Al día siguiente, la mamá de Carmelita sorprendió a su comadre Hortensia en el centro comercial comprando paquetes de calzones nuevos para sus hijas… para todas sus hijas.

            —Ya no los hacen como antes, ¿verdad? Los elásticos ceden muy rápido.

            En el parque central, los jóvenes merodeaban sospechosamente. Se reunían en grupitos, confrontándose unos a otros sin querer mucho la cosa.

            —¿Qué? ¿Tú qué?

            —¿Te traes algo con mi hermana?

            —Pos no. ¿Tú qué traes?

            No duraban mucho con la faramalla, se les olvidaba y siempre terminaban jugando chútale.

            Fue hasta que tres amigas faltaron a la fiesta de cumpleaños con alberca de Susana, bajo la misma excusa de que habían perdido su traje de baño, cuando la comunidad entera tuvo por seguro lo que sucedía: alguien se había estado robando la ropa interior de las chicas de Ensenada.

            Las amas de casa estaban alarmadísimas, les habían quitado su sospecha tranquilizadora de que tal vez… tal vez sus hijos, o los amigos de sus hijos gozaban de travesuras “inocentes”.

No, no, no, nada de eso. ¡Un intruso había estado entrando en sus casas! ¡Mínimo una noche al mes! ¡Las cosas que podrían pasar! El escándalo, la histeria, el shock. Los padres, ni se diga.

            En el pueblo con aspiraciones de urbe, las muchachas compraban paquetes extras de calzones para esconderlos del Calzonero. Algunas, en la noche de Navidad, dejaron calzones colgando de la chimenea para ver si seguían ahí la mañana siguiente.

            —Escuché que lo vieron corriendo por la Ruíz.

            —Yo supe que Yolanda lo descubrió en el patio de su casa, sumergido en su canasta de ropa sucia.

            Meses después, la celebridad anónima aparecería en los periódicos locales: «El Calzonero es arrestado». La nota: Una persecución de película, dos policías lastimados, una inyección de anestesia, y un joven delgado, de estatura media, que dio un paseo express por la delegación para terminar como residente en un hospital psiquiátrico.           

Hasta la fecha, más de treinta años después del incidente, las psicólogas, psiquiatras y enfermeras del hospital deben ingeniárselas de vez en cuando para disimular que, bajo sus uniformes, no llevan calzones.