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Mixed feelings en Tijuana: O de los espejos que nadie quiere ver

Mariana Martínez Esténs


Mixed feelings en Tijuana: Bilingüismo, sentimiento y consumo transfronterizo está disponible como libro impreso en las Librerías UABC, y como ebook en esta liga. También lo puedes conseguir directamente con la autora, comunicándote con ella por Messenger.

Nadie escribe su tesis para ser leída. La sabiduría popular nos dice que es un trámite, que es un bodrio y que no la va a leer ni la abuelita más amorosa, por más porras y flores que te dé, ya con la toga puesta.

Como dijo el pollito, “Se tenía que decir, y se dijo”.

Pero bueno, yo vengo a decirles que este libro —cuyo origen es una tesis— no es un bodrio infumable, es lo contrario —y tuve suerte, porque me comprometí a presentarlo sin haberlo leído, que, “note to self”, es un grave error—.

Por suerte, este libro es una observación aguda, minuciosa, sostenida, desde una mirada que se viste de mucha academia y notas al pie, pero que tiene el corazón del más puro ejercicio de tijereo, digo, de people-watching,digo… de etnografía virtual: es un observar a los otros y sus mundos con curiosidad, para luego tejer lo visto vinculándolo a nuestro propio habitus de Bourdieu, si es que queremos ponernos así de bien payasas.

Luego entonces, Mixed feelings es un libro que me atraviesa; me atraviesa de manera personal por ser una posterchild de los 80s tijuanense, educada por la televisión abierta de Sesame Street y los Power Rangers; por mi infancia playona en la que los canales en español eran bloqueados por los cerros grandes y la neblina costera. Ahora entiendo que también fueron bloqueados quizás por las creencias-experiencias de la clase media tijuanense de que los niños absorben el inglés por ósmosis, viendo las caricaturas. Soy el resultado del “ponle Duck Tales y dale Kool-aid del purple dinosaur, y con eso”.

Playas de Tijuana

Y digo, sí funcionó, porque soy intérprete simultánea certificada por UCSD y mi vida laboral empezó traduciendo para misioneros gringos, vendiendo puros cubanos, y hoy en día hago algo de eso mismo, en el ámbito de la tecnología. Mi vida profesional ha requerido de una plasticidad de contorsionista y un manejo translingüe transcultural, feroz.

¿A dónde se asoma Lilí y desde dónde observa?

Pues, Lilí toma la iniciativa sorprendente de asomarse a la vitrina más obvia, el escaparate de las vanidades más transparente que tenemos: el Facebook que, con nuestros estados e interacciones, es nuestro ejercicio diario, más performativo de la lengua. Es el lugar donde escribimos como hablamos, como pensamos, las netas de nuestros planetas…or so we feel so.

Lilí se lanza entonces a observar a 56 personas, la mitad de ellas desconocida pero friends of her friends. A lo largo de dos años va peinando sus estados, 1,548 publicaciones en las que se usa una mezcla de español con inglés. Ahí Lilí observa y documenta el capitalismo del Me gusta, la sed de likes, el capitalismo de las emociones, del Me gusta-te acompaño-te amo-me pone triste-me enoja. Ahí es donde se venden significativos. Mercancías emocionales que nosotros generamos (obreros sin sueldo, entretenidos, narcisos embelesados por nuestra propia imagen reflejada). Esas emociones expresadas se vuelven la mercancía emocional para informar al algoritmo y que nos vuelvan a vender lo que queremos que nos vendan, o lo que creemos que queremos que nos vendan. Y así se nos va haciendo el mundo, endogámico, miope y chiquito, chiquito, chiquitito. El sentir y su expresión son bienes comercializados y utilizados de formas que todavía no alcanzamos a dimensionar, y quizás no lo haremos, porque un lugar como FB se ha vuelto un espacio vital, donde es secundario el hecho de que sea un greenhouse para los datos y el caldo de cultivo para la manipulación de darnos lo que creemos que queremos. Read that again.

Luego del análisis de FB, Lilí complementa con una encuesta y una entrevista que contrasta y aclara muchísimo. Esta aproximación me parece novedosa y brillante. Me da mucho alivio que Lilí no se haya ido a la lejanía de lo rural, de lo indigenista, de lo más foráneo, de la otredad más burda. El libro analiza lo que está a la mano, su propio entorno, su low-hanging-fruit es ella misma a través de observar a sus pares. El ejercicio es valiente en la manera en que sus conclusiones son sobre el propio grupo al que ella pertenece y es valioso porque deja ver una identidad tijuanense cuyos lados obscuros no hemos querido ver.

La parte del análisis del libro, que es la más sabrosa, me transportó a mis early-20s llevando a mis tías —ricas, regias— al otro lado. Yo manejaba el carro prestado por mi mamá, lleno de tías emocionadas. Las llevaba a Sacks 5th avenue y a la Nordstrom de Fashion Valley a comprarse cremas Clarins, perfumes, bolsas y vestidos elegantes. Mi propina, además de la invitada a comer, eran todas las muestras de esas cremas caras de señora, una práctica iniciática que ahora se traduce a mis propios consumos que hoy son, claramente, de “cremas caras de señora”.

Pasé tardes enteras observando a mis tías en esos cuartos de espejos completos en donde nadie quiere verse —pero debería—, esos espejos de tres lados iluminados como vitrinas y rodeados de crueles focos amarillos, perfectos para descubrir nuestros defectos en toda su gloria.
Pues así es la parte de análisis de este libro: es hora de ver cómo se nos ven las nalgas en ese vestido de la Nordstrom.

Consíguelo en las Librerías UABC, en la página de la editorial McGraw Hill o directamente con la autora.

Y así nos va, querides tijuanenses, así nos va:

Lilí nos cuenta que los tijuanenses que hablamos inglés, fronterizos, transfronterizos, de doble nacionalidad, con visa, sentri o emigrados, clasemedieros y medianamente educados, somos, en resumen, aspiracionales y fantoches. Somos un poco Tjmaxers, un poco swapmeeteros, pero siempre cuidando la dignidad, pidiendo los tesoros encontrados en la bolsa oscura, para que no se note de dónde salieron ni ese vestido Balenciaga ni los tenis Tommy. Somos además, mucho menos igualitarios de lo que nos narramos y, en muchos casos, vamos irguiendo fronteras quizás más veladas que las chilangas o tapatías, pero no menos firmes, por pertenecer al territorio sutil y simbólico de la lengua. Valoramos hablar inglés como una garantía de movilidad social que no se cumple. El ser monolingüe es ser analfabeta. No saber inglés es un sin-sentido y una razón de desprecio que nos desespera y nos confunde, I mean, why would anyone not speak English viviendo en la frontera, la neta?

Pues yo cruzo a USA como gringa y a México como Tijuanera, una que es adaptable pues…

No solo es valioso el inglés; incluso ponemos el ojo en la variante de inglés que se habla y vemos como inferior al “pocho” sin darnos cuenta de que con esa insistencia se queda gente en el limbo de estar al filo de dos culturas todo el fukin tiempo.

Mamá, verdad que ¿no todas las fronteras son la misma frontera?

Mitad Norteña, mitad West Coast, full Chingona

Lilí descubre a tijuanenses llamando al inglés “el wild card de cuando juegas UNO” y burlarse de “los deportados” (cuyo origen es cuestionado, marginalizado y racializado hasta el cansancio) cuando siguen hablando inglés en el transporte público en Tijuana “creyendo que van en Trolley”.

Si estoy hablando con una persona gringa gringa gringa entonces todo en inglés, pero si estoy hablando con un half-and-half pues ahí si puede ser revuelto, no?

Hay que admirar lo gringo, pero no demasiado. Nos da movilidad ser white-passing (exhibit A) pero el discurso dominante es que solo consumimos en San Diego por ser más barato, por ser más accesible, por tener mejores ofertas; pero si hubiera buena ropa aquí, buenas movies aquí, entonces quizás podríamos consumir aquí:

Por fin dejaríamos de cruzar, que es además una fuente de angustia terrible.

No hay fronteridad feliz: el cruzar en cualquier sentido es una fuente de angustia y ambigüedad.

Mi hermana fue así como que “ha, el español no importa, solo aprenderé inglés” y ahorita mi hermana, por ejemplo, vive en una crisis de identidad bien intensa porque es así toda chicano-power pero… mi hermana a veces no habla bien ni el español ni el inglés, y bueno, mi hermana así lo ve, como que le arrancaron el águila del pecho.

Tejemos nuestros recuerdos y nuestros quereres en lo ajeno: nos da nostalgia el cierre de La Toys, nos da antojo del In-and-out y durante la pandemia hubo tráfico masivo de órdenes del Panda Express.

Es de madre geek guardar el first badge de ComicCon de su hijo.

Ganar en dólares y gastar en pesos, o mejor aún, ganar en dólares estando en México, es el Tijuana-dream por antonomasia, El sueño no es vivir en San Diego, sino vivir como en San Diego, pero en Tijuana, porque no nos alcanzaría para vivir en San Diego como nos gusta, nos imaginamos y nos creemos merecer NUNCA.

Güey, que alguien nos diga que ni a ellos les alcanza para ese lifesyle, pero bueno.

El sueño entonces es claramente materializado en New City, donde a pasitos de la frontera a los gringos les venden sus propias fantasías y necesidades en forma de banda gástrica, levantamiento de glúteos y regeneración del himen. El sueño se cumple para algunos lucky few al volverse Mexicans más chingones que el resto, por vivir de los gringos y no al revés. Success y comiendo tacos, pues.

Haré una pausa aquí para que nos caiga colectivamente el veinte de cómo se nos ven las nalgas en este three way mirror del terror: El billete verde es nuestra religión.

Acá entre nos, prefiero flippear hamburgesas en el otro lado por mis 9 dolaritos la hora, que dar clases en una institución de gente nice cuyo rango de pago es de 75 a 140 pesos la hora, según la categoría en la que caigas. Tener lana en el banco es mi color de identidá.

Ta feo, pero es verdad. Porque nuestro consumismo y aspiraciones inalcanzables en el régimen del capitalismo del sentir nos dejan con una gran necesidad de defender a México, de querer a México y luego serle infiel al cruzar la frontera y sentir el alivio de ganar dólares, del escape del orden y de los easy returns y el customer service, seguido de la angustia de la no pertenencia, de la sospecha, de que se nos note el acento como cenicientas lingüísticas que tienen miedo de que suene el reloj a medianoche. Y, entonces, lo que sigue es la fuga de volver a Tijuana, valorando a lo gringo pero no demasiado porque eso sería traición a sepa-qué-imaginario de pertenencia a un México que nos mira con sospecha y un poco de razón.

Y remato con una cita en el libro de Lilí, de mi querida amiga Rihan Reh que es otro knock out sobre Tijuana y nuestras lógicas inconscientes: “Pesos are feminized and dollars masculinized, and Mexico as a whole appears as the domestic sphere alongside the US’s public sphere of labor”.

Mariana Martínez Esténs es escritora, primero, por ser periodista de experiencia de 20 años cubriendo la región fronteriza de Tijuana-San Diego; y, segundo, por ser autora del libro Inside people: Historias desde la reclusión. Actualmente es intérprete y trabaja en el área de la tecnología. Además ha sido productora de campo para Vice ID London, Netflix, BuzzFeed, NBC, Discovery Science, BBC, Nature, Nat Geo y Al-Jazeera. Antes de su trabajo en documentales, fue directora de Noticias de Milenio Radio Baja California, reportera de cámara para Telemundo 33 y Univisión San Diego; fue colaboradora de Associated Press durante 8 años.
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Habla materna: ¿Hace daño hablar “chiqueado” a los niños?

Por más que alguien se resista a «simplificar» su habla y agudizar su tono de voz frente a un bebé, resulta que estamos biológicamente destinados a hacerlo.
Nadie nos enseñó cómo hablarle a los bebés, pero las madres tenemos la carga genética y biológica necesaria para saber cómo hablarle a nuestros críos y así llevarlos a que aprendan a comunicarse para sobrevivir. Instintivamente le hablamos «chiqueado» a los bebés.

Se le llama habla materna, motherese (maternés en español) o baby talk al habla que los padres o cuidadores dirigen a los bebés y niños pequeños. Esta forma de comunicación se distingue por un tono especialmente agudo y una simplificación gramatical de la lengua caracterizada por la predilección de frases y oraciones cortas, el uso de sustantivos concretos en lugar de abstractos o descripciones complejas, la selección de nombres propios y apelativos sobre pronombres, la formulación frecuente de preguntas breves, etc.

Mediante el motherese, el bebé desde que nace va aprendiendo muchos principios de interacción humana que asentarán las bases para su adquisición del lenguaje. Por ejemplo:

  • El bebé aprende a distinguir cuándo le hablan a él y cuándo no. Sabe que cuando las voces de sus cuidadores se hacen agudas, la interacción está dirigida hacia él y presta más atención.
  • Poco a poco, el bebé empieza a reconocer también lo que son los turnos de habla. Comienza a notar que, después de que se le dirige una cadena de sonidos con una entonación ascendente al final (las preguntas en el español, por ejemplo), se destina un momento de silencio para esperar una reacción de su parte. Así él empieza a entender que existe la expectativa de que él también participe activamente en la interacción.
  • Otra tarea muy importante que lleva a cabo el bebé mediante el motherese es la toma de estadísticas de los sonidos de la lengua de sus cuidadores. Naturalmente, ningún bebe nace sabiendo cuál es la lengua (de las más de 7 mil que existen en el mundo) que está destinado social y geográficamente a aprender. Por eso mismo, el bebé recién nacido es capaz de discernir todos los sonidos de cualquier lengua, pues todavía no está condicionado a preferir unos sonidos sobre otros. El bebé pudiera tener a su mamá hablándole en español, a su papá hablándole en inglés, a su hermano en francés y su niñera en alemán (por poner un ejemplo drástico), y él se dedicaría a tomar estadísticas de cada lengua, y, al poco tiempo, sabría perfectamente identificar cuál es cuál y relacionarla con la persona que la habla. ¿Cómo hacen esto los bebés? Cada vez que alguien les habla, especialmente la mamá, el bebé se fija en cuáles son los sonidos más frecuentes y dónde se encuentran estos en la cadena hablada con base en la entonación y las pausas. A esto se le llama aprendizaje estadístico. Este trabajo lo desarrolla todo el tiempo, desde que nace, de manera que, antes de haber cumplido su primer año, ya reconoce los sonidos de su lengua materna… pero ya no presta atención ni distingue tan fácilmente los sonidos de cualquier otra lengua. Hasta entonces el bebé ya fue predispuesto, socialmente hablando, a preferir la lengua que le es más familiar que cualquier otra.

Disponible para terapias psicológicas en línea.

De esto se deduce que entre más se le hable al niño, mejor estimulación tendrá y más rápido podrá adquirir estos conocimientos.

Algo desaconsejable, sin embargo, es que una misma persona acostumbre a hablarle al bebé en 2 o más lenguas diferentes de manera arbitraria, pues esto dificulta su toma de estadísticas y le evita aprender contextos diferentes de interacción.

Entonces, ¿le hacemos daño a los bebés cuando les hablamos en motherese? No, pero… podría llegar un punto en el que sí.

Tal como estamos biológicamente programados para hablar motherese a los bebés, también lo estamos para ir aumentando la complejidad de nuestro habla según los avances que vaya mostrando el niño en su adquisición de la lengua. De forma inconsciente los adultos adaptan su motherese al habla del niño, y así, juntos, papás e hijos van colaborando en esta proeza que es el aprender a comunicarse e interactuar en sociedad.

Si uno de los cuidadores fallara en este gradual aumento de la complejidad de su habla hacia el niño, a este último le estarán faltando los estímulos apropiados para que siga avanzando en el desarrollo de su lenguaje. Un problema así podría ser notorio a partir de los dos años de edad del niño.

Antes de concluir, quiero hacer una aclaración. El motherese NO consiste en imitar al niño. O sea, si el bebé le dice «tete» a la leche, hablar motherese no es llamarle «tete» a la leche. El bebé produce la palabra «tete» a partir de escuchar frecuentemente la palabra «leche». Si uno le empieza a hablar de «tete», el niño se confunde porque asume que está escuchando una palabra nueva. Si llega a pensar que «tete» y «leche» son sinónimos y formas igualmente aceptables de la palabra, dejará de esforzarse por decir «leche» bien por un «pequeño» malentendido.

El motherese es una gran herramienta, entre muchas otras más no discutidas aquí, de las que se vale el niño para aprender, no solo a hablar, sino a interactuar y vivir en sociedad. Podemos estar tranquilos sabiendo que nuestra forma anormalmente aguda y simplificada de hablarle a nuestros niños no es una excentricidad, sino un mecanismo biológicamente programado que instintivamente usamos para consentir, amar y ayudar a nuestros hijos en su desarrollo.

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Kerigma

—Eres una basura demoniaca de la humanidad —me gritó mi madre, con furia, la primera vez que le dije que ya no quería ir a misa cada domingo.

          La frase es épica. Una hipérbole en diversos planos.

Por un lado, mi madre me consideraba una basura: algo malo y, sobre todo, desechable. El desprecio en ese primer sustantivo era evidente. Luego, y quizá lo más importante en ese contexto, era demoniaca. Atentaba contra Dios y contra todos los sistemas de creencias que ella y mi padre habían procurado inculcarme durante mis 15 años de vida, por rechazar a Dios al negarme a ir a su casa, la iglesia. Y por último, la nota de mayor contundencia en la frase, todo lo anterior lo era “de la humanidad”. No era una basura demoníaca de mi colonia, de Tijuana ni de México. Lo mío superaba incluso las fronteras internacionales. Lo que yo había dicho —que ya no quería ir a la iglesia— atentaba contra Dios, con mayúscula. El DIOS aceptado y alabado por toda la humanidad, sin duda alguna.

