Foxplorations

Salvo en las óperas y los melodramas, la muerte es un anticlímax.
-Rosa Montero

Fue hasta la sexta voltereta en que Tanya y Karina estuvieron a punto de caer de cabeza al piso que me convencí: este señor no me va a soltar. Me terminaron de convencer sus manos; sus nudillos estaban blancos por la fuerza con que se aferraba a la piel de mis amigas. No se me ocurrió pensar si esa forma de agarrarlas les ocasionaba algún dolor. Solo tuve claro que no iba a dejar que me cayera, y eso para mí fue suficiente. Ese desconocido se había ganado mi entera confianza.

 Estábamos en una casa de Real del Mar que, días después descubrí, no era suya, sino de alguien, nunca supe quién, que se la había prestado para esa audición. De haber sabido esto antes, probablemente no habría aceptado llegar tan lejos en ese proyecto del que todavía desconocía la mayor parte. La casa tipo hacienda, como se estila en ese lujoso fraccionamiento de arquitectura colonial con toques de California chic, tenía un patio divino frente al mar, con alberca y explanada amplia de loseta. Era el atardecer.

Había visto primero a Tanya. Debía ser ella primero, porque fue su mamá, Gina, quien nos había conducido en su auto a ese encuentro.

—Es un señor que trabajó como acróbata y equilibrista en el Cirque du Soleil. Viene desde Rusia y está buscando bailarinas para un show sobre el Titanic —nos platicó mientras manejaba por la carretera escénica Tijuana-Ensenada.

Ahora que veo todo esto a la distancia y sé las cosas que sé ahora, es bastante probable que Gina se hubiera confundido de circo; pero yo con la idea de conocer a alguien del Cirque du Soleil ya me sentía soñada. No podía pensar en algo más espectacular que eso.

Tanya era una gran bailarina. Agraciada, creativa, tenía una larga melena de cabello dorado que caía hasta su espalda baja, piel blanca y ojos verdes. Era evidente para mí que ella sería la mejor candidata para la audición, no solo por su calidad de movimiento y gracia, así como su look que la hacía pasar por americana aunque no lo fuera, sino porque tenía la certeza de que debía existir algún tipo de lealtad entre extranjeros europeos que, movidos por el exilio, los extremismos, las guerras o incluso la precariedad que trae consigo la pasión por el arte, deambulan por el mundo buscando algún refugio que encuentran en Tijuana. Tanya era de ascendencia polaca. Su abuela había sobrevivido a los gulags de Stalin en un campo de concentración de Siberia en el que fue recluida el día de su décimo tercer cumpleaños. Aguantó lo suficiente para ver el día en que un soldado americano le extendiera la mano, en 1943, para sacarla a ella y al resto de los sobrevivientes, y ofrecerles asilo, ya fuera en Sudáfrica o en México. Ella eligió México.

Pero quizá fue precisamente porque Tanya era una excelente bailarina que no le fue tan bien en esa audición. El cirquero, sin gran preámbulo, explicación ni contexto más que la indicación de que corriéramos hacia él y nos impulsáramos con un brinco, le hizo una señal con la mano para que ella comenzara primero. Así lo hizo. Al brincar, el acróbata la levantó sosteniéndola con ambos manos por los huesos de su cadera y la balanceó sobre su cabeza, acostada boca abajo con los brazos extendidos. Parecía que volaba sobre él como Superman. SuperTanya, al menos por tres segundos, antes de que el miedo por lo que sucedía la dominara. Su cuerpo, que hasta hacía unos segundos parecía firme, empezó a debilitarse y flaquear.  Su torpeza empezó a meter en evidente apuro al cirquero, quien ahora parecía estar batallando con un maniquí hecho de gelatina. Acto seguido, y sin quitar las manos de sus caderas, equilibró a Tanya hacia abajo, deslizándola lentamente como si la hiciera darse un clavado en cámara lenta hacia el piso, antes de tratar de elevarla de nuevo, esta vez, en una sola mano. Tanya no pudo más. Estiró una de sus piernas en un esfuerzo por tocar el piso y bajarse de esa poco anticipada acrobacia.  

Luego llegó el turno de Karina. Ella era la más alta de las tres, incluso más alta que él. Una auténtica amazona. A juzgar por los movimientos de ambos, supuse que Karina era más pesada y difícil de equilibrar porque él no tenía el suficiente contrapeso para balancearla. Pero en su intento, descubrí que los ejercicios que ese hombre hacía eran los mismos que había hecho con Tanya, y en la misma secuencia. Eso me dio una injusta ventaja, porque entonces supe qué podía esperar. 

Cuando por fin llegó mi turno, me dejé llevar. Preferí cerrar los ojos, sentir los vaivenes de cómo él movía mi cuerpo, y solo fluir. Él me había advertido que todo lo que yo debía hacer era mantenerme firme, no como tabla tampoco, sino con resistencia abdominal y extremidades firmes. Duramos, si acaso, quince minutos. Al final de la secuencia, enganchó mis piernas en su torso y me pidió que flexionara mi espalda lo más atrás que pudiera para él tomarme de los brazos y formar conmigo una gran D en el aire. Cuando por fin me aterrizó de regreso al piso, una sonrisa pobló sus delgados y pálidos labios.

—Decidido: tú serás la protagonista de mi coreografía —afirmó.

Pensé que mis amigas se desilusionarían, pero las noté aliviadas. Yo estaba quitada de la pena, como si nada hubiera pasado, pero a ellas la experiencia las había dejado aterradas. Era notorio que no la querían repetir.

Fue así como Igor me eligió para ser su pareja de acrobacias en un espectáculo que, él juraba, reactivaría la actividad y la economía de Foxplorations, el parque de atracciones del estudio cinematográfico que la 20th Century Fox instaló en Rosarito. Yo tenía diecisiete años.


Los ensayos que siguieron a esa audición debieron sacudirme de mi fantasía, pero no lo hicieron. Mi ilusión era demasiado grande: quería verme rodeada de estrellas de cine, buffets todo-lo-que-puedas-comer, jacuzzis y albercas, vestuarios excéntricos e incidentes increíbles que proveyeran una fuente ilimitada de historias para la sobremesa, como lo habían estado Tanya y su madre siete años antes. Me impulsaba el deseo de vivir en carne propia aunque fuera una probadita de esas experiencias que se me antojaban maravillosas e inusitadas para mí, una hija mayor en una familia católica y panista en Playas de Tijuana. De esas familias en las que añadir “conservadora” resulta redundante. De esas que creen que el orden social se rige por la autoridad autocrática y el orden, pero que al mismo tiempo se explican la vida y sus circunstancias con base en pensamiento mágico. De esas que se escandalizan por siquiera la idea de llegar a casa cinco minutos después de las ocho de la noche, de comer tres galletas en lugar de dos, de ir en falda a la iglesia, de pasar mucho tiempo con niñas como Tanya, cuya madre era soltera y no asistía a misa.  De esas que veían ese tipo de anhelos como el libertinaje que acerca a las tentaciones en las que son sorprendidas las estrellas de la farándula en las noticias de las TVNotas.

Gina había leído un anuncio que buscaba extras para un gran proyecto cinematográfico en Rosarito, un poblado del entonces más extenso municipio de Tijuana. Yo tenía diez años. Recuerdo que ese día Gina pasó a mi casa para recoger a Tanya —era mi vecina, así que nos la pasábamos una en casa de la otra— anunciando que iba a ver de qué se trataba esa misteriosa audición. Recuerdo también que sus labios articularon una incierta y tímida invitación, por si me quería unir, pero su incertidumbre sobre lo que íbamos a encontrar allá me desalentó y no insistí en acompañarlas. Mi impulso bien estúpido fue preguntar a qué horas estaríamos de regreso, para saber si lograría regresar a mi casa antes de las ocho. Bien tonta, de veras. ¿Qué iba yo a saber? No tenía edad para votar, pero la actitud panista de mi familia calaba hondo. ¿Cómo íbamos a ver un lugar desconocido así nomás, sin hora establecida para nada y probablemente sin oficio ni beneficio? Me quedé en mi casa en mi mundo aburrido mientras Tanya y su madre lograron trabajar durante más de tres meses como extras para Titanic, una película tan titánica como su nombre que duró más de 8 meses como éxito de taquilla en el cine, cuyas tres horas y media de duración no cupieron en un solo VHS sino en dos y cuyo soundtrack se repitió como disco rayado en todas las estaciones de radio, canales de televisión, tiendas departamentales, bodas, quinceañeras, graduaciones y funerales por años.


Fue la primera película filmada en el nuevo Fox Studios Baja de Rosarito, y no solo cambió todo para el cine sino que prometió cambiar todo en Baja California para convertirla en una apantallante Baja Hollywood. Y todos querían ser parte de eso. Medio Tijuana moría por involucrarse con aunque fuera un poco del glamour hollywoodense que emergía de Rosarito. Los habitantes de ambas ciudades suponían ahora la muy probable posibilidad de encontrarse a estrellas de cine en restaurantes locales comiendo langosta o ensalada césar, o en las calles visitando tiendas de curios. Tijuanenses y rosaritenses empezaron a alucinar la atmósfera de Beverly Hills como si el nuevo estudio cinematográfico se las hubiera acercado. Así suele ser la gente que reside en esta frontera. Desplazan sus sueños y aspiraciones a otra parte que perciben siempre cercana y al alcance si tan solo se presentara la oportunidad.

Los rosaritenses, avorazados, aprovecharon la ocasión para independizarse de Tijuana y declarar su propio municipio, uno que pudiera ser impulsado por su turismo e incipiente industria de cine. La expectativa era enorme y con justa razón: el filmcrew había construido un barco a escala del Titanic que, montado sobre un tanque de agua del tamaño de veintiséis albercas olímpicas, coronó el horizonte del Océano Pacífico sobre la carretera escénica, en el tramo de Ensenada a Rosarito, por más de un año. Era imposible no verlo e imposible no imaginar qué estarían haciendo todos esos actores, camarógrafos y artistas de maquillaje y vestuario ahí.

—¡Esperar! —recuerdo que me dijo Gina—. Comer y esperar, comer y esperar. Podemos esperar en albercas o jacuzzis, con los vestidos de época puestos encima, pero es puro esperar. Podemos estar horas antes de que nos llamen para hacer algo.

Ella lo decía como si fuera todo un tedio, aunque yo habría preferido mil veces eso a estar sola en casa. Tampoco lo hacían gratis. La productora les pagaba ochenta dólares al día a cada una. Era un tedio bastante lucrativo. Y por más aburrido que fuera, al final valió la pena. Mi amiga logró salir al menos tres veces en la película, una de ellas justo cuatro segundos antes de que aparezcan las letras TITANIC abarcando toda la pantalla que marca el inicio de la historia. ¡Tres veces! ¿Y yo cuántas salí? Ninguna. Ella hasta había conocido a Leonardo DiCaprio. Me dijo que de no haber sido porque faltó un día a la filmación, habría sido ella quien hubiera bailado con Leo en la escena antes de que Jack y Rose se enamoraran.

El anhelo de vivir algo así como Tanya y su mamá era lo que en ese momento me tenía motivada siguiendo las