Buenaventura. 240 horas a la deriva, de Luis Rubén Rodríguez Zubieta

El nombre del puerto que da título a la primera novela de Luis Rubén Rodríguez Zubieta es también una descripción perfecta de su trama: más que una buena-aventura, se trata de una extraordinaria odisea marcada por la deriva —y casi naufragio— de un barco con su tripulación y pasajeros.

En esta novela de tintes autobiográficos, Dagoberto y Lucio, de 17 y 18 años respectivamente, se embarcan en un navío que transporta vehículos desde Panamá hasta el puerto colombiano de Buenaventura. El viaje debía durar 36 horas, es decir, un día y medio. Ambos jóvenes, originarios de México, iban rumbo a la Patagonia argentina para conocer los países del sur, su gente y sus costumbres, pero sobre todo para ser testigos de primera mano del desarrollo del socialismo en Sudamérica. Corría el año de 1973 y Salvador Allende aún gobernaba Chile, pero tras el golpe de Estado de Pinochet, los muchachos se vieron obligados a modificar su ruta y evitar territorio chileno. Así fue como decidieron embarcarse en el “Maravilla”.

El trayecto que prometía durar día y medio terminó extendiéndose a 240 horas —10 días, para quienes batallamos con las matemáticas—. Y uno podría pensar: “¡Qué a gusto! Una vacación que se alarga inesperadamente.” Pero no: como la tripulación solo tenía provisiones para un viaje corto, la escasez pronto se volvió una amenaza real.

A lo largo del relato, conocemos no solo a Dago y Lucio, sino también a toda la tripulación y a una veintena de turistas que viajaban con sus autos en el Maravilla. Hay canadienses, estadounidenses, mexicanos, venezolanos, colombianos, ecuatorianos, bolivianos, chilenos, uruguayos, argentinos, alemanes, franceses y austriacos. La tripulación incluye cubanos, panameños, salvadoreños y guatemaltecos. No enumero estas nacionalidades por ociosidad: Luis Rubén Rodríguez Zubieta se compromete a representar con esmero las lenguas y variantes dialectales de cada personaje, logrando una ambientación riquísima en la que uno puede imaginar claramente a cada uno de esos casi 30 personajes hablando y discutiendo a bordo. Armar una historia coral así ya es admirable, pero hacerlo con tanta naturalidad y precisión lingüística lo es aún más.

Además, la novela introduce al lector en la jerga marítima a través de las múltiples comunicaciones entre los capitanes, las tripulaciones de otros barcos y los administradores portuarios. Ignoro si Luis Rubén se basó en recuerdos, en archivos, en investigación posterior o si ya era conocedor del lenguaje náutico, pero el resultado es sumamente verosímil.

Por si fuera poco, el texto incorpora diversos formatos: anotaciones de cuadernos, cartas, telegramas, mapas y recortes periodísticos, lo que la vuelve una novela multimodal que enriquece y amplifica la experiencia de lectura. A mí me pareció fascinante, sobre todo como representación fiel de la diversidad lingüística y cultural de sus personajes. Una siente que va a bordo del Maravilla, conversando con ellos.

El autor, además, es generoso. No solo recrea el ambiente del barco con gran pericia, sino que al final del libro ofrece un glosario amplísimo con términos marítimos y regionalismos, lo cual agradece enormemente cualquier lector curioso. Luis Rubén tiene, sin duda, una inclinación lingüística: en su capítulo “Los dialectos”, del libro Tijuana entre letras (publicado este año), recopila palabras del habla tijuanense y las compara con variantes de otras regiones de México. Por eso me atrevo a decir que, para él, la diversidad lingüística no es un accesorio: es su mero mole.

Dejando un poco de lado ese enfoque, quiero cerrar con una apreciación más personal. Cuando pensamos en un barco a la deriva, lo primero que viene a la mente es la incertidumbre: el no saber dónde están los náufragos ni qué ayuda necesitan. Como en la película Náufrago con Tom Hanks, el drama suele centrarse en que nadie sabe que el personaje está ahí. Pero en esta novela ocurre lo contrario: todos saben dónde están el Maravilla y su tripulación. Todos los puertos colindantes están enterados. Y, sin embargo… la humanidad actúa como suele actuar: con indiferencia, negligencia, burocracia o apatía.

Eso fue lo que más me impactó del libro. Como comento en mi texto “Foxplorations” del mismo Tijuana entre letras, crecí en una familia muy panista, donde el pensamiento mágico era común: esa creencia de que alguien se hará cargo de los problemas. Ese optimismo ingenuo que lleva a publicar una foto de un bache en Facebook esperando que, con eso, alguien lo repare. Esta novela desmantela por completo esa idea. Nos recuerda que puede haber necesidades urgentes —como el rescate de un barco a la deriva, la protección del agua o la conservación de las lenguas—, pero si no hay una persona concreta y responsable que las atienda, o si esa responsabilidad puede ser desplazada infinitamente, esas necesidades simplemente quedarán sin resolver. Y cuando algo por fin parece avanzar, la ley de Murphy aparece para recordarnos que todo lo que pueda salir mal… saldrá mal.

No exagero cuando digo que esta es una historia que atrapa de principio a fin. Cuando la leí, me desvelé tanto que tuve que obligarme a dejarla para dormir. Y al dormir, soñé con lo que podría pasarle a los personajes, porque me había quedado justo en uno de esos múltiples momentos en que la muerte parece inminente.

Recomiendo muchísimo esta novela. Si existiera la posibilidad, me encantaría no solo tenerla en físico, sino también poder escucharla como audiolibro. Sería un viaje extraordinario.

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Publicado por Liliana Lanz

Doctora en Ciencias Sociales, maestra en Lingüística aplicada y docente con experiencia de más de 15 años. Mis temas de interés son el bilingüismo, el análisis de discurso y la mercantilización del lenguaje. Me identifico como feminista, translingüe y madre contestataria.

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