De ahí lo increíble que debió ser su indignación cuando, cual hija poseída por demonios que escupe fuego por la boca, musité aquello. Ante sus ojos, yo era lo peor posible que se podía ser: una atea, una negacionista de Dios. Yo, su propia hija.

          Había asistido al catecismo desde los seis años. Me sabía la Biblia y la lógica católica de cómo se supone que se creó el mundo, cómo llegó a ser lo que es ahora y cómo lo será en el fin de los tiempos. El padrenuestro, el gloria-gloria, el credo; vaya, podía declamar la rutina de la misa con la misma fidelidad con que declamaba la secuencia completa de la película del Rey León en mis tiempos de ocio. Tal era mi dominio de la teoría que no tardé en ser promovida a catequista yo también. A los doce años, con libros didácticos católicos en mano, impartí lecciones sobre la creación del mundo en siete días y el Arca de Noé a niños pequeños, más impacientes por salir a jugar en la salida que por entrar al Reino de los Cielos.

El catolicismo, para mi familia y la comunidad en que vivía, era el sentido común y punto. Yo, con esto que ahora decía, me acercaba al disparate y a la barbarie. Pero, en verdad, a pesar de mi escepticismo, lo único que quería era encajar. Por eso nunca me resistí a la secuencia de retiros espirituales a los que mis padres me inscribieron ese año.

El primero fue uno express, de tan solo unas horas, en una iglesita de Tecate que estaba escondida entre dos montañas verdes con olor a musgo en medio de la nada. Ahora que lo veo en retrospectiva, ese retiro fue el mejor de todos. En él literalmente nos apartaron de nuestra cotidianidad para dejarnos solos con nuestras reflexiones profundas sobre Dios.

En el camión íbamos Rubén, Gustavo, José y yo. A los otros no los conocía, aunque tampoco éramos muchos. Por alguna extraña razón, yo solía ser la única mujer en ese tipo de eventos. Rubén me caía súper bien. Era moreno, de estatura baja, cabello negro lacio en un corte que le cubría la frente y parte de sus ojos. Su imagen daba un aspecto lúgubre que contrastaba con su personalidad, alegre, extrovertida y sensible. Sus manierismos eran delicados. Al hablar movía sus manos como si acompañaran una melodía que nadie podía escuchar más que él. Sus uñas largas y cuidadas, aunadas a su barbilla afilada y nariz delgada, le daban un ligero aire de feminidad que me llamaba la atención sin saber por qué.

Nuestros padres eran miembros del Movimiento Familiar Cristiano, una organización cuyo nombre no necesita explicación más que provenía de la Iglesia Católica y no de la cristiana. Yo siempre pensé que por eso él estaba ahí, porque a nuestros padres les habían ofrecido las mismas “oportunidades” de retiros y eventos católicos para sus hijos, y ellos, como corderos de rebaño, aceptaron.

No recuerdo en qué reunión del MFC nos conocimos, pero Rubén fue amable conmigo desde el primer momento en que me vio. Él era a todo dar. Mientras los otros varones en esos grupos estaban demasiado preocupados guardando las apariencias y las buenas formas, Rubén se comportaba tal cual era. Algo lo hacía diferente. Siempre me decía las mejores bromas, de las sonsas que a veces tienen sentido y a veces no pero no importa porque dan risa. Por eso recuerdo que en el camión me hizo reír a carcajadas desde que salimos de Playas de Tijuana hasta que llegamos a Tecate, la hora completa.

El coordinador del grupo era el extremo contrario de Rubén. Se tomaba demasiado en serio, cosa que resultaba triste porque no era más que dos años mayor que nosotros. ¿Cómo podía actuar tan adulto siendo aún tan joven? Alto, delgado, siempre con camisa y pantalones de vestir, Rodrigo se manejaba con una elegancia inagotable que me hacía bostezar. Por cómo nos veía en el camión, y en general, por cómo me veía cuando Rubén me hacía reír, sospechaba que nuestro comportamiento lo decepcionaba. Algo muy profundo me hacía pensar también que, desde su perspectiva, las carcajadas no eran algo deseable en una joven como yo, como si estas me quitaran cualquier recato. Él no lo decía explícitamente y nunca hizo nada para confirmarme mis sospechas, pero su actitud me lo transmitía así.

Los círculos católicos de jóvenes se caracterizaban por esas dos clases de hombres: los que eran como Rodrigo y los que eran como Rubén. Yo, obviamente, me rodeaba de Rubenes. Los Rodrigos, que además abundaban en esos lares, eran sosos y aburridos hasta el cansancio.

Ese retiro de Tecate fue breve. Solo recuerdo que nos dieron una plática y, acto seguido, nos invitaron a arrodillarnos frente al altar. Ese altar era bellísimo; solo contenía una mesa llana de mármol con una cruz de madera con Jesús crucificado. Lo que lo hacía bello era que la iglesia estaba hecha de ventanales. Sus paredes y sus techos eran ventanas de vidrios polarizados que mostraban el paisaje de cerros áridos que nos rodeaban.

Un guía espiritual nos había dado la instrucción de rezar con toda nuestra devoción a Dios para buscar su perdón a nuestros pecados y manifestar nuestra total entrega a su fe. Debíamos hacer un acto de contrición profundo que nos comprometiera para siempre con Cristo, en silencio, arrodillados alrededor del altar. No debíamos decir palabra alguna, solo dedicar nuestros pensamientos a Dios para lograrlo.

Todavía recuerdo el diálogo que tuve en mi cabeza. Si Dios es el artífice de todas las cosas, era también el responsable de que yo pudiera creer o no. Yo quería creer. Pero no podía. Dios, por favor, solo te pido una cosa: dame la capacidad de creer. Eres el único que puede dármela, porque yo ya he intentado por todos los medios y no encuentro neurona en mi cabeza que me convenza de que cualquier parte de tu cosmogonía y doctrina tiene congruencia. De veritas, Jesús, yo estoy dispuesta. Haría feliz a mis padres, te haría feliz a ti. Lo haría más fácil para todos. Si en mí está creer, creeré. Pero si en mí no está creer, aceptemos de una vez que tu voluntad para mí ha sido no creer.

La invitación a arrodillarnos debieron hacerla al punto del atardecer, porque los rayos del sol se filtraron por los ventanales e iluminaron la imagen de Jesús y el altar. Si no fuera porque conocía el hecho de que el sol sale por el Este y se pone por el Oeste, habría jurado que Dios estaba contestando a mis plegarias en ese preciso momento. Aquella debía ser la obra de algún arquitecto de vanguardia minimalista con un gusto por el dramatismo religioso. No mentiré. La escena era soberbia y digna de despertar el fervor hasta en el más seco y áspero de los apóstatas.

Y ahí, en el completo mutismo de Dios, sentí paz. Exhalé, con alivio. Yo había sido muy clara; y él, también. Era lo más honesta que había sido con Cristo y ambos estábamos satisfechos.

Al final de la contrición, nos invitaron a tomar la comunión. Varios se levantaron a tomarla, pero ni Rubén ni yo lo hicimos. Ahora entiendo que esos gestos eran como ponerse un blanco en la cabeza.

En el camino de regreso, Rubén se notaba triste y cabizbajo. Parecía que se le habían acabado las bromas que contar. Lo atribuí a que estaba cansado, como lo estaba yo también. Nos acompañamos cada uno en nuestros asientos, esperando llegar a casa. Antes hablábamos casi todos los días, pero después de ese retiro pasaron varios en que no me habló. Me contactó a las tres semanas después para compartirme una fascinante teoría de conspiración de que la tumba de Tutankamón había sido escondida en el Titanic, antes de su naufragio.

***

Meses después, mis padres me inscribieron en otro retiro. Uno mucho más intensivo. Se llamaba Kerigma y duraría tres días. Si al otro habíamos asistido unas seis personas, a este asistirían 50. Lo vi entonces como una oportunidad de conocer a gente interesante, gente fuera de mi escuela que no tuviera ni la más remota idea de quién era yo. Solo me tendría que aguantar el adoctrinamiento, el tedio de las pláticas y los sermones, lo insípido de los lugares comunes que había escuchado una y otra vez en ese tipo de encuentros. O al menos eso pensé.

El punto de reunión sería el sitio donde se estaba construyendo la nueva catedral metropolitana de la ciudad. Era un proyecto que prometía acercar a Tijuana a la imagen de ciudad histórica, donde la catedral se encuentra enseguida del palacio de gobierno, rodeados ambos por un parque con quiosco. Es chistoso recordarlo ahora, porque esa catedral nunca se terminó de construir. Han pasado 25 años desde ese retiro, y las promesas hechas en ese entonces, las religiosas y las arquitectónicas, jamás se cumplieron.

Tras los pilares de concreto, coronados con varillas entresalidas, nos esperaba el camión que debía llevarnos a nuestro destino. Al subirme, me molestó descubrir que la mayoría de quienes estaban ahí ya parecían conocerse. Era un relajo de jóvenes platicando y bromeando entre sí con una camaradería de años. Supuse que quizá todos venían de alguna rama del Movimiento fuera de mi colonia o algo así. Sentí entonces que mi esperanza de conocer gente nueva se esfumaba. Es fácil hacer amigos cuando nadie se conoce, pero cuando están en grupos, incorporarse es más difícil. Quien se acerca es visto como intruso. Recorrí el pasillo del camión, tomé un asiento hasta el fondo y me concentré en el camino hasta que llegamos a una casona justo enseguida de un campo amplio de sembradíos en la carretera libre de Tecate. “Rancho San Lorenzo”, decía un letrero en su entrada.

Nos recibieron en la casona unas parejas sonrientes quienes nos entregaron unos folletos del Movimiento, una hoja con el itinerario y un separador de libros:

Hoy comienzo
una última vida.
Iniciaré mi viaje
sin el estorbo
de los conocimientos
innecesarios;
me formaré nuevos hábitos
y seré esclavo de ellos;
caminaré erguido
entre los hombres
y no me reconocerán,
porque soy
un nuevo hombre
con una nueva vida
en Cristo.

KERIGMA

          Me pregunté a qué podría referirse eso de “los conocimientos innecesarios” que, aparte, fueran un “estorbo”. ¿Cuáles serán esos? Ojalá fueran los nombres de las capitales de los 194 países del mundo o de los ríos de México, pensé.

Ese primer día fue extraño. Después de desayunar, nos reunieron en un cuarto para escuchar un “testimonio”. Un hombre delgado de piel bronceada y cabello corto ondulado, vestido muy humilde, que si no fuera por el contexto del retiro le habría confundido con un indigente, se paró frente a nosotros y, con una voz dramática y un toque de sutil teatralidad, nos dijo, de buenas a primeras, que él era un sobreviviente de la adicción a la masturbación. Así se presentó. Ni siquiera nos dijo su nombre.

Masturbación.

Para mí era un tema poco relevante al que no le encontraba ningún interés. Me era completamente indiferente, pero este señor lo presentaba como un drama de magnitudes colosales.

Este señor, al que llamaré Max-Turbo, nos contó que al principio, cuando tenía nuestra edad, se masturbaba poco, una vez al día, a lo mucho dos. Pero, conforme pasaba el tiempo, se empezó a obsesionar con el vibrar de su excitación, con la pulsión de su pene erecto que debía aliviar tres, cuatro, cinco hasta 20 veces al día. Era tanto su frenesí que le salían llagas en las manos que luego se abrían en borbotones de sangre. Su miembro, por supuesto, también sufrió los estragos, con fracturas y otros infortunios autoinfligidos. No podía trabajar, no podía pensar, no podía hacer nada por preferir masturbarse. Las gesticulaciones de su rostro, y la manera en que movía las manos mientras hablaba, me recordaban a obras que había visto antes en el teatro. Para ser un hombre tan compulsivo, no noté gran compulsión en sus ademanes. Algo había en su calidad de movimiento que parecía ensayado.

Pero su placer, por lo que nos contó, no conocía límites. Llegó un momento en que masturbarse no fue suficiente y pasó a tener sexo con varias parejas. La afectación con que pronunció “varias parejas” fue evidente. La estridencia en su voz solo incrementaba al revelarnos que adquirió todo tipo de enfermedades venéreas hasta que se contagió, también, de sida.

Sida.

He ahí una palabra que conocía muy bien. El miedo al sida era real. En la escuela había visto videos documentales en los que se hablaba de la epidemia del sida como una enfermedad contagiosa al tacto que traía una muerte segura. Era lo peor que podía ocurrirle a una persona, pero le ocurría por conducir una vida de vicios y perdición. Así nos lo retrataban.

La sala entera se tensó. Quienes estábamos ahí temimos por nuestra vida y contuvimos la respiración; no fuéramos a contagiarnos por respirar su aliento.

Max-Turbo habló de lo enojado que se sintió por su diagnóstico, tanto que decidió “llevarse a más personas con él”. Con lágrimas en los ojos, relató que había comenzado a tener relaciones con hombres y mujeres, tantas personas como podía, con el solo propósito de contagiarlas, tal era su odio por el mundo. Por supuesto, un terrorista venéreo, ¿de qué otra forma habría de actuar un pecador como él que, además, decía puras falacias? Ahora que lo recuerdo, me da risa la simpleza de las narrativas con las que pretendían lograr nuestra obediencia y sumisión.

Terminada la plática, Max-Turbo abandonó el rancho. No hubo sesión de preguntas y respuestas. Fue como si se hubiera acabado el acto y el personaje tuviera que salir de escena. Habría 20 minutos de descanso antes de la siguiente plática. Tendríamos un día lleno de ellas, y ese había sido solo el principio.

—No sé tú —me dijo un muchacho que esperaba fuera de la sala, mirando el horizonte—, pero esa plática me dejó más turbado.

—Yo solo estoy feliz de que haya acabado —le contesté y él se rio.

—No sé si eres buenísima para los chistes o todo lo contrario.

—Y no lo sabrás —le dije antes de regresar a la sala.

Me sentía apática y sin ganas de hacer conversación. De solo pensar que debía soportar tres días de dinámicas así, jamás habría aceptado ir. El resto de los jóvenes, en cambio, se veían de excelente humor. No entendía por qué. Sus padres los habrían mandado a ese retiro, como a mí, porque algo debía estar mal con ellos. Por una u otra razón necesitaban ser reformados. Sin embargo, esto no parecía importarles. Algunos tocaban guitarra y cantaban entre cada plática, y varios otros intercambiaban pensamientos y frases de motivación entre ellos. Siempre me ha incomodado ver gente así de positiva y contenta. Me chupan la energía y me dejan sin siquiera poquita para mí y esa no fue la excepción. Traté de aguantar esos primeros días en el retiro lo mejor que pude. Entre los asistentes se rumoraba que el mejor evento del programa se llevaría a cabo el segundo día en la noche y eso me daba ánimos para soportar lo demás.

Llegado el momento, nos reunieron a todos frente a la puerta del salón más grande del rancho. Los organizadores nos vendaron los ojos y nos hicieron entrar a una habitación completamente oscura. Nos pasaron a cada uno tomado de las manos para colocarnos en nuestro lugar que, luego descubrimos, era formando un círculo amplio que abarcaba toda esa sala. De repente, una voz al borde del llanto, estrepitosa, empezó a sonar por unos altavoces.

—¡No puede ser que esté muerto…

Un monólogo dramatiquísimo empezó a retumbar por las paredes del recinto. Eran las lamentaciones de alguien que decía haberlo tenido todo, pero haberse perdido por las drogas, el alcohol… y el pecado. El cuarto estaba tan oscuro, que solo podíamos ver las sombras de nuestras siluetas alrededor de las paredes. En eso, un foco cenital iluminó el centro de la sala, mostrando un ataúd negro de un barniz tan brillante que reflejaba a quienes estábamos ahí. Era la primera vez que yo veía un ataúd. Nunca había ido a un funeral y todavía no se me había muerto nadie, ahora sí que gracias a Dios.

Mi mente se echó a volar. ¿Se vale tener un ataúd así paseando o acaso tenía un verdadero muerto adentro? Nunca había visto uno y no me hacía ilusión verlo en ese preciso momento, en el que parecía que estaban por iniciarme en una secta. ¿Qué hacen con un ataúd en un rancho en medio de la nada? ¿De dónde lo trajeron? ¿Dónde se guarda una cosa así? ¿Cómo puede algo de color negro brillar tanto?

El soliloquio continuaba escalando en estridencia con cada frase.

—… por no escucharte, Señor, por no creer en ti ni en tu palabra, salí de fiesta, juré en vano, desobedecí a mis padres y, ahora, ya nunca más los volveré a ver.

Nuestro silencio fue interrumpido por unos sollozos agudos que provinieron de una de las esquinas del salón. Era una pareja adulta, vestida de negro. La señora lloraba inconsolable y el señor la abrazaba cubriéndose el rostro con un paño que sostenía en su otra mano.

—¿Por qué, Dios, te has llevado a nuestro hijo? —comenzó a lamentarse el señor, casi gritando.

Entonces, la voz de los altavoces continuó:

—¡Son mis padres! Oh, no, Dios mío. Deja que me escuchen, ¡los amo! ¡No puedo creer que esté muerto! ¡NOOOOOOOOOOOOOO!

La puerta del ataúd se abrió con un violento golpe que nos hizo brincar a todos y un joven emergió como resorte del ataúd. La voz de los altavoces fue sustituida con su propio grito. Se veía histérico y tenía lágrimas borboteando de sus mejillas. Sus “padres” no se inmutaron e hicieron como si no lo vieran.

Empecé a notar cómo algunos de los asistentes al retiro rompían en llanto también. La sala se comenzó a llenar con un coro de sollozos.

No podía con tanto drama. En mi cabeza persistía la duda de la logística del ataúd y si a ese joven no le había dado claustrofobia ahí adentro. El final del monólogo del muerto viviente que tenía frente a mí fue seguido por una música solemne que sirvió de fondo para las palabras del organizador del retiro. Había llegado la hora del kerigma.

El organizador nos ordenó a todos ponernos de rodillas, cerrar los ojos y, ahí mismo, entregarnos a Dios. La música, el llanto de la mitad de la sala y la presencia de los guías espirituales reunidos y solemnes lograron una atmósfera lúgubre y pesada como bruma que adquiere peso en el pecho.

La encomienda era arrepentirse de nuestros pecados. Pedir perdón a Dios, a nuestros padres, a cualquiera a quien hayamos ofendido, para ser aceptados en el paraíso eterno en la hora de nuestra muerte. Por supuesto, porque de no hacerlo, nos iríamos directito al Reino de las Tinieblas.

Hice un repaso de aquellas cosas por las que tenía que arrepentirme. Forcé a mi memoria a encontrar algo, pero no encontré nada que ameritara semejante penitencia. A ver, ¿qué había hecho? Estaba en ese retiro junto a mujeres con tatuajes, maquillaje, sofisticadas, experimentadas con el alcohol, y yo, de buenas calificaciones, cero vicios y cero novios, pero diabólica, como me había dicho mi madre. No me explicaba por qué, si no tenía tatuajes, si nunca había llegado alcoholizada a mi casa, si nunca había tenido sexo, si nunca había siquiera besado a alguien, me tenían en el mismo concepto que a esos jóvenes que eran lo peor de lo peor bajo sus propios estándares. Los envidiaba un poco. Ellos estaban donde tenían que estar. Yo, en cambio, parecía estar siempre fuera de lugar. Era la más patética del grupo de adolescentes rebeldes que ahí estábamos. No encajaba ni con mi comunidad ni con esos jóvenes marginados. Ni muy santa ni muy satánica. Daba coraje.

Lo tengo más claro ahora que en ese entonces, pero, en el fondo, mi pecado, imperdonable para mis padres y mi familia, era saber demasiado y no tener la astucia de disimularlo. Leía mucho, me devoraba cualquier tipo de libro a cualquier hora del día y de la noche. Con frecuencia, mis tías y mis abuelas me reprochaban que tenía los libros pegados a las manos y señalaban como grosería que prefiriera leer antes que socializar en las comidas y reuniones familiares de los domingos. Lo peor: ninguno de los libros que tenía pegados a las manos era bíblico ni evangélico. De novelas clásicas como Mujercitas, de J. L. Alcott, o La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne, había transitado a obras como El Código da Vinci, de Dan Brown; La puta de Babilonia, de Fernando Vallejo; En qué creen los que no creen, de Humberto Eco; el Orgasmógrafo, de Enrique Serna; El manual del buen ateo, de Rius, entre otros, y nunca tomé la precaución de cubrirles la portada. Aunque no acostumbraba compartir mis impresiones de esas lecturas, el solo hecho de estar en contacto con los libros y tener la seguridad de externar preguntas sin entregarme a una obediencia sumisa y domada, calaba hondo entre mi familia en la que ninguno de sus miembros era lector, mucho menos heterodoxo. El que me haya atrevido a anunciar que ya no quería ir a misa había sido la gota que derramó el vaso. Los libros y sus influencias estaban alejándome, según mis padres, de las tradiciones y la cultura que ellos conocían. A juicio de ellos, era tan inteligente que resultaba despreciable. Así me lo había dicho una tía cuando se enteró de que dudaba de Dios, sin tapujos y con rencor: “Qué vergüenza, tan inteligente para unas cosas, y tan idiota para otras”. Como el separador de libros que me habían entregado el primer día de ese retiro, lo que todos querían era que me deshiciera del “estorbo de los conocimientos innecesarios”.

Me hubiera gustado pensar todo esto en la oscuridad de aquella sala oscura, cuando escuchaba los sollozos y lamentos de los jóvenes que rodeaban el ataúd arrodillados en círculo en ese retiro. Pero no fue así. En su lugar, recordé que yo ya me había puesto de acuerdo con Dios. Yo no creía y, aparte, él no me daba la capacidad de creer. Ya nos habíamos puesto de acuerdo Él y yo.

Con la música todavía de fondo, los guías espirituales nos indicaron que quienes decidieran entregarse incondicionalmente a Dios se pusieran de pie. Quienes no, debíamos permanecer en rodillas sin levantarnos. Así que ahí me quedé, arrodillada en lo que se sintió una eternidad, pero de las terrestres, no de las otras que se suponía nos tenían buscando.

Aunque la sala se mantenía en penumbras, alcancé a ver cómo la mayoría de los jóvenes que habían sido mis compañeros en el retiro se pusieron de pie y, como recompensa, los organizadores vitorearon y celebraron a los nuevos conversos. Los abrazaban, los felicitaban por el gran paso. No sé cuánto tiempo habrá pasado. Se suponía que los que estábamos arrodillados debíamos mantener la cabeza agachada, no sé si como devotos no-creyentes o como perros castigados, pero ningún organizador ni guía espiritual se nos acercaba. Parecía que la dinámica era sencillamente dejar que pasara el tiempo, o al menos la música de fondo, para que luego el ponerse de pie ya no significara nada, ni la entrega divina ni la renuncia al paraíso, sencillamente nada.

Entonces, mientras los nuevos conversos seguían celebrando con los organizadores, sentí una mano posarse sobre mi cabeza. Fue una leve caricia que comenzó por mis cabellos y luego descansó sobre mi hombro. Fue un gesto que duró menos de diez segundos.

Está bien si no te levantas, interpreté de esa caricia.

Traté de levantar la mirada para descubrir quién me había tocado, pero su silueta ya había pasado a otra persona arrodillada más a la distancia, donde la oscuridad era todavía más insondable. No alcancé a distinguir quién fue, pero su ademán lo sentí subversivo. Como algo no planeado que este organizador hacía, pasando desapercibido a los demás. Alguien que comprendía y no juzgaba.

Me sentí agradecida por el gesto de empatía y, cuando la música terminó, me puse de pie, sin vergüenza, convencida de que estuvo bien que no me hubiera levantado antes, y con una sonrisa cómplice.

Nunca pensé si esos símbolos rituales implicaban algo para quienes organizaban el retiro. Nunca medité si los guías espirituales tomaban nota de cuáles almas se habían ganado y cuáles no. Si sentían que debían redoblar esfuerzos con aquellos a los que no lograron convertir o si todo se quedaba en la intimidad del momento. Y creo que nunca lo sabré.

Después de la conversión pretendida pero no lograda, regresé a mi habitación para encontrarme con un sobre manila amarillo sobre mi cama. Tenía mi nombre marcado en letra cursiva. Lo abrí y vacié su contenido sobre las sábanas: de él salieron cinco cartas. Una escrita por mi mamá, otra por mi papá y las tres restantes por mis mejores amigas.

La de mi mamá fue muy clásica, con el típico “Doy gracias a Dios por haberte tenido como hija”. No había resentimiento en su carta y repetía las frases que me escribía cada vez que me mandaba a uno de esos retiros. Era una fórmula que no fallaba y era también la máxima expresión de su cariño, solo manifiesta a partir de esos ejercicios, y eso debía bastar.  Las cartas eran como una tregua. No importaban los meses o los años sin decir “te quiero” ni recibir un abrazo, la palabra escrita era la legítima clave del afecto. Los católicos y sus fijaciones tan raras por la escritura. Le atribuyen la verdad absoluta a la Biblia y el amor soterrado a las cartas.

La de mi papá, en cambio, expresaba verdadera preocupación por mi salvación moral, más que celestial. Temía que mi falta de fe me llevara a un camino de perdición. Pobrecitos. Ambos me querían, pero ninguno sabía qué hacer conmigo para que sus expectativas encajaran con lo que veían en mí.

Las cartas de mis amigas eran las mejores, porque era notorio que no tenían ni la menor idea de qué debían escribirme. “¡Pásatela genial!”, casi me decían. Me pregunto cómo fue esa conversación en que mis padres o sepa la bola quién diablos les pidió que me redactaran una carta para abrir en un retiro espiritual. Qué pena con ellas, de veras; pero qué lindas por seguirles el rollo. Esas sí eran amigas. Deseé con todas mis fuerzas regresar con ellas para platicarles del desmadre que estaba pasando por acá.

***

No sabría explicar qué llevó a ese grupo de jóvenes evangelistas a invitarme como parte del equipo organizador del mismo retiro el año siguiente. ¿Qué no habían visto que yo no me había puesto de pie aquella noche? ¿Qué no se habían enterado de que yo continuaba “satánica”? ¿O era precisamente por ello que sentían que debían mantenerme cerca? Un sentido absurdo de justicia me motivó a decir que sí. Pensé que en esta ocasión yo podría ser la persona que brindara consuelo a los jóvenes que, como yo, no aceptaran a Cristo en su corazón en la noche del kerigma. Estaría ahí para los no creyentes. Sería una infiltrada. ¿Infiltrada de quién? De Satanás no, por supuesto. Eso solo lo piensa la gente básica. Si no creo en Dios, mucho menos en el diablo ni en el infierno, obvio. Sería la infiltrada de la compasión, así lo pensé. Mi propia versión de “está bien si no te levantas”.

No recibí capacitación alguna. Entendí en esa segunda vuelta que el rol de muchos voluntarios como yo era sencillamente hacer bola y apoyar en tareas sencillas como servir la comida, colocar decoraciones, limpiar y condicionar las salas. Por remuneración recibiríamos la satisfacción de hacer una buena obra.

Para mi desgracia, todas aquellas preguntas que tenía en torno al ataúd se quedaron sin resolver. No me tocó el privilegio de ver si lo tenían guardado, si lo traía una funeraria ni cómo los organizadores lo ponían en la sala sin que nadie los viera hacerlo. Seguro era la clase de información privilegiada que escondían los artífices más ilustrados del retiro.

A decir verdad, me la pasé mucho mejor como voluntaria que como asistente en esos encuentros Kerigma. A los voluntarios no se nos cuestionaba la fe, no nos presionaban para mostrar devoción a Dios, no teníamos nada que demostrar. Ni siquiera estábamos forzados a asistir a las pláticas que había repudiado el año pasado. Me hice amiga de una chica que tenía las tareas de preparar y limpiar las mesas junto conmigo. No estaba tan mal. Platicamos de episodios de Los Simpsons, de música y de películas. Ninguna de las dos teníamos muy claro por qué estábamos en esos retiros, pero en ese momento tampoco nos importaba. Fue así, recogiendo basura y trapeando pisos, que supe apreciar los atardeceres del Rancho San Lorenzo.

***

          Sirviendo como voluntaria, me enteré de que el muchacho que actuaba como muerto en el ataúd era un veterano en el movimiento juvenil que se había iniciado en el teatro. La actuación era definitivamente lo suyo y usarla como arma evangélica era parte de su llamado. Los que actuaban como sus padres no eran sus verdaderos progenitores, por supuesto, sino una pareja del Movimiento Familiar Cristiano que donaba su tiempo a la causa. Esta tenía una experiencia de varios años repitiendo el mismo espectáculo y se lo tenía muy bien aprendido. El show que ya conocía, frente al ataúd, estaba a punto de comenzar, y yo, sabiendo de antemano lo que iba a ocurrir y los dramas que se iban a suscitar, me sentía tranquila y dispuesta a cumplir con lo que me había propuesto. Me enfocaría en los jóvenes que decidieran quedarse arrodillados, sin ponerse de pie.

          Toqué a unas ocho personas en el hombro esa noche. Era un gesto breve. Posar la mano sobre el hombro de cada una no más de diez segundos y caminar sigilosamente hacia la siguiente, sin decir nada en la complicidad de la oscuridad y la música de fondo. Lo había logrado ya con cuatro personas y ninguna me dijo nada ni volteó a verme; pero la quinta, al sentir mi mano, se agitó levemente, elevó su cara y me vio a los ojos.

          —Yo no me voy a levantar —me dijo, preocupado por lo que juzgó un error mío.

          —No importa —le dije—. Yo entiendo y te acompaño.

          Me quedé con él unos segundos, sonriéndole, y luego pasé con la siguiente persona que seguía de rodillas. La velada continuó justo como había sucedido un año antes, con la misma secuencia y los mismos rituales.

Al día siguiente, tras desayunar y empacar nuestras cosas, voluntarios, organizadores y asistentes del retiro nos subimos al camión que nos llevaría de regreso a Tijuana, al estacionamiento de la obra negra que sería la catedral metropolitana de la ciudad. Estaba cansada por haberme desvelado la noche anterior, pero feliz de regresar a mi casa y descansar. Era domingo y al día siguiente tenía que ir a clases. Estaba repasando en mi cabeza si tenía alguna tarea pendiente por hacer, cuando de repente, un muchacho que estaba sentado en el asiento atrás de mí me pasó una hoja doblada que estaba marcada con mi nombre.

Volteé a preguntarle quién me la estaba mandando y me dijo que no sabía, que solo le habían indicado que me la pasara. Pensé que sería alguna instrucción de lo que debíamos hacer llegando a la iglesia. Desdoblé la hoja y encontré una carta escrita con pluma en letras mayúsculas de líneas quebradas:

¡HOLA!

NO SÉ SI TE ACUERDAS DE MÍ. SOY CARLOS, EL MORRO AL QUE TE ACERCASTE EN LA CAPILLA EL DÍA DE RECIBIR AL ESPÍRITU SANTO. TÚ TE ACERCASTE A MÍ AUNQUE YO TE DIJE QUE TODAVÍA NO ESTABA PREPARADO. ME DIJISTE QUE NO IMPORTABA Y ME BRINDASTE TU MANO, Y ESO LA NETA ME HIZO SENTIR BIEN CABRÓN. LA VERDAD, MUCHAS GRACIAS, PORQUE CON ESO QUE HICISTE ENTENDÍ QUE A PESAR DEL ODIO Y RENCOR QUE TENGO DENTRO DE MI CORAZÓN, DIOS AÚN ASÍ ME QUIERE Y ME AMA. YO NO ACEPTABA TODO LO QUE TUS AMIGOS DECÍAN. HASTA QUE SENTÍ ESE CALOR DE TU MANO EN MI HOMBRO SENTÍ TAMBIÉN EL AMOR DE UN ÁNGEL Y DE DIOS. GRACIAS, MUCHAS GRACIAS A TI Y A TUS AMIGOS POR TRAERME A MÍ Y A TODOS MIS COMPAÑEROS. SIGAN ADELANTE, ¿OK?

P.D. SORRY LA LETRA. LA ESCRIBÍ EN EL CAMIÓN.

¡ÁNIMO!
DE UN AMIGO Y AMIGOS NUEVOS,
CARLOS, MANUEL, LESLI, ROSI, LUIS MIGUEL Y FERNANDO.

Leer la carta me cayó como un balde de agua fría. Eso era lo contrario de la que había sido mi intención. Yo que solo lo había querido acompañar, había detonado su conversión por accidente. Yo, la atea, la no creyente, la basura demoníaca de la humanidad, había convencido a alguien de la existencia de Dios. Era demonio y ángel al mismo tiempo. Maldita sea. Pinche entorno minado de delirios colectivos. No tenía ni la más remota idea de quiénes eran esos Carlos, Manuel, Lesli, Rosi, Luis Miguel ni Fernando, pero ellos habían investigado mi nombre y me veían como algo que no era. Justo lo que me faltaba. Vista como diabólica por mis padres y santa por los jóvenes rebeldes.

          Cuando llegamos a Tijuana, esperé a que todos bajaran del camión. Debíamos dirigirnos a la capilla de la ya-mero catedral metropolitana de la ciudad. Quise ser la última en bajarme para ver si podía evitar a todos y salir de ahí sin tener que despedirme. Mis papás debían estar esperándome para irnos. Encontré su automóvil en el estacionamiento, pero descubrí que estaba vacío, entonces me acerqué a la capilla. Desde fuera podía escuchar el eco de bocinas de lo que asumí era el discurso de despedida que los organizadores estaban dando para los chicos y sus familias. Me asomé con cuidado por la puerta.

          Carlos tenía el micrófono. Había enunciado un discurso del que me perdí, y ahora gritaba mi nombre y señalaba en mi dirección. Atrás de él, los que seguro eran Manuel, Lesli, Rosi, Luis Miguel y Fernando vitoreaban y brincaban de júbilo. El público, una multitud conformada por los más de 50 jóvenes asistentes al retiro, sus padres, los organizadores, guías espirituales y voluntarios, aplaudía. Querían que pasara al frente a decir unas palabras. Me negué espasmódicamente con la cabeza e intenté escapar, pero el guía espiritual que me había acompañado en el retiro del año pasado, logró atraparme. Opuse toda la resistencia que pude y planté mis dos pies sobre el piso, pero él me llevó arrastrando con ayuda de otro guía hacia el pódium enseguida del altar. Carlos me puso el micrófono en las manos y la centena de personas que estaban ahí guardó silencio.

—No tienen de qué agradecerme —las palabras me salían como lamentos del pecho—. Les juro que yo no hice nada.

          Mis papás, orgullosos, sonreían con lágrimas en los ojos. Habían triunfado.


*Este cuento fue publicado originalmente en el libro Un lugar en el pasado. Cuentos sobre infancia y adolescencia (2025), de Liliana Lanz Vallejo, Jennifer Franco Rodríguez, Andrea Ameneyro, Mónica Garza Mayoral, Marycarmen Creuheras, Elion Shertz y Juan José Luna, publicado por la Editorial y escuela de letras Sanblás.
Liliana Lanz Vallejo es doctora en Ciencias Sociales con especialidad en Estudios Regionales, maestra en Lingüística aplicada y licenciada en Lengua y Literatura de Hispanoamérica. Es autora del libro Mixed feelings en Tijuana: Bilingüismo, sentimiento y consumo transfronterizo (McGraw Hill-UABC, 2022) y de capítulos en los libros Difícil ser madre (Editorial Sanblás, 2024), Tijuana entre letras (Editorial Sanblás, 2024) y Hasta la madre: Los confines políticos de la maternidad (Typotaller, 2022), por mencionar algunos. Actualmente es profesora investigadora de la Universidad Autónoma de Baja California. Contacto: lanz.liliana@uabc.edu.mx.

Buenaventura. 240 horas a la deriva, de Luis Rubén Rodríguez Zubieta

El nombre del puerto que da título a la primera novela de Luis Rubén Rodríguez Zubieta es también una descripción perfecta de su trama: más que una buena-aventura, se trata de una extraordinaria odisea marcada por la deriva —y casi naufragio— de un barco con su tripulación y pasajeros.

En esta novela de tintes autobiográficos, Dagoberto y Lucio, de 17 y 18 años respectivamente, se embarcan en un navío que transporta vehículos desde Panamá hasta el puerto colombiano de Buenaventura. El viaje debía durar 36 horas, es decir, un día y medio. Ambos jóvenes, originarios de México, iban rumbo a la Patagonia argentina para conocer los países del sur, su gente y sus costumbres, pero sobre todo para ser testigos de primera mano del desarrollo del socialismo en Sudamérica. Corría el año de 1973 y Salvador Allende aún gobernaba Chile, pero tras el golpe de Estado de Pinochet, los muchachos se vieron obligados a modificar su ruta y evitar territorio chileno. Así fue como decidieron embarcarse en el “Maravilla”.

El trayecto que prometía durar día y medio terminó extendiéndose a 240 horas —10 días, para quienes batallamos con las matemáticas—. Y uno podría pensar: “¡Qué a gusto! Una vacación que se alarga inesperadamente.” Pero no: como la tripulación solo tenía provisiones para un viaje corto, la escasez pronto se volvió una amenaza real.

A lo largo del relato, conocemos no solo a Dago y Lucio, sino también a toda la tripulación y a una veintena de turistas que viajaban con sus autos en el Maravilla. Hay canadienses, estadounidenses, mexicanos, venezolanos, colombianos, ecuatorianos, bolivianos, chilenos, uruguayos, argentinos, alemanes, franceses y austriacos. La tripulación incluye cubanos, panameños, salvadoreños y guatemaltecos. No enumero estas nacionalidades por ociosidad: Luis Rubén Rodríguez Zubieta se compromete a representar con esmero las lenguas y variantes dialectales de cada personaje, logrando una ambientación riquísima en la que uno puede imaginar claramente a cada uno de esos casi 30 personajes hablando y discutiendo a bordo. Armar una historia coral así ya es admirable, pero hacerlo con tanta naturalidad y precisión lingüística lo es aún más.

Además, la novela introduce al lector en la jerga marítima a través de las múltiples comunicaciones entre los capitanes, las tripulaciones de otros barcos y los administradores portuarios. Ignoro si Luis Rubén se basó en recuerdos, en archivos, en investigación posterior o si ya era conocedor del lenguaje náutico, pero el resultado es sumamente verosímil.

Por si fuera poco, el texto incorpora diversos formatos: anotaciones de cuadernos, cartas, telegramas, mapas y recortes periodísticos, lo que la vuelve una novela multimodal que enriquece y amplifica la experiencia de lectura. A mí me pareció fascinante, sobre todo como representación fiel de la diversidad lingüística y cultural de sus personajes. Una siente que va a bordo del Maravilla, conversando con ellos.

El autor, además, es generoso. No solo recrea el ambiente del barco con gran pericia, sino que al final del libro ofrece un glosario amplísimo con términos marítimos y regionalismos, lo cual agradece enormemente cualquier lector curioso. Luis Rubén tiene, sin duda, una inclinación lingüística: en su capítulo “Los dialectos”, del libro Tijuana entre letras (publicado este año), recopila palabras del habla tijuanense y las compara con variantes de otras regiones de México. Por eso me atrevo a decir que, para él, la diversidad lingüística no es un accesorio: es su mero mole.

Dejando un poco de lado ese enfoque, quiero cerrar con una apreciación más personal. Cuando pensamos en un barco a la deriva, lo primero que viene a la mente es la incertidumbre: el no saber dónde están los náufragos ni qué ayuda necesitan. Como en la película Náufrago con Tom Hanks, el drama suele centrarse en que nadie sabe que el personaje está ahí. Pero en esta novela ocurre lo contrario: todos saben dónde están el Maravilla y su tripulación. Todos los puertos colindantes están enterados. Y, sin embargo… la humanidad actúa como suele actuar: con indiferencia, negligencia, burocracia o apatía.

Eso fue lo que más me impactó del libro. Como comento en mi texto “Foxplorations” del mismo Tijuana entre letras, crecí en una familia muy panista, donde el pensamiento mágico era común: esa creencia de que alguien se hará cargo de los problemas. Ese optimismo ingenuo que lleva a publicar una foto de un bache en Facebook esperando que, con eso, alguien lo repare. Esta novela desmantela por completo esa idea. Nos recuerda que puede haber necesidades urgentes —como el rescate de un barco a la deriva, la protección del agua o la conservación de las lenguas—, pero si no hay una persona concreta y responsable que las atienda, o si esa responsabilidad puede ser desplazada infinitamente, esas necesidades simplemente quedarán sin resolver. Y cuando algo por fin parece avanzar, la ley de Murphy aparece para recordarnos que todo lo que pueda salir mal… saldrá mal.

No exagero cuando digo que esta es una historia que atrapa de principio a fin. Cuando la leí, me desvelé tanto que tuve que obligarme a dejarla para dormir. Y al dormir, soñé con lo que podría pasarle a los personajes, porque me había quedado justo en uno de esos múltiples momentos en que la muerte parece inminente.

Recomiendo muchísimo esta novela. Si existiera la posibilidad, me encantaría no solo tenerla en físico, sino también poder escucharla como audiolibro. Sería un viaje extraordinario.

Si te interesa leer la novela, puedes adquirirla en Amazon, aquí.

Foxplorations

Salvo en las óperas y los melodramas, la muerte es un anticlímax.
-Rosa Montero

Fue hasta la sexta voltereta en que Tanya y Karina estuvieron a punto de caer de cabeza al piso que me convencí: este señor no me va a soltar. Me terminaron de convencer sus manos; sus nudillos estaban blancos por la fuerza con que se aferraba a la piel de mis amigas. No se me ocurrió pensar si esa forma de agarrarlas les ocasionaba algún dolor. Solo tuve claro que no iba a dejar que me cayera, y eso para mí fue suficiente. Ese desconocido se había ganado mi entera confianza.

 Estábamos en una casa de Real del Mar que, días después descubrí, no era suya, sino de alguien, nunca supe quién, que se la había prestado para esa audición. De haber sabido esto antes, probablemente no habría aceptado llegar tan lejos en ese proyecto del que todavía desconocía la mayor parte. La casa tipo hacienda, como se estila en ese lujoso fraccionamiento de arquitectura colonial con toques de California chic, tenía un patio divino frente al mar, con alberca y explanada amplia de loseta. Era el atardecer.

Había visto primero a Tanya. Debía ser ella primero, porque fue su mamá, Gina, quien nos había conducido en su auto a ese encuentro.

—Es un señor que trabajó como acróbata y equilibrista en el Cirque du Soleil. Viene desde Rusia y está buscando bailarinas para un show sobre el Titanic —nos platicó mientras manejaba por la carretera escénica Tijuana-Ensenada.

Ahora que veo todo esto a la distancia y sé las cosas que sé ahora, es bastante probable que Gina se hubiera confundido de circo; pero yo con la idea de conocer a alguien del Cirque du Soleil ya me sentía soñada. No podía pensar en algo más espectacular que eso.

Tanya era una gran bailarina. Agraciada, creativa, tenía una larga melena de cabello dorado que caía hasta su espalda baja, piel blanca y ojos verdes. Era evidente para mí que ella sería la mejor candidata para la audición, no solo por su calidad de movimiento y gracia, así como su look que la hacía pasar por americana aunque no lo fuera, sino porque tenía la certeza de que debía existir algún tipo de lealtad entre extranjeros europeos que, movidos por el exilio, los extremismos, las guerras o incluso la precariedad que trae consigo la pasión por el arte, deambulan por el mundo buscando algún refugio que encuentran en Tijuana. Tanya era de ascendencia polaca. Su abuela había sobrevivido a los gulags de Stalin en un campo de concentración de Siberia en el que fue recluida el día de su décimo tercer cumpleaños. Aguantó lo suficiente para ver el día en que un soldado americano le extendiera la mano, en 1943, para sacarla a ella y al resto de los sobrevivientes, y ofrecerles asilo, ya fuera en Sudáfrica o en México. Ella eligió México.

Pero quizá fue precisamente porque Tanya era una excelente bailarina que no le fue tan bien en esa audición. El cirquero, sin gran preámbulo, explicación ni contexto más que la indicación de que corriéramos hacia él y nos impulsáramos con un brinco, le hizo una señal con la mano para que ella comenzara primero. Así lo hizo. Al brincar, el acróbata la levantó sosteniéndola con ambos manos por los huesos de su cadera y la balanceó sobre su cabeza, acostada boca abajo con los brazos extendidos. Parecía que volaba sobre él como Superman. SuperTanya, al menos por tres segundos, antes de que el miedo por lo que sucedía la dominara. Su cuerpo, que hasta hacía unos segundos parecía firme, empezó a debilitarse y flaquear.  Su torpeza empezó a meter en evidente apuro al cirquero, quien ahora parecía estar batallando con un maniquí hecho de gelatina. Acto seguido, y sin quitar las manos de sus caderas, equilibró a Tanya hacia abajo, deslizándola lentamente como si la hiciera darse un clavado en cámara lenta hacia el piso, antes de tratar de elevarla de nuevo, esta vez, en una sola mano. Tanya no pudo más. Estiró una de sus piernas en un esfuerzo por tocar el piso y bajarse de esa poco anticipada acrobacia.  

Luego llegó el turno de Karina. Ella era la más alta de las tres, incluso más alta que él. Una auténtica amazona. A juzgar por los movimientos de ambos, supuse que Karina era más pesada y difícil de equilibrar porque él no tenía el suficiente contrapeso para balancearla. Pero en su intento, descubrí que los ejercicios que ese hombre hacía eran los mismos que había hecho con Tanya, y en la misma secuencia. Eso me dio una injusta ventaja, porque entonces supe qué podía esperar. 

Cuando por fin llegó mi turno, me dejé llevar. Preferí cerrar los ojos, sentir los vaivenes de cómo él movía mi cuerpo, y solo fluir. Él me había advertido que todo lo que yo debía hacer era mantenerme firme, no como tabla tampoco, sino con resistencia abdominal y extremidades firmes. Duramos, si acaso, quince minutos. Al final de la secuencia, enganchó mis piernas en su torso y me pidió que flexionara mi espalda lo más atrás que pudiera para él tomarme de los brazos y formar conmigo una gran D en el aire. Cuando por fin me aterrizó de regreso al piso, una sonrisa pobló sus delgados y pálidos labios.

—Decidido: tú serás la protagonista de mi coreografía —afirmó.

Pensé que mis amigas se desilusionarían, pero las noté aliviadas. Yo estaba quitada de la pena, como si nada hubiera pasado, pero a ellas la experiencia las había dejado aterradas. Era notorio que no la querían repetir.

Fue así como Igor me eligió para ser su pareja de acrobacias en un espectáculo que, él juraba, reactivaría la actividad y la economía de Foxplorations, el parque de atracciones del estudio cinematográfico que la 20th Century Fox instaló en Rosarito. Yo tenía diecisiete años.


Los ensayos que siguieron a esa audición debieron sacudirme de mi fantasía, pero no lo hicieron. Mi ilusión era demasiado grande: quería verme rodeada de estrellas de cine, buffets todo-lo-que-puedas-comer, jacuzzis y albercas, vestuarios excéntricos e incidentes increíbles que proveyeran una fuente ilimitada de historias para la sobremesa, como lo habían estado Tanya y su madre siete años antes. Me impulsaba el deseo de vivir en carne propia aunque fuera una probadita de esas experiencias que se me antojaban maravillosas e inusitadas para mí, una hija mayor en una familia católica y panista en Playas de Tijuana. De esas familias en las que añadir “conservadora” resulta redundante. De esas que creen que el orden social se rige por la autoridad autocrática y el orden, pero que al mismo tiempo se explican la vida y sus circunstancias con base en pensamiento mágico. De esas que se escandalizan por siquiera la idea de llegar a casa cinco minutos después de las ocho de la noche, de comer tres galletas en lugar de dos, de ir en falda a la iglesia, de pasar mucho tiempo con niñas como Tanya, cuya madre era soltera y no asistía a misa.  De esas que veían ese tipo de anhelos como el libertinaje que acerca a las tentaciones en las que son sorprendidas las estrellas de la farándula en las noticias de las TVNotas.

Gina había leído un anuncio que buscaba extras para un gran proyecto cinematográfico en Rosarito, un poblado del entonces más extenso municipio de Tijuana. Yo tenía diez años. Recuerdo que ese día Gina pasó a mi casa para recoger a Tanya —era mi vecina, así que nos la pasábamos una en casa de la otra— anunciando que iba a ver de qué se trataba esa misteriosa audición. Recuerdo también que sus labios articularon una incierta y tímida invitación, por si me quería unir, pero su incertidumbre sobre lo que íbamos a encontrar allá me desalentó y no insistí en acompañarlas. Mi impulso bien estúpido fue preguntar a qué horas estaríamos de regreso, para saber si lograría regresar a mi casa antes de las ocho. Bien tonta, de veras. ¿Qué iba yo a saber? No tenía edad para votar, pero la actitud panista de mi familia calaba hondo. ¿Cómo íbamos a ver un lugar desconocido así nomás, sin hora establecida para nada y probablemente sin oficio ni beneficio? Me quedé en mi casa en mi mundo aburrido mientras Tanya y su madre lograron trabajar durante más de tres meses como extras para Titanic, una película tan titánica como su nombre que duró más de 8 meses como éxito de taquilla en el cine, cuyas tres horas y media de duración no cupieron en un solo VHS sino en dos y cuyo soundtrack se repitió como disco rayado en todas las estaciones de radio, canales de televisión, tiendas departamentales, bodas, quinceañeras, graduaciones y funerales por años.


Fue la primera película filmada en el nuevo Fox Studios Baja de Rosarito, y no solo cambió todo para el cine sino que prometió cambiar todo en Baja California para convertirla en una apantallante Baja Hollywood. Y todos querían ser parte de eso. Medio Tijuana moría por involucrarse con aunque fuera un poco del glamour hollywoodense que emergía de Rosarito. Los habitantes de ambas ciudades suponían ahora la muy probable posibilidad de encontrarse a estrellas de cine en restaurantes locales comiendo langosta o ensalada césar, o en las calles visitando tiendas de curios. Tijuanenses y rosaritenses empezaron a alucinar la atmósfera de Beverly Hills como si el nuevo estudio cinematográfico se las hubiera acercado. Así suele ser la gente que reside en esta frontera. Desplazan sus sueños y aspiraciones a otra parte que perciben siempre cercana y al alcance si tan solo se presentara la oportunidad.

Los rosaritenses, avorazados, aprovecharon la ocasión para independizarse de Tijuana y declarar su propio municipio, uno que pudiera ser impulsado por su turismo e incipiente industria de cine. La expectativa era enorme y con justa razón: el filmcrew había construido un barco a escala del Titanic que, montado sobre un tanque de agua del tamaño de veintiséis albercas olímpicas, coronó el horizonte del Océano Pacífico sobre la carretera escénica, en el tramo de Ensenada a Rosarito, por más de un año. Era imposible no verlo e imposible no imaginar qué estarían haciendo todos esos actores, camarógrafos y artistas de maquillaje y vestuario ahí.

—¡Esperar! —recuerdo que me dijo Gina—. Comer y esperar, comer y esperar. Podemos esperar en albercas o jacuzzis, con los vestidos de época puestos encima, pero es puro esperar. Podemos estar horas antes de que nos llamen para hacer algo.

Ella lo decía como si fuera todo un tedio, aunque yo habría preferido mil veces eso a estar sola en casa. Tampoco lo hacían gratis. La productora les pagaba ochenta dólares al día a cada una. Era un tedio bastante lucrativo. Y por más aburrido que fuera, al final valió la pena. Mi amiga logró salir al menos tres veces en la película, una de ellas justo cuatro segundos antes de que aparezcan las letras TITANIC abarcando toda la pantalla que marca el inicio de la historia. ¡Tres veces! ¿Y yo cuántas salí? Ninguna. Ella hasta había conocido a Leonardo DiCaprio. Me dijo que de no haber sido porque faltó un día a la filmación, habría sido ella quien hubiera bailado con Leo en la escena antes de que Jack y Rose se enamoraran.

El anhelo de vivir algo así como Tanya y su mamá era lo que en ese momento me tenía motivada siguiendo las órdenes e indicaciones de Igor, no pese a que, de buenas a primeras, ningún elemento de esos ensayos trajo consigo un ápice del glamour de los Fox Studios Baja y mucho menos del Titanic.

Nuestro primer ensayo fue en un patio de concreto en una vecindad escondida de la colonia Las Huertas, pasando la 5 y 10, la Plaza Carrusel y las Brisas. Igor me había citado a mí pero también a Tanya, a Karina y a otras bailarinas que quisieran unirse. A ellas les montaría un show tipo cabaret al ritmo de Lady Marmalade del soundtrack de la película Moulin Rouge; a mí, la coreografía en dueto con él con la canción que se resistía a pasar de moda, My Heart Will Go On,de Celine Dion. No pasó para mí desapercibido el cambio de ese patio hermoso con alberca de la casa de Real del Mar a ese viejo patio con lavadoras, secadoras y pipas de gas viejas, amontonadas en las paredes junto con cubetas, trapeadores y escobas a unos pocos metros de donde ensayábamos. Me había presentado en suficientes salones de baile y teatros como para tener mayores marcos de referencia, y ese era el peor lugar para practicar en el que había estado.

Igor dedicó la primera hora a montar la coreografía a mis compañeras. Yo estaba feliz de no tener que ensayarla ni aprenderla. Con lo acostumbrada que estaba al rigor del ballet clásico, era imposible que yo pudiera mover la cintura y las caderas como ameritaba ese baile. Como no tenía caso que lo esperara de pie por una hora, Igor me invitó a pasar a una de las habitaciones de la vecindad. Entré, un poco resignada por no tener más que hacer. Era una recámara chica, con una cama tamaño matrimonial, un buró y un pequeño televisor enfrente. Ahí, sentadas en la cama, estaban una mujer y una niña pequeña que aparentaba unos seis años. La mujer, al verme entrar, se levantó de la cama y extendió su mano para saludarme. Noté que estaba embarazada.

—Me llamo Yuliya, mucho gusto —me dijo al mismo tiempo que me estudió con su mirada rápido de arriba abajo, intentando disimular—. Ella es mi hija, Anastasia —agregó cordial.

Pasé toda la hora esperando ahí con ellas. No soy mucho de sacar plática y, para mi fortuna, ellas tampoco. Anastasia, una niña de tez blanca, cabellos dorados con toques castaños, ojos verdes y pobladas mejillas, jugaba con una Barbie mientras rondaba por la habitación. Solo me preguntó qué iba a hacer ahí en su casa y se dedicó a su muñeca y a la televisión, cambiando los canales hasta encontrar Dragon Ball. Su madre, alta, delgada, barbilla afilada y cabellos largos y rubios, me dejó sola en la habitación con la niña. No intercambiamos más palabras.

Cuando por fin llegó mi turno para el ensayo, Igor retomó los movimientos que había hecho en aquella primera audición e incorporó varios nuevos. No marcaba los pasos. Me elevaba por los aires, aferrándose a mi cintura y a mi espalda con sus manos, y me dictaba qué hacer. Baja la cabeza, desliza las piernas, dobla, expande. Sin espejo, para mí era imposible saber lo que estaba haciendo, pero tenía que confiar en que, lo que fuera, se veía bien y digno para un espectáculo.


Sentía mi espalda arder en fuego. Llevaba un mes entrenando y la fecha del estreno del show se acercaba. Me quité mi ropa y busqué mi espalda en un espejo. Encontré las dos manos de Igor marcadas en un rosa intenso en la parte alta de mi espalda, y cinco moretones redondos a la izquierda y otros cinco a la derecha de mi cintura. De mis labios se escapó una sonrisa. Claro, por algo tenía que dolerme. Me dio risa pensar que, en los ensayos, sus manos me daban soporte y seguridad para no caer al suelo; pero, fuera de ellos, solo me daban dolor. Gajes del oficio, pensé. Similar a como los dedos de los pies de las bailarinas se desfiguran con las puntas, mi espalda se desfiguraba con la acrobacia. Pero sería una estrella y al final todo habría valido la pena.


Tuvimos los últimos ensayos en mi escuela de baile. La increíble historia de que estábamos entrenando con un cirquero ruso llamó la atención de mi maestra de ballet y ella misma ofreció su espacio, no porque sus condiciones fueran más favorables, sino para no quedarse fuera del chisme ni perder la oportunidad de vigilar lo que Igor nos enseñaba. Tanta debió ser su curiosidad que no le cobró renta.

Fue la primera vez que vi mi rutina con él en un espejo, al menos las partes de ella en que mi cabeza podía estar erguida. Si me detestaba en el espejo yo sola, por supuesto que me iba a detestar también acompañada, pero no podía negar que la secuencia era impresionante. Las figuras que lograba hacer en el aire eran majestuosas y entre el cuerpo de Igor y el mío lográbamos tal altura que prácticamente tocaba el techo del salón con mis manos.

Fue la primera vez que mi maestra de ballet dijo que estaba orgullosa de mí. La bailarina que nunca había ganado un papel protagónico, pero que había sido elegida por un acróbata extranjero para triunfar en el parque Foxplorations de los Fox Studios Baja. Inaudito.

***

Yuliya caminaba de la mano de Anastasia por los pasillos de un pequeño museo dedicado a la película del Titanic dentro del parque Foxplorations. Igor se había ido a arreglar los últimos detalles. No estaba muy seguro de a qué hora sería el estreno de nuestro espectáculo. Era un sábado de 2002 por la tarde; estaba despejado aunque con ráfagas de viento. Según lo que había dicho Igor, nuestro número sería el que por sí mismo debía convencer a los directivos de Foxplorations a abrir el espacio para más presentaciones. Era, por así decirlo, la pieza que le aseguraría el trato. El número de Lady Marmalade con mis compañeras debía esperar, en parte, porque ni ellas ni Igor podían hacer la inversión para su vestuario sin el apoyo de patrocinadores. Yo iba en un sencillo leotardo y falda translúcida blancos que tenía en mi casa. Igor se había ido similar, todo de blanco, con mallones pegados al cuerpo. Sencillos porque, al final de cuentas, los que importaban eran los movimientos de la coreografía. El toque extra de emoción e impacto se los debía dar la canción, tan importante para ese lugar, que debía traer consigo el eco del exitazo del Titanic.


Acudí ese día al parque de Foxplorations con mi novio, Daniel. Teníamos que aprovechar porque sabía que no podían cobrarnos la entrada. ¿Cómo iban a cobrarnos si yo estaba por hacer que el parque se desbordara de visitantes de nuevo? Llevaba varios meses de novia con él. Un muchacho de estatura mediana, tez color cobre, cabello azabache tan largo que llegaba a sus hombros, y unos ojos grandes y alargados, con pestañas pobladas negras que parecían delinearlos, enmarcados por cejas gruesas. Su mirada exudaba una sensualidad de lejanas tierras gitanas que me seducía.


Daniel y yo caminábamos de la mano por los pasillos del museo. Foxplorations era un parque con una entrada amplia que dirigía a una serie de edificios no mayores a cuatro pisos que, por sus colores vivos y su diseño renacentista, parecían falsos o cercanos a una caricatura de realidad. Ni idea de qué película pudo haber sido filmada ahí. Los estudios ya tenían un par de éxitos en su haber, entre ellos Titanic y Pearl Harbor, otro peliculón eterno de tres horas, y ninguna de esas películas había mostrado en pantalla esos edificios. La tendencia era que las películas filmadas en los Fox Studios Baja tenían que ver con el mar, la navegación o la guerra, entonces toda la parafernalia del parque y sus pequeños museos tenía que ver con barcos y aviones. Ahí estábamos viendo decenas de maquetas a escala del Titanic y de otros barcos menos famosos por no haberse hundido, muestras de turbinas marítimas, anclas, uniformes, vestuarios originales de los actores, alguno que otro memorabilia que pensaba ya haber visto en Hollywood, como el alien de cabeza curva negra de Ridley Scott que nunca falta, y centenas de fotografías de la filmación del Titanic. Tanya no aparecía en ninguna, pero Leonardo y Kate Winslet sí, en una que otra. Vi cada foto con atención, tratando de imaginar qué habría sido estar ahí. Así, iba absorbiendo con la mirada cada foto, hasta que, de repente, Anastasia se escabulló entre los dos, tomó mi mano con fuerza y la separó de la de Daniel. Me dijo que me fuera con ella y la seguí, pensando que su padre, Igor, había mandado a llamarme.

—¿Por qué estabas tomada de la mano con él? —me interrogó con sus ojos bien abiertos.

—Porque somos novios y nos gusta ir tomados de la mano —contesté, asumiendo inocencia en su pregunta.

—No, no, no —su cara en este punto era de espanto—. Tú no puedes estar de novia con alguien como él —aseguró con firmeza.

Volteé a mi alrededor, revisando si alguien nos veía o escuchaba. Por un momento pensé que alguien la había enviado a separarnos, quizá por juzgarnos imprudentes, aunque solo estábamos tomados de la mano y no era para tanto.

—¿Por qué no puedo estar de novia con él? —le pregunté.

—Porque tú eres blanca —me contestó—. Tu mano se ve mal con la de él.

Blanca yo. Blanca ella, blancos ellos. Viviendo en un país de contrastes.

Pensé en Igor y en Yuliya, en cómo y por qué habían salido de Rusia. Pensé en la mirada de los extranjeros, en los dogmas que se resisten a morir a pesar de todo. No era tan diferente de la mirada de los propios mexicanos tampoco. ¿No proviene la fascinación por lo extranjero de algo similar? ¿No es por ello que nos cautiva la idea de replicar el glamour y la prosperidad del otro lado de la frontera en los confines de nuestro propio lado?

Me entristecí. Luego pensé en lo impactante que debió ser para ella ver un ejemplo cercano de pareja que ella consideraba interracial, en su shock de ver nuestras manos bicolores. A partir de ese momento agarré la mano de Daniel con mucha más fuerza, en lo que esperábamos el comienzo del gran espectáculo.


El show estaba por comenzar. Descubrí justo en ese momento que no había tarima, escenario, escenografía ni nada parecido sino solo el piso de concreto de la explanada del parque, similar al de la vecindad del entrenador, pero liso y parejo. Ya era ganancia; literal, había entrenado para eso. Bailaríamos con el mar y el atardecer a nuestras espaldas. Tampoco había asientos ni butacas, que quizá habrían hecho más evidente lo vacío del parque, porque en él solo había seis visitantes además de nosotros.

La música comenzó con las notas agudas de una flauta irlandesa que parecen imitar el sonido de las corrientes del viento en el mar.

Every night in my dreams I see you, I feel you, that is how I know you go on…

No hubo presentación alguna que anticipara el espectáculo. No hubo primera, segunda ni tercera llamada, solo música replicando de unas bocinas de karaoke. Yo estaba de un lado de la explanada e Igor de la otra, ambos solemnes ante el comienzo de la secuencia. Corrí hacia él para impulsarme y me elevó por los aires como habíamos ensayado por dos meses. Yo no estaba nerviosa, no sé si él sí. Todos los movimientos salieron a pedir de boca. Desde mi posición de superchica en las alturas, me deslicé por su cuerpo para hacer la figura principal de la coreografía, la gloriosa D.

…You’re here, there’s nothing I fear and I know that my heart will go on

Sostuve la D con mi pecho erguido y mi cabeza alineada con el horizonte del mar. En eso, una fuerte ráfaga de viento me obligó a cerrar los ojos. Me mantuve serena. Una segunda ráfaga de viento, más intensa que la primera, sopló inclemente, y con ella sentí a Igor luchar por mantener su equilibrio. Empezó a temblar, pero yo seguí confiando en que no me soltaría. Era un profesional de Cirque du Soleil; no tenía por qué soltarme. Una tercera y cuarta ráfagas de aire arremetieron contra nosotros. Y ahí en mi D inalterable, firme e infranqueable, sentí a Igor dar pequeños saltos hacia atrás para mantener su balance. Nuestra figura más imponente de la coreografía rebotó cuatro veces en la explanada de concreto del gran Foxplorations.

…You are safe in my heart and my heart will go on and on, hmm hmm hm.

 Terminada la canción, alcancé a escuchar unos que otros aplausos. Con los pies ahora sí en la tierra, hice reverencia de despedida a nuestro público de seis personas.


A la izquierda de la explanada central de Foxplorations se encontraba una tienda de souvenirs. Me metí todavía con el leotardo y la falda translúcida blanca y me aventuré por los pasillos, observando las postales, las plumas, las playeras y las sudaderas con los logos del parque y del Titanic. Igor se acercó a mí y me felicitó por la presentación. Me dijo que hablaría con los directivos y que me daría respuesta en unas semanas. Entonces buscó su cartera, sacó un billete de quinientos pesos y me lo entregó:

—Un pago por tu esfuerzo —me dijo.

Lo acepté de inmediato. Era mi primer pago por bailar. Solo los bailes en público generan dinero; los ensayos, no. Así lo entendí entonces, aunque ahora no lo entiendo. Quizá el pago era un gancho para seguir bailando en esas condiciones o una despedida por si todo hubiera culminado en ese momento.

***

No volví a saber nada de Igor hasta tres semanas después. Escuché el repicar del teléfono y al contestarlo escuché su voz desde el otro lado del auricular. No mencionó nada en lo absoluto sobre la coreografía ni Foxplorations y se fue directo al grano. Me quería recomendar para trabajar como acróbata con él en un circo que estaría en Tijuana ese fin de semana en Zona Río, el distrito financiero de la ciudad. Mi cabeza dio vueltas. No podía ser esta mi primera oferta de trabajo.

—¿Yo en un circo? —no podía creer su propuesta.

—He trabajado con muchas jóvenes y no cualquiera tiene el instinto para aprender la acrobacia como tú. Trabajamos bien antes y podríamos trabajar muy bien en esto también.

—No sé… o sea, a ver. ¿Habrá animales? —se quedó callado, sin saber qué asumir de mi pregunta—. Elefantes, leones, yo qué sé.

—Me imagino que sí —sonó titubeante.

—Pero, a ver. Discúlpeme, es la primera vez que pienso en algo así y estoy halagada, pero sorprendida. El circo… ¿es itinerante?

—¿Qué significa itinerante? —me preguntó.

—Ambulante. Que si el circo se va de gira o se queda solo en Tijuana.

—No, sí hace gira por el país.

Hasta en ese momento entendí lo que me estaba proponiendo. Ahora sí, el espectáculo. Ser la protagonista del escenario, con públicos de verdad, aunque no al estilo Cirque du Soleil. Dejarlo todo, incluyendo mis estudios, por la fama. Mi mente lo meditó un minuto. Imaginé los leotardos incrustados de piedras brillantes que podría llevar, imaginé los aplausos y los flashazos de cámaras entre el público, imaginé viajar a todo tipo de lugares, imaginé el olor a paja que acompaña a los circos, el olor a estiércol, animal y tierra. La respuesta para mí fue clara.


No volví a saber nada de Igor, Yuliya ni Anastasia por años. Esos meses habían sido producto de un encuentro azaroso, efímero, y tan inverosímil que le haya sucedido a alguien como yo, que llegué a pensar, primero, que era precisamente la clase de suceso que ocurre cuando existen tantos artistas provenientes de diferentes partes del mundo en una misma ciudad. La gente sencillamente se encuentra y desencuentra en un instante y es que hay algo en Tijuana que los artistas subliman y algo en Tijuana que solo se sublima mediante el arte.

Pero con el tiempo fui perdiendo noción de lo ocurrido. En la medida en que la canción de My Heart Will Go On dejó de sonar en las estaciones de radio, bodas, quinceañeras, graduaciones y funerales, mi memoria corporal se fue perdiendo junto con la episódica, al grado de que llegué a pensar que mi encuentro con el cirquero ruso jamás había sucedido y no era más que el producto de mi volátil imaginación, porque lo que no se narra se olvida.


Vi el rostro de Anastasia trece años después en una nota periodística colgada en el timeline de mi Facebook. Me salté el encabezado y me fui directo a su fotografía porque la reconocí de inmediato. La misma cara de cachetes, en ese entonces regordetes, convertida ahora en una hermosa joven de diecinueve años. Me alegré de verla, pero después entendí por qué estaba en la nota. Según la noticia, Anastasia había sido acusada de asesinar a su madre y hermana menor. Yuliya y su hija de doce años habían sido encontradas en bolsas de plástico tras un reporte de sus vecinos, quienes se habían quejado de un terrible hedor con la policía. Mi corazón se hundió.

Horas después, la noticia cobró fuerza en todos los medios y era imposible no saber lo qué había pasado. Volví a ver a Igor en las cápsulas noticiosas de entrevistas y en fotografías de periódicos. Entonces la audición y el espectáculo que vivimos regresaron con vertiginoso ímpetu a mi memoria.

Recordé todo como la improbable experiencia que había sido, ahora a la luz de los nuevos acontecimientos que la hacían todavía más improbable. Pero esa experiencia que yo había tenido daba para mucho más que las historias de sobremesa que Tanya y Gina habían obtenido en su filmación del Titanic. La mía daba lo suficiente como para un cuento.


*Este cuento fue publicado originalmente en el libro Tijuana entre letras de la Escuela de Letras & Editorial Sanblás. Tijuana entre letras es un libro compilado por Juan José Luna con relatos de Luis Rubén Rodríguez, Martha Antillón, Rosa Alicia Esténs, Enrique Briseño López, Liliana Lanz Vallejo, Luis Manuel Reza, Alejandro Fregoso, Lorena Santana Serrano y Juan José Luna. Disponible aquí: https://www.amazon.com.mx/Tijuana-entre-letras-Spanish-Juan/dp/B0CST5KJX3 y en la librería El Día de Zona Río, Tijuana.

Mentiras que no te conté, de Elma Correa

Mentiras que no te conté, de Elma Correa, es un libro fascinante de 8 cuentos, y dignísimo merecedor del Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2021. Sus cuentos muestran protagonistas, la mayoría mujeres, que sufren por cómo establecen sus relaciones con los otros y con ellas mismas. Son mujeres, no necesariamente excepcionales ni brillantes, sino mujeres normales con los demonios de sus inseguridades latentes y a flor de piel. Pero estas inseguridades no derivan de ellas solas, sino del caos, la gentrificación, la migración, la vida nocturna, el tráfico de drogas y, sobre todo, la violencia y el crimen organizado que se vive en toda la frontera norte de Baja California, que es el lugar común que comparten los personajes.

En los primeros cuentos destaca el tema del amor enfermizo, obsesivo y, si es posible tal paradoja, también desconectado. Del aferrarse a alguien aunque la relación se esté viendo poco a poco perdida y tampoco valga mucho la pena mantenerla, pero la soledad no es percibida como opción porque el vacío es demasiado. En muchos casos, el vacío es bastante literal, pues algunas protagonistas caen o quedan atrapadas irremediablemente en él.

Destaca también el tema del cuerpo, la dismorfia corporal y la falta de amor hacia una misma. Este fue el tema que más me sedujo del libro porque está muy bien logrado. Elma no te mastica el tema a manera de doctrina, lección, sermón ni moraleja, y tampoco propone una alternativa. Sencillamente retrata la manera en que tantas mujeres sostienen la relación con su cuerpo y que esta afecta todas las otras relaciones que ellas establecen: con sus parejas, con sus amigas y amigos, con sus madres, y obvio, con la comida, con la ropa, con sus pensamientos intrusivos, con todo.

Pero luego, si avanzamos un poco más por las páginas, particularmente en el caso de los cuentos “La balada del Two-Face” y “Un cuento de violencia”, nos damos cuenta de que el narcotráfico, la violencia y los feminicidios son otros de los grandes temas del libro. “La balada del Two-Face” si acaso es el cuento más rico en imágenes, descripciones y analogías. Siendo honesta, todos lo son, pero en este no hay manera de que el personaje Said no deje una impresión duradera en la conciencia, no solo por su descripción sino por su caracterización de narco dulce, enamoradizo, a la vez que inseguro e impredecible. Los personajes femeninos también son magistralmente caracterizados, debo aclarar, pero no a partir de sus descripciones físicas, sino de sus diálogos internos, de sus manías, de sus intricadas psicologías.

La violencia se hace presente en el libro, no solo por la atmósfera de algunos de sus relatos, sino también en varios de sus clímax. Elma tiene un talento para cerrar con finales impactantes, trágicos, escatológicos y caóticos que derivan de esas atmósferas violentas, pero que de todas formas sorprenden.

La multiculturalidad, por otro lado, es un mecanismo muy importante en los cuentos de Elma. En ellos involucra migrantes haitianos, centroamericanos y chinos, pero lo hace desde una sensibilidad cultural muy admirable. La autora no solo remite a varios referentes culturales de música, comida, costumbres, sino que también usa el español, el criollo haitiano, el inglés y el francés en sus relatos. Logra retratar los crisoles del habla fronterizo, como ella misma lo describe en su cuento “All tomorrow’s parties”:

El español norteño que se mezcla con el inglés de los pochos y el mandarín, los idiomas locales, entre los que sobresalen los ecos del acento nuevo, el francés caribeño que trajeron los haitianos hace poco.

Precisamente este cuento “All tomorrow’s parties” es un cambio de atmósfera en el libro, donde conocemos a Lisa, una china mexicana de tercera generación oriunda en Mexicali. El cuento hace unas bellísimas descripciones de la familia de Lisa que incluyen sus tradiciones, su travesía y experiencia de migración, pero también sus tensiones inter-generacionales. Aquí, aunque seguimos ambientados en una ciudad fronteriza, la atmósfera se percibe completamente diferente a los cuentos anteriores y se siente como un muy refrescante respiro.

 Los cuentos de Mentiras que no te conté son impactantes, profundos, humanos y poderosos. Pero también lo es el lenguaje que la autora utiliza. Las digresiones y los saltos en el tiempo es el recurso que más destaca en esta obra y es precisamente lo que logra cuentos tan dinámicos. Varios cuentos comienzan, por así decirlo, justo a la mitad de su trama y de ahí saltan al futuro, al pasado, oscilan en círculos, en un ir y venir de tiempos y espacios logrado de manera fluida, sin marcadores gráficos ni discursivos que lo adviertan, pero tan natural que tampoco lo complica. La autora también juega mucho con sus narradores. No se casa con ninguno. Algunos cuentos tienen narradores que son protagonistas relatándose en primera persona; pero en otro cuento llamado “Fantasmas”, que ¿ya mencioné que es mi favorito?, el narrador es en segunda persona y da la sensación de que la protagonista eres tú. Otros cuentos, en cambio, son relatados en tercera persona, pero no por ello perdemos la intimidad, cercanía y profundidad psicológica con los personajes.

 No exagero al afirmar que Elma Correa es, por mucho, una de las mejores autoras regionales de nuestro tiempo. Este libro le ganó reconocimiento nacional al merecer el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2021, pero su siguiente libro, titulado Lo simple, otra joya que pronto reseñaré aquí, ha consolidado su trayectoria al merecerle el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí Amparo Dávila 2022. Dos premios nacionales al hilo de esta pluma que parece no estarse quieta y qué fortuna que así sea.

Mentiras que no te conté está disponible en versión electrónica e impresa en librerías como Gandhi y en sitios como Amazon.

Mamátzin

Crisna Donají Sánchez Ramírez
donajirama@gmail.com

Maternidad habitada

Teníamos cerca de un mes viviendo en aquél apartamento. Por el ritmo de nuestra relación, pensaba que cualquier tipo de mareo era bienvenido, hasta que, además de mareos, comenzó un fuerte desinterés por el tabaco en contraste con un deseo intenso de pulparindos a las ocho de la mañana. No recuerdo dónde compramos la prueba, pero sí estoy segura de que no fue en ninguna de las cuatro farmacias que había camino a casa.

—Salió positivo, ¿Qué vamos a hacer?

Había visto tanta propaganda proaborto, provida, feminista y terf que me costó mucho trabajo aceptar mi deseo: “Seguro  me verán como una mujer retrógrada y pensarán que mi vida se acabó, que ya no valgo la pena como mujer porque elegí el camino más tradicional”. Yo sólo necesitaba tiempo para considerar que me dolía el castigo con que las personas reaccionan ante el goce de las demás. Me dolía que muchas de esas que castigan también son mujeres con banderas moradas y verdes sesgadas por su color de piel y el dinero que tienen en el banco.

A las mujeres blancas no se les dice que “se cuiden” ni que aborten, eso se lo dicen a las pobres. El capitalista piensa que los pobres no tienen derecho a reproducirse ni a ser felices, de la misma forma en que explota a la mujer que cría sola mientras gana adeptos que viven su soltería a través de logros personales y likes.

Ayer el aborto fue reconocido en la constitución de francia. El gobierno francés pregona libertad y seguridad para sus mujeres europeas y blancas mientras financia armas para colonizar y exterminar a las mujeres palestinas y a sus hijos que nacen bajo escombros.

Mujeres del mundo elogian al gobierno francés como ejemplo civilizado de libertad sexual y reproductiva. No pudo haber sido en mejor momento que a unos cuantos días de que sea 8 de marzo, cuando la efervescencia feminista sale a las calles. Tan atinado, a unos días de los óscares, el pináculo de la propaganda euro-centrista y gringa que será comercial mientras las tropas israelíes atacan Rafah en Palestina.

Que aborten las mujeres blancas y civilizadas en clínicas prístinas y que se exterminen a los bebés deseados y amados de las mujeres palestinas, no tiene caso que vivan, no tienen lugar en el mundo.

Y aplaudan al Estado por salvaguardar los derechos de la mujer, que es quien nos ha dado el aborto; no fueron las mujeres violadas buscando en la medicina tradicional, no fueron las negras inventando formas para terminar con la esclavitud de sus hijxs.

No, que aquí el Estado es quien nos protege, por eso les da tanta rabia que no las cuiden los policías sino sus amigas. Añoran que el Estado siga siendo su protector.

—Sí quiero ser mamá.

—No sé por qué sentimos tanta culpa y vergüenza por algo que debería llenarnos de felicidad, que se joda el mundo—


Crianzas superdotadas

La ficción de que la sobrepoblación es el peor mal que aqueja el futuro de la humanidad tiene varios años siendo narrada mientras se nos convence de que ser jóvenes, solteros y productivos nos dará acceso a una vida digna. Así también, se nos convence de que quienes elijan el camino de la materpaternidad deben hacerlo de forma ordenada y planificada, y que debe desarrollarse de la mejor forma, una políticamente correcta, para que luego no haya adultos groseros, salvajes y criminales en la sociedad. Al mínimo error se nos someterá a un escarnio público en el que se nos cuestionarán las medidas de higiene, seguridad y educación con que afrontamos la materpaternidad.

Allá afuera no son tan visibles las redes que dan sostén a mapadres. Es increíble cómo se nos exige cumplir con estándares de crianza mientras se nos ofrecen cursos que sólo menguan nuestro criterio e instinto. Se amenaza y cuestiona nuestra forma de criar a los hijos mientras se nos martiriza y chantajea con recuerdos de nuestros propios traumas. Se nos asegura que trabajar horas extra garantizará un mejor futuro para nuestras crías, pero se nos priva de tiempo de calidad y se nos oprime cada vez más poniéndonos la camiseta de los lugares de trabajo. A los mapadres, si eligen quedarse en casa con sus crías, se les señala de sobreprotectores o mantenidos; pero si envían a la guardería a sus crías, también se les cuestiona, y los ataques y dictámenes sociales toman mayor fuerza cuando se diversifican por género.

Puto miedo
nada más católico
La culpa y el castigo acechando
El premio y reconocimiento acechando
De vez en cuando unx puede desdoblarse,
entregarse sin ser avalado por los terapistas digitales
Errar tierna y honestamente para volver a confiar.
Y crear. Y criar y crecer, cuerpo a cuerpo.


Mi quehacer

Decidimos que yo cuide de nene y del hogar a tiempo completo mientras papá provee lo necesario, también a tiempo completo. Por supuesto que podrán llamarme privilegiada, más no saben cuánto cuesta el kilo de jitomate o la tortilla, mucho menos otros productos, y tampoco saben los días de rebajas y ofertas en los supermercados.

Privilegiada y tradicional. Hetero-normada que continúa el pacto con el patriarcado a través de la familia y los roles de género. Yo leí mi familia y también vi otras familias en los libros y en la vida dentro y fuera de la ciudad.

Mi abuela dice que, mientras sea yo acomedida, donde quiera voy a tener un taco. Acomedida para lavar los trastes y barrer en casa ajena, para tender la ropa, para cargar un garrafón, para echarle agua a las plantas o ayudar con las bolsas del mandado.

Acomedida y vaga, diría mi madre, para saber dónde conseguir más barato el mandado o para saber dónde hay más variedad de flores o más colores de listones. Dónde está más bueno el pan y también dónde tomar los camiones depende a dónde vaya una. Vaga para saber en qué calles se disfruta más la caminata dependiendo dónde esté la sombra y dónde una puede ver pájaros exóticos en medio del mundanal.

Muchas personas que migramos sin papeles o con papeles absurdos confiamos en lo vagas y acomedidas que somos para hacer de tripas taco.

Eso que llaman «trabajo doméstico» lo desenvolvemos con pericia y gusto porque desde antes lo conocemos. Lo aprendimos de tías y tíos, de hermanos, abuelas, vecinas y vecinos. Lo traemos de antes, de donde tuvimos una comunidad en que nos cuidamos mutuamente. Por eso, para nosotros ese trabajo son cosas del hogar, no domésticas.

Doméstica es una gallina que pone, un perro que cuida, un pájaro enjaulado. Personas que trabajan el hogar, no trabajadores domésticos. Trabajar el hogar no sólo es limpiar la vivienda.

Hay salvadorxs que vienen a decir que «el trabajo doméstico es trabajo». Yo nomás veo que su narrativa se inserta en la lógica del capital de un tal señor Marx que no sé cuánto trabajo hacía en su hogar. Luego, ese argumento lo rescataron otras señoras en la misma lógica y así los blancos entendieron que ese trabajo debe ser valorado.  

Cuando habla la blanquitud en sus propias palabras y tecnicismos es que el mundo se «descubre». Para nosotros no era necesario que nos dijeran cómo valorar.

Yo tengo esta sospecha de que todos los trabajos que ponen el cuerpo son mal vistos por la lógica de los blancos. Por eso ahí estamos putxs, chachxs y madres peleando que se nos respete nuestro trabajo y la manera en que nos gusta ejecutarlo. Su reconocimiento es muy bonito; pero, ¿dónde está la naturaleza?

—A veces creo que está mal cómo lo hacemos, que efectivamente estamos reproduciendo el sistema de valores de antes, donde tú eres el padre proveedor y yo la madre cuidadora.

—Yo creo que eso no tiene nada de malo y que tampoco será eterno. Recuerda que esta decisión la tomamos juntos porque pensamos que de esta manera bebé podrá estar más seguro, feliz y mejor alimentado. Yo no creo que esto vaya a durar para siempre, y en cualquier momento me sentiría feliz de invertir los papeles.

Me gusta pensar que bajo el techo que habita mi familia no existe el Estado, tampoco la familia extendida, muchos menos las redes sociales ni el internet. De todas formas, el círculo de conocidos y amigos se va estrechando cada vez más: para mapadres treitañeros es más estrecho; con un compañero que ya era papá se estrecha aún más; con una madre migrante es más estrecho, y con ambos mapadres sufriendo ansiedad social, aún más.

Estamos aquí, siendo individuos solitarios esforzándose por sostener al otro en una coreografía submarina, como cuando fuimos peces en el vientre de nuestras madres.


Mamífera

Me pregunto qué genocidios ocurrían cuando mis padres me criaron siendo yo bebé.

La paz no existe.

Mi cría come de mí mientras se me atraviesan imágenes y videos del genocidio que no tiene fin, cuyo comienzo existe desde siempre.

No quiero ver, se me constipa la garganta en nudos y se me encharcan los ojos.

Mi cría duerme, sabiéndose seguro, aunque me aterra sentir que quizá no esté tan seguro.

De todos esos asesinatos me brota también incertidumbre y miedo.

Parece lejano, pero Haití sufre junto a la opulencia de República Dominicana y no, tampoco ha ocurrido nada y sí, también se retiró la «ayuda humanitaria», porque, como diría la negra Drullard, «los negros no son humanos», tampoco los palestinos, tampoco los mayas, otopames, txotziles, wirarikas y demás.

Y no, yo no quiero ser humana que cría con bondad.

Yo quiero ser mamífera que asesina, protege y defiende. La animala que pone su cuerpo y astucia para que este crío nuestro sea poderoso.

Yo no le voy a enseñar los números a mi hijo, tampoco sus derechos humanos. Yo le voy a enseñar la rabia y valor de su existir, que prenda fuego a los consejos que no pida, que destruya todo adoctrinamiento, que viva en guerra y honre la vida de lxs otrxs animalxs.

Que dé vida a su vida, que sea fronda.

Que aniquile a todxs lxs que se convencieron de que el empaque es importante.


Estos textos fueron publicados originalmente en un fanzine que lleva el mismo nombre, disponible en Ediciones Caradura Cafeteoría, en Tijuana.

Nacida en 1990 en la ciudad de Querétaro, Crisna Donají Sánchez Ramírez pasó su infancia entre los márgenes de la ciudad y la Sierra Gorda queretana. En su adolescencia, estudió en un centro de educación artística (CEDART) donde se formó como técnica en teatro y decidió continuar sus estudios en la licenciatura en Arqueología en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, donde se tituló en 2017.
Participó en el movimiento artístico de su ciudad natal a través del Performance, colaborando con el artista Leche de Virgen Trimegisto así como con Guillermo Gomez Peña y la Pocha Nostra, además de La Bala Rodríguez. 
Paralelamente, se desempeñó como colaboradora y reportera para medios impresos de Querétaro en la sección de Cultura y nunca ha dejado de posar desnuda para artistas y estudiantes.
En 2017, migró a la ciudad de Tijuana donde realizó trabajo de campo en la zona metropolitana de Tijuana a través de encuestas económicas de INEGI de 2018 a 2023.
En 2022, mientras gestaba a Nua, estudio la Especialidad en Estudios de Ciudades del siglo XXI en El Colegio de la Frontera Norte. Actualmente, Donaji es becaria de la Maestría en Estudios Culturales en la misma institución, en la línea terminal de Historia, memora y patrimonio cultural.

Diles que no nos vean, de Marcia Ramos

El libro de Marcia Ramos, Diles que no nos vean, es engañoso. Se disfraza tras la apariencia de un libro de minificciones, 53, para ser exactos. Cincuenta y tres minificciones que, si se presta atención, comparten un arco narrativo que los desborda y, en determinados momentos, ancla la atmósfera en un solo escenario de fin del mundo, donde nada es lo que parece ser, mucho menos los humanos.

Por esto, yo no sabría decirles de qué género es este libro. En momentos parece horror gótico, en otros, gore y en otros cuantos, ciencia ficción. A veces también tiene matices inspirados del romanticismo, como aquél que se encuentra en las obras de Poe, Quiroga y Mary Shelley, lleno además de amor dramático, pero también enfermizo, perverso y obsesivo. Por si esto fuera poco, el libro además es poesía, y a veces pareciera pintura, pintura hablada. Varios de sus relatos simulan cuadros como los que esperarías en Frida Kahlo o en Leonora Carrington: surrealistas, oníricos, inexplicables, poco lógicos, pero bellos. Si acaso, si tuviera que resumirlo en una frase, es minificción (por no decir novela de un paisaje de cuadros varios) negra, con una capa adicional de ciencia ficción.

Las minificciones de Marcia Ramos están para leerse lento. Cada palabra transporta a un escenario cargado de alegorías y conflictos cambiantes, inesperados, aunque casi siempre trágicos. En un párrafo se esconden y desdoblan los más inadvertidos paisajes, los más siniestros personajes. Justo en el instante en el que se cree haber identificado a un personaje y sus circunstancias, un adjetivo singular o una elección minuciosa de palabras traslada a otra dimensión de misma trama. Pero su uso del lenguaje no es lo único que lo hace engañoso. También sus recurrencias.

Hay claros temas recurrentes en la obra de Marcia Ramos. Uno importante es el asesinato por despecho, por furia, sobre todo, por amor. Ese que lleva a los feminicidios, por ejemplo. Sus cuentos están llenos de ellos. Feminicidios en cuartos de hotel de mala muerte, en casas, en departamentos, en carros, en todos lados, y como si fueran cotidianos. Estas muertes se cuelan en la forma de amar de sus personajes: hombres posesivos, que no ven más allá de sí mismos y las pulsiones de sus cuerpos. Lo peor de estos escenarios es que están circunscritos en diálogos, prácticas, lugares y referencias que se perciben como costumbre de todos los días. Las actitudes de estos hombres, sus formas de hablar, sus formas de “amar” (entre comillas, porque en realidad son sus formas de “poseer”) no extrañan. Es, precisamente, lo menos extraño del libro, y eso desgarra.

Entre estos asesinatos y estas formas del amar, encontramos otra recurrencia como la completa aniquilación o anulación del otro, una especie de antropofagia, que a veces es literal pero muchas otras, simbólica. Como si el ego desbordante de los personajes aniquilara a cualquier otro para ocupar todo el espacio.

La ciudad de Tijuana es otro recurso recurrente. Ya, en serio, ¿por qué es tan fácil imaginar el fin del mundo en Tijuana? Lean los escritos de mi generación y sabrán a qué me refiero. Da miedo. Da algo más… les leo:

Inhumanos

Los extraterrestres estaban a punto de destruir Tijuana, llegando a su Centro.

            Allí todo cambió: encontraron el combustible que necesitaban para seguir usando sus trajes de humanos bajo esa nave llamada desolación.

En esa desolación que parece permear en todos los personajes y en todo el libro, se percibe también una constante atmósfera onírica que se confunde con la vigilia. Una y otra vez, los sueños se desdibujan de la realidad y del fin del mundo, de lo posible y lo imposible.

Pero hay un elemento que no es recurrente y que por ello mismo sorprende: algunos silencios están cargados de significado que es recuperado en los momentos más inesperados. Por ejemplo, algunos cuentos parecen ser continuación de otros solo a partir de esas inferencias que se recuperan en los silencios. Otros son una clara continuación y el título es lo que los delata: Hay dos cuentos titulados “En el último acto” y, sí, están directamente relacionados. Lo están también “Partes del paraguas” y “Quitasol”, que fueron de mis favoritos, y, espero no equivocarme, el primer cuento “A veces el Sol entristece” está relacionado con el último, “Inhumanos”. Estos últimos que menciono confieren la impresión de arco narrativo al resto del libro o, al menos, dotan de sentido a algunos de sus referentes, como estos personajes que no se reconocen como humanos o que portan la piel como disfraz que se pone y se quita.

Hay, sin embargo, algo que me sorprende mucho de los cuentos de Marcia Ramos y que me mueve poquito de mi eje. La mayoría de sus personajes son hombres. La autora encarna a estos personajes con una naturalidad impresionante. Recupera sus pulsiones, sus afectos, sus lógicas. Vaya, cosifica a las mujeres como lo haría un hombre. Y eso explica también la violencia, la muerte y la antropofagia. Y es que en esta población de hombres enfermos, la desolación de la atmósfera se contagia. Ya para el final del libro, el lector podrá sentirse igual de devastado. Pero hay un rayo de luz al final y eso es precisamente lo que me encantó de cómo termina el libro. No todo es amor frustrado y anulado en la aniquilación. Una pareja encuentra el amor bajo el resguardo de un paraguas, y se siente glorioso.

Diles que no nos vean es un libro de la Editorial La tinta del silencio.

Las madres del rendimiento

“Tú siempre has sido madre”, fue la conclusión a la que llegó mi primera psicóloga en mi primera cita, a mis 21 años, todavía en un momento en el que acudir a terapia psicológica era visto con suspicacia por la mayoría de la población, y con terror y alarmismo por mi propia familia. “Tú siempre has sido madre”, fue la misma frase que repitieron después mi segunda, tercera, cuarta y quinta psicóloga en mi segunda, tercera, cuarta y quinta experiencia de terapia, ahora en diferentes ciudades de la República Mexicana. Quien conociera cualquier tema de mi vida personal lo tenía bien claro. Y yo también lo tenía claro: Yo siempre había sido madre. Era obvio por como había vivido mi infancia y toda mi vida hasta ese entonces, repito, mis veintes tempranos. Lo que no era tan obvio para mí era cómo habían vivido o cómo vivían los demás. Pues sí yo siempre había sido madre, ¿no era esto así para todos los demás? ¿Los demás, entonces, qué son? ¿Qué les dicen a los demás en su primera cita terapéutica?

 Yo fui[1] mamá de mi madre y mamá de mis hermanos desde que nació el menor de ellos. Yo soy la mayor de tres hermanos; el mediano tiene autismo y el menor sencillamente es el menor. Del mediano es importante aclarar que su autismo es nivel 3, porque implica que es no verbal y que sus afectaciones son tales, que no solamente necesita muchísima ayuda y supervisión en todas las actividades de su vida cotidiana, sino que las necesitará el resto de su vida. Por otra parte, siempre fue muy berrinchudo y travieso. Sus berrinches implicaban empujones, mordidas, patadas y arañazos diarios; y sus travesuras eran desde vaciar paquetes completos de harina y mezclarlos con botes de mantequilla para embadurnar la mezcla por toda la cocina, hasta esconderse en la secadora, colgarse de cabeza desde el barandal del segundo piso o huir de la casa, a veces sin pantalones. Lo que se le ocurriera o lo que los impulsos motivados por sus medicamentos dictaran. Así, mi responsabilidad número uno al regresar de la escuela por las tardes era cuidarlo mientras mis padres dormían su siesta vespertina; así como cuidarlo sola en la casa o sola en el carro o sola en donde tocara cada vez que ellos tuvieran compromisos sociales de cualquier tipo. ¿Tu hermano se comió el pegamento para hacer la tarea? Pues ahora por tu culpa ya no hay. ¿Tu hermano vació todo el Quick de chocolate en la alacena? Límpialo, no lo cuidaste. ¿Te pegó? Aprende a controlarlo. Y así, todos los días.

Ese quedarse sola, por supuesto, incluía todas las actividades que las hermanas mayores suelen asumir por default, como malamente ha dictado la cultura tradicional mexicana a las mujeres solo por serlo: hacer la comida, dar de comer, limpiar, dirigir y supervisar las actividades de los hermanos… sin que siquiera les den las gracias, se les reconozca ninguna autoridad ni se les compense de alguna manera; sino al contrario, con carga de obligación incuestionable. Esas faenas ustedes ya se las saben, pues existen infinidad de hijas mayores que han cumplido la función de madres solo por haber tenido la fortuna de nacer primero y mujer.

Con el paso del tiempo me he sabido acompañada en al menos ese aspecto, porque son muchísimas las mujeres que pasaron por lo mismo. Recientemente descubrí una cita hermosísima en la novela Tarantela de la autora Abril Castillo Cabrera:

Hay más hermanos como yo. Hermanos que se creen padres de sus hermanos, padres de sus padres, que quisieran ser hijos pero no saben de quién […] Hijos tus hermanos, hijos tus padres, Huérfano de ti.

Abril Castillo Cabrera

De verdad, Abril se creyó madre de su hermano. Yo nunca quise creérmelo. Sencillamente lo tuve que ser, y lo fui, asumiendo mi cotidianidad como algo normal. Eso sí, siempre huérfana de mí.

No sería de extrañarse entonces que yo pensara que, llegado el verdadero momento de ser madre, sería buenísima. Y esto es algo que quizá todos asumen: llegado el momento, yo seré mejor porque he visto el espectáculo desde la primera fila y he sido testigo de todos los errores que los actores cometieron, aparentemente, sin haberlos notado ni corregido. Y es que ese papel de espectador es universal, porque todos somos hijos. Por otro lado, habrá quienes, tras haber visto el mismo espectáculo y reconocido en él un desempeño espectacular o increíble a pesar de sus circunstancias, hayan decidido, muy en su derecho, no ofrecer su propio espectáculo. No tener hijos, como lo decidió Abril y como lo deciden cada vez más personas alrededor del mundo. De hecho, esta creencia es muy generacional. La comparte gran parte de los jóvenes de hoy: que, sea lo que sea que hagamos[2], definitivamente nos rifaremos la vida adulta y/o la crianza mejor que nuestros padres. Vaya, a veces somos lo suficiente soberbios como para asumir que, dada la oportunidad, seríamos capaces de cuidar, criar y educar a cualquier criatura mejor que su propia madre; como lo hacen muchos al ver a un nene pataleando en un elevador o como lo hacen algunos docentes cuando conocen un estudiante problemático.

Pero hay algo en esa ecuación de ser buena madre que se le escapa a esta generación y que yo tampoco preví cuando asumí que ya tenía todo para ser una excelente madre: el reconocimiento como madre por parte de la sociedad en su conjunto —y ya no solamente el mero trabajo no reconocido, no agradecido ni apreciado por parte de la familia—, con todas las expectativas e imposiciones que ello implica.

En cuanto la sociedad te reconoce como madre, empieza a suceder una serie de acontecimientos extraños que antes quizá solo se limitaban a las típicas preguntas insolentes de “¿Y para cuándo los hijos?”, “¿Cuándo nos das un nieto?”, “¿Y no te vas a embarazar?”, “¿Y cuándo vas a hacer familia?”, implicando desde ahí que convertirse en madre es una obligación. De hecho, esas preguntas ya llevan insinuada la pulsión del reconocimiento de cualquier mujer como madre. Porque, de alguna manera, ese reconocimiento como madre es, paradójicamente, el no-reconocimiento de la mujer no-madre y la latencia de lo que ya está por venir cuando ella lo sea, si es que lo llega a ser.

¿Qué llega entonces con la maternidad que la hace tan difícil?

Depende.

No voy a asumir que a todas las mujeres les toca igual, pues no es lo mismo convertirse en madre de ocho criaturas siendo mujer de clase alta, que convertirse madre de una criatura siendo mujer de clase media, de clase baja, soltera, viuda, adoptiva, lesbiana, con discapacidad, neurodivergente, minorizada, menor de edad… incluso que la experiencia de ser madre de un hijo con discapacidad o una madre cuyo hijo ha desaparecido o fallecido.

Pero si tuviera que ilustrarlo de alguna manera, desde la perspectiva limitada que me provee mi reducida experiencia y con sumo respeto a todas esas vivencias que yo todavía no sé nombrar, lo haría recordando los consejos y opiniones no solicitados; la violencia obstétrica; el acoso a mujeres embarazadas en los trabajos; la renuencia a dar licencias de maternidad; la falta de espacios para la lactancia y, en general, para las infancias; las críticas amplificadas de la familia —la suegra, pero también la madre, el esposo, los hermanos, las amigas, cualquier persona cercana—, y la anulación de la identidad de la que antes era mujer pero ahora es madre. Las anteriores son solo algunas de las cargas inusitadas que se adicionan al rol. La última, la anulación de la identidad de la mujer que es madre, es la más grave porque se da en todos los niveles de la convivencia social. Tan pronto la madre tiene a su bebé, la gente deja de verla como persona y empieza a verla como extensión de alguien más. El ejemplo más obvio es que, de buenas a primeras, todo mundo deja de preguntar por ella. A donde quiera que la mamá vaya, las miradas se dirigen inmediatamente al bebé, y ahí se quedan, con frecuencia olvidando saludar a la mamá.  Y si ella acude a un evento sin su bebé, le preguntarán primero “¿dónde y con quién dejaste a tu bebé?” Luego, cuando pide trabajo y quien recluta se entera de que es mamá, sus credenciales dejan de tener relevancia y sigue la pregunta: “¿y cómo le harás con tus hijos?” Lo mismo si esa mamá quiere estudiar cualquier cosa. Dicho con otras palabras, se manifiesta el entendido de que la carga de los cuidados es tuya y solo tuya, por lo que no deberías estar haciendo otra cosa.

Por otra parte, aunado a ese imperativo, está la culpa. Que por lo que comes, por si te enfermas, por si trabajas, por si viajas, por si dices groserías, por si tomas, por si vives de alguna otra manera que no pongas a tus hijos primero antes que a ti, como es la expectativa que lo hagas las veinticuatro horas, los siete días de la semana.

Agreguen todo eso a la de por sí ardua tarea de cuidar y criar un hijo. O sea, la extenuante tarea de maternar, que por sí sola ya es mucho, se ve además interferida por todo lo anterior, esa carga que añade, ni siquiera la criatura —que viene con sus propias exigencias—, sino la sociedad circundante. Es un nivel elevado de crueldad que la sociedad en conjunto impone como una especie de control que juzga necesario para su persistencia.

Pero las madres hacen poco por ayudarse a sí mismas. Hay una cereza que corona el envenenado pastel: las aspiraciones que las madres modernas desarrollan porque se creyeron el cuento que todos les narran de que ellas lo pueden todo. Las madres deben ser mujeres realizadas, mujeres exitosas, mujeres modelos —en el sentido moral y en el sentido estético—, mujeres perfectas. De lo contrario, solo son mujeres. Pero tampoco basta con ser todo eso, sino que se debe maternar desde la crianza respetuosa, la crianza positiva, el gentle parenting y todos los trends que prometen formar a súper humanos de inteligencia emocional, social y cultural elevada y que tengan todo el potencial de verse realizados, exitosos, modelos y perfectos. Porque, hagamos lo que hagamos, lo fundamental es ser mejores madres que nuestras madres, ¿correcto? Dar todo lo que nosotros no tuvimos, ¿no? Ganar… en alguna extraña carrera de la que no nos enteramos todavía el camino.

 Y en este sentido, no sé en qué camisa de once varas nos metimos nosotras solas —o quizá nos metieron[3]—. ¿Por qué pareciera que la maternidad solo la podemos concebir, pensar y vivir desde la dominación y el poder? ¿Qué especie de terreno superior se supone que pretendemos alcanzar con la maternidad? ¿Y para compensar qué faltas, qué carencias?

Ana Cinthya Uribe lo describe a la perfección en su capítulo del libro Hasta la madre: Los confines políticos de la maternidad:

Mientras que las sociedades mexicanas y latinas en general se precian de tener estructuras familiares fuertes, estas formas no siempre facilitan la independencia de la crianza, sino que se basan en ideas de dominación e instrucción. Tenemos acompañamiento, sí, pero uno no liberador, sino uno que establece pautas y modelos a seguir de lo que son consideradas maternidades exitosas. Más aún: dicha maternidad exitosa parece pasar muchas veces por un desempoderamiento efectivo de la madre, quien se convierte en un personaje secundario frente a las necesidades expresadas por criatura, y que son puestas en contrapunto frente a las ideas y teorías que se defienden a su alrededor. Y ahí, toda noción de libertad y de crianza respetuosa desaparece, porque mientras que es respetuosa con les retoñes, deja de serlo con la madre.

Ana Cinthya Uribe

Vaya paradoja eso de las maternidades exitosas que al mismo tiempo desempoderan y qué peligroso que se armamenticen las necesidades de los niños para defender discursos de poder particulares.

 No sé en qué momento entré en esa lógica yo también. Porque en mi primera maternidad, aquella que ejercí sobre mis hermanos y padres, nunca fue en esa carrera por el éxito, sino por la de sobrevivir. Era lo que tenía que hacer y no había más. Pero yo también juzgaba los errores de mi mamá incluso más severamente que los de mi papá. De hecho lo hago todavía[4], cuando ejerzo mi segunda maternidad y veo que, si bien maternar es difícil, tampoco lo era tanto como para que yo atravesara por lo que atravesé de pequeña. Pero cuando parí a mis hijas y conforme ha pasado el tiempo, entiendo y me queda claro que esa severidad de juzgar la maternidad ajena la aprendí de una sociedad que tiene cero compasión y todas las exigencias hacia las mujeres, las madres y cualquier persona gestante.

 Y es que esa certeza de que seremos mejor que nuestras madres viene cargada de ambivalencia, implica nuestra desaprobación de la crianza que obtuvimos durante nuestra infancia, muy independientemente de cómo ésta haya sido. Y esta es quizá otra característica generacional, si no, díganme ustedes: ¿por qué hay tantas mujeres madres y no-madres que tienen una relación complicadísima con sus propias madres? ¿Será que heredaron las mismas expectativas?

Tengo varias hipótesis. La primera, y más obvia, es que los hijos no dejan de ver a sus mamás como madres y no logran verlas como mujeres —a duras penas, como personas—. En este sentido, los hijos son tan egocéntricos como los niños que estudió Piaget. Por otro lado, la cultura misma y sus cambios hacen algunas maternidades de ayer demasiado contrastantes con las maternidades de hoy. Nuestras madres aguantaron de todo, no cuestionaron el papel que se les asignó y algunas hasta se glorificaron en él, en detrimento a sus hijas. Adrienne Rich tiene una manera muy sencilla de ilustrarlo:

Muchas hijas guardan rencor hacia sus madres por haber aceptado con demasiada pasividad «lo que sea». La conversión de la madre en víctima no solo la humilla a ella, sino que mutila a la hija que la observa en busca de claves para saber qué significa ser mujer.

Adrienne Rich

Pero hay otra hipótesis, quizá más evidente, aunque no por ello más fácil de explicar, y es que es imposible juzgar con las expectativas del presente los sucesos del pasado. Los hijos jóvenes que juzgan a las madres —suyas y ajenas— creen que lo hacen desde una superioridad moral específica a su generación; pero en realidad lo hacen desde un determinismo político-económico que no reconocen. Esta hipótesis déjenme explicarla.

Hannah Arendt —una filósofa y escritora judía que tuvo que escapar de la Alemania nazi de la Segunda Guerra Mundial y que posteriormente se convirtió en una de las filósofas más influyentes del siglo XX por sus reflexiones sobre política, autoritarismos y educación— señala que existe una relación muy directa entre los regímenes políticos y la forma en que los padres educan a sus hijos:

la crianza y educación de los niños, donde la autoridad en el sentido más amplio siempre se aceptó como un imperativo natural, obviamente exigido por las necesidades naturales (la indefensión del niño) como por la necesidad política (la continuidad de una civilización establecida que sólo puede perpetuarse si sus retoños transitan por un mundo preestablecido, en el que han nacido como forasteros.

Hannah Arendt

Esto tiene sentido porque vale suponer que los padres, al hacerse una idea de aquellas cualidades que son necesarias para subsistir y ser exitoso en la sociedad “actual”, educan a sus hijos en consecuencia, procurando desarrollar en ellos cualquier ventaja que les facilite lograrlo.

Pues bien, el siglo pasado estuvo caracterizado por gobiernos autoritarios y por una sociedad disciplinaria, altamente jerárquica, donde lo que más se apreciaba era el apego a marcos normativos y la obediencia. Byung-Chul Han —otro filósofo, pero de origen surcoreano con residencia en Alemania, cuyo trabajo versa sobre las formas en que el capitalismo actual manipula la libre voluntad de las personas influyendo sobre sus deseos y aspiraciones— explica que la sociedad del siglo XXI adoptó el rendimiento como su valor más poderoso; a diferencia de la sociedad del siglo XX, que era disciplinaria y estaba habitada por “sujetos de obediencia” rodeados de instituciones autoritarias. “La sociedad disciplinaria es una sociedad de la negatividad. La define la negatividad de la prohibición. El verbo modal negativo que la caracteriza es el «no-poder»”, señala Byung-Chul Han. Queda claro cuando recordamos, por un lado, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, las dictaduras latinoamericanas y los gobiernos autoritarios; y por otro lado, la iglesia y las instituciones educativas marcadas por la severidad, el orden y la tradición. Violencias institucionales de todo tipo y por doquier.

La sociedad actual, en cambio, vive la ilusión de la libertad. Las personas se creen libres para buscar su plenitud y autorrealización en el marco del capitalismo a partir del emprendimiento, el freelancing y el trabajo precario, donde se auto-explotan gustosas porque ven virtud en la productividad de ascenso perpetuo… como rendimiento creciente en economía de escala, el sueño del “libre” mercado. Así, el “sujeto del rendimiento” es “emprendedor de sí mismo” porque “La positividad del poder es mucho más eficiente que la negatividad del deber”, según Han.

En este nuevo paradigma social y político-económico —porque nuestros comportamientos, pensamientos y actitudes vienen en gran parte motivados[5] e influenciados por las lógicas, pautas y valores del sistema político y económico, que es el que rige nuestras formas cotidianas de vida mediante el trabajo y la escuela, y por ende nuestra socialización de todos los días— no es de extrañarse que la crianza positiva, el gentle parenting, la crianza respetuosa y otros trends[6] —que no digo que estén mal, porque, la verdad, cualquier cosa es mejor que la crianza disciplinaria y tradicional con la que muchos crecimos[7]— encuentren asidero y amplia aceptación en las presentes circunstancias. La misma Arendt  lo veía venir:

el hecho de que aun esta autoridad prepolítica que rige las relaciones entre adultos y niños, profesores y alumnos, ya no sea firme significa que todas las metáforas y modelos antiguamente aceptados de las relaciones autoritarias perdieron su carácter admisible.

Hannah Arendt

Pero la paradoja es esta: que en nuestra percepción de que nuestra crianza es mejor y en nuestra aceptación de estos nuevos modelos no germina la semilla de una revolución cultural que supone que somos la primera generación en romper el ciclo de la violencia psicológica y emocional hacia las infancias —como muchas veces se escucha decir en videos emotivos con música de fondo en Instagram y TikTok—, sino la mera adaptación a las condiciones cambiantes del mundo, incluyendo su paradigma político-económico. En otras palabras, igualito que nuestros padres, respondemos a las circunstancias, previendo lo que será mejor para que nuestros hijos salgan a flote en la sociedad actual. Que sean visionarios sin miedo al éxito, emprendedores, líderes, seguros de sí mismos; pero también sanos y emocionalmente maduros, para evitar la epidemia de depresión, ansiedad, estrés y otros padecimientos psicológicos —somatizables también en enfermedades como el cáncer— que, el mismo Han explica, son precisamente las dolencias de la sociedad del rendimiento, así como el alcoholismo lo fue de la disciplinaria.

Lo resumo en esto: la maternidad está —y siempre ha estado— atada al modelo político-económico de la sociedad en que se ejerce. Si esto es así, significa que no es más que otro mecanismo para su funcionamiento. O sea, una institución más de control. Y eso no se vale; no cuando el bienestar de nuestros hijos y las futuras generaciones depende de ella.

¿Qué alternativa queda entonces?

Anularla.

Sí. Anularla. Porque la maternidad no debe ser instituida ni instrumentalizada. Debemos anular la maternidad como institución, instrucción e instrumento. Que la maternidad, paternidad y crianza dejen de estar supeditadas a lo que la sociedad administra desde sus normas de control y sometimiento de nuestra voluntad y cuerpos para el beneficio de sus mecanismos que reproducen el capital y transforman a las personas en recursos humanos. Porque nosotras tampoco deberíamos ser las mamás del rendimiento. Esto que propongo no tiene por qué implicar la anulación ni el abandono de  nuestros hijos, dejarlos a su propio cuidado ni que los cuiden otras personas que no queremos, sino una apropiación consciente de lo que queremos para la maternidad y las infancias verdaderamente libres, sin servir a otra causa que el desarrollo pleno y sano. En esto recurro otra vez a Adrienne Rich, quien lo dice mucho mejor que yo. Yo sueno a cosa que da miedo; pero léanla a ella:

La lucha de la madre por su hijo —con enfermedad, pobreza, guerra, las fuerzas de explotación que empobrecen la vida— necesita ser una batalla humana común, basada en el amor y en la pasión por sobrevivir. Para que esto ocurra, la institución de la maternidad debe ser destruida.

            Es necesario que los cambios influyan en cada una de las áreas del sistema patriarcal. Destruir la institución no significa abolir la maternidad, sino propiciar la creación y el mantenimiento de la vida en el mismo terreno de la decisión, la lucha, la sorpresa, la imaginación y la inteligencia consciente, como cualquier otra dificultad, pero como tarea libremente elegida.

Adrienne Rich

Yo siempre he sido madre. Fui[8] madre de mis hermanos y madre de mis padres. De mi hermano, porque nació en una sociedad totalmente carente de servicios y oportunidades para cualquiera como él. De mis padres, porque estuvieron abandonados en una sociedad que hasta la fecha no sabe qué hacer con hijos como los suyos. Nunca tuve alternativa en esa primera maternidad. En mi segunda, quiero ser libre.

Notas


[1] Celebro que el verbo lo pueda conjugar en pasado, aunque también temo ser ingenua.

[2] Me incluyo en esto de la juventud, ¿por qué no?

[3] Sí, lo más probable es que nos metieron.

[4] Aunque ya con la misma severidad a ambos…

[5] Sin caer en el determinismo tampoco, pero sí en la marcada tendencia.

[6] Que no digo que estén mal, porque, la verdad, cualquier cosa es mejor que la crianza disciplinaria.

[7] Nótese la irónica convicción con la que afirmo esto. Está por ponerse más irónico.

[8] Hay que seguir diciéndolo en pasado. Como mantra.


Este texto se encuentra publicado en el libro Difícil ser madre, de la Escuela de Letras & Editorial Sanblás.

Libro Difícil ser madre

Contacto en lilithlanz@gmail.com y https://www.facebook.com/LilianaLanzV.

La resurrección de Rosita Morales, de Marcia Ramos

La resurrección de Rosita Morales es la primera obra teatral escrita y publicada por Marcia Ramos. La autora de Diles que no nos vean y Brevedades infinitas, ambos libros de minificciones, ahora sorprende incursionando en un género que no había explorado antes: el teatro.

En esta nueva entrega, Marcia retrata la violencia que sufren y han sufrido las mujeres a lo largo de generaciones. Tras ser apuñalada por su novio, Rosita despierta en una especie de purgatorio, un mundo entre mundos o, como dice María Magdalena —una sexoservidora asesinada por uno de sus clientes—, en “otra dimensión”, donde mujeres que son víctimas de feminicidios y otras violencias de género se debaten entre la vida y la muerte. Un lugar que poco tiene de celestial y mucho de metafísico porque, en él, parece que el tiempo se traslapa y es infinito.

En este cielo-que-no-es-cielo, Rosita Morales —asesinada en 2018— conoce a otras mujeres asesinadas o violentadas a tal grado que se acercan a la muerte; una de ellas, María Magdalena, fue asesinada en 1985; otra, cuyo nombre no es divulgado y es presentada como “Niña”, sufrió un accidente en 1974. Por último está Paulina, una joven universitaria que tiene “el don” a la Ghost Whisperer y es capaz de orientar almas en pena como la de Rosita.

Marcia Ramos

En la obra, estos encuentros en el más allá que parece un más acá se prestan para discutir lo mucho o lo poco que ha cambiado la situación de las mujeres en las últimas décadas. La violencia doméstica normalizada pero invisibilizada en los 70s, las muertas de Juárez en los 80s, los feminicidios del pasado y el presente, las oportunidades de estudiar, de independizarse, el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos y abortar, el abuso y la imposición de los cuidados a hermanas mayores y niñas pequeñas:

Niña: A veces odio a mis hermanos porque les tengo que lavar la cara y servirles la comida.

Rosita: ¿Cuántos años tienen?

Niña: Uno siete y otro ocho.

Rosita: ¿Y por qué no lo hacen ellos?

Niña: Porque son hombres y los hombres solo dan órdenes como mi papá.

En este relato, la Niña tiene apenas dos días que cumplió sus 10 años de edad.

A lo largo de la obra, Rosita se muestra optimista planteando que son muchas cosas las que han cambiado para las mujeres en el 2018. Sin embargo, conforme dialoga con otras mujeres de generaciones diferentes a la suya, se da cuenta de que, en realidad, es muy poco lo que ha cambiado. La violencia de género ha sido una epidemia a la que le hemos ido cambiando el nombre y la cara.

Rosita: Ahora es diferente, todos los días desaparece más de una mujer.

María Magdalena: Siempre fue así, solo que las mujeres morían en su casa de silencio y después se volvían parte de los muebles. Las fotos de la boda eran el recuerdo de un día lleno de ilusión y después en pequeñas muestras de desamor todo llegaba. Primero en la compra del mandado, la ropa, las fiestas donde no estaban invitadas, los silencios, en el “mi vieja”, los golpes en las piernas y los brazos. El dolor de la columna y el abandono en la vejez.

Rosita también se muestra escéptica del feminismo. El movimiento ofrece la ilusión de que las oportunidades y los derechos han mejorado para todas, pero esto no es así siquiera en la mayoría de los casos:

El feminismo tocó mi puerta en clases, pero para entenderlo tenía que compartirlo y nadie quería compartir conmigo. Las leyes a veces se aplican para los que lo tienen y para los que no, se quedan como yo.

Si bien la obra en un comienzo se presta para ser una disertación sobre perspectiva de género, con ciertos matices de humor y ciencia ficción complementarios para su atmósfera, su final, con el personaje de Niña, se siente muy íntimo y personal, como homenaje a un ser querido que inspira a seguir luchando por la vida, a resucitar.

La obra y el camino de Rosita sugiere un llamado al reconocimiento de la sabiduría de nuestras ancestras —así, en femenino—, el reconocimiento de nuestro conocimiento y fortaleza intergeneracionales. De ahí su valor literario y testimonial.

El libro se despide con un bonus track que toma por sorpresa: un cuento —no minificción, sino un cuento—. Titulado “Los restos”, éste continúa con el tema de la mujer y lo que esta pierde en el amor hacia un hombre. Es, definitivamente, un final inesperado que, en lo personal, se me antoja para prólogo o entrada para la obra.

La resurrección de Rosita Morales es un libro de la Editorial La Tinta del Silencio y está disponible aquí.

La hora rosa, de Marycarmen Creuheras

La hora rosa, de Marycarmen Creuheras, es una novela de lectura muy amena sobre un drama de pueblo chico infierno grande, en un lugar llamado El Real, cuya ubicación la autora nunca menciona, pero que, por su idiosincrasia, solo se puede interpretar que está en México.

En el relato de La hora rosa, la protagonista es Cecilia Arteaga, una joven de 16 años, queda embarazada de Felipe Camacho, de 18 años. Las familias Arteaga y Camacho son o se creen de alta alcurnia en El Real y, hasta entonces, gozan de la admiración del pueblo. De ahí la trama adquiere los matices de una novela digna de guion de Televisa, si Televisa fuera buena y llegara a los talones de este drama épico que se deriva de los valores tradicionales y machistas típicos de la época de los sesenta, aunque algunos de ellos persistan hasta la actualidad.

Tuve el placer de conocer a Marycarmen Creuheras en mi primera sesión del Taller de novela de Juan José Luna y su Escuela de Letras y Editorial Sanblás. Yo creo que llegué justo a tiempo, porque fue ahí donde escuché los primeros capítulos de esta obra. Me tocó leer y escuchar a Marycarmen cuando redactaba las primeras intrigas y con ello me dejaba picada esperando la siguiente entrega de la semana después. Desde ahí quedé fascinada por las obstinaciones de Carmina Arteaga, por el rencor de LaPinta, por el sentido de justicia del padre Nicolás, por la valentía de Inés y por el cruel amor y desamor de Cecilia.

La autora de La hora rosa

Los personajes de Marycarmen están llenos de color. Sus diálogos, sus motivaciones, sus ideas son unos de los aspectos más entretenidos de este libro. Son tan teatrales que una casi se los puede imaginar con los acercamientos intensos de cámara y la música dramática de fondo. Además, cada uno experimenta un cambio o un crecimiento a partir de la tragedia de Cecilia.

Mis favoritos, sin embargo, son los personajes de la familia Camacho. Totita y Luis son verdaderamente los mejores. En esta trama es notorio cómo todos los personajes caen víctimas de sus propios preceptos: sus ideas tradicionales, sus ambiciones, su sentido de moral y justicia. No consideran las alternativas porque se mantienen leales a esos preceptos. Pero los Camacho no. Los Camacho se la saben jugar, son estrategas. Son unos artífices del engaño y por eso los disfruté tanto. Engañan a todos en el pueblo, pero también engañan al lector, porque los giros más interesantes e inesperados de la trama son aquellos donde ellos hacen sus actos de aparición.

Si bien uno puede irse con la finta de que esta historia es un drama que versa en torno al problema del embarazo de Cecilia, creo que esta trata de algo mucho más profundo: la forma en que las familias capitalizan a sus hijos. La manera en que las familias administran la vida de sus hijos con base en cómo ésta les da beneficios, estatus y poder. Es una noción trágica, pero real y quizá culturalmente universal, porque pasa en México pero pasa en muchos de los países que se siguen caracterizando por ser tradicionales. Pero en ese juego de poder, los que más pierden son los hijos, todos ellos. En este relato la pobre Cecilia es la que lo pagó más caro que nadie.

La hora rosa, de Marycarmen Creuheras

Por último, quiero destacar el talento literario que más le he admirado a Marycarmen con esta entrega: sus transiciones. Y esto es algo que algún día quisiera poder dominar también. Yo, de simplona, hago mis transiciones con un sencillo espacio en blanco, como quizá lo hacen muchos otros escritores. ¿Quiero cambiar de escena? Fácil. Cierro con punto y aparte, doy doble enter para dejar espacio en blanco y entonces prosigo con otro segmento de texto. Marycarmen no. Marycarmen se acerca a lo que hacía Virginia Woolf en Mrs. Dalloway. El narrador transita de escena a otra como si se elevara por los aires, con una mirada todo-abarcadora que sencillamente posa su atención en otro punto que converge con el plano de otro personaje. Les doy un ejemplo. Hay un capítulo donde estamos en la casa de los Arteaga, pero al mismo tiempo se está armando algo por parte de Totita en otra parte del pueblo.

Las dos hermanas entraron a la casa dirigiéndose a buscar a Inés. El sol se empezó a ocultar y la luz que iluminaba a El Real era rosada. Nadie en casa de los Arteaga imaginaba los acontecimientos que se avecinaban. La luz dejó de ser rosa para dejar entrar a la oscura noche. No había luna.
Totita se estacionó a la orilla del camino. El padre llegó andando.

Lo mejor: Marycarmen culmina el último párrafo de su obra con una transición similar de ese estilo, aunque mucho más bella. Esa no se las citaré. Esa dejaré que ustedes la descubran.

El libro La hora rosa se encuentra disponible en versión impresa y electrónica en Amazon, aquí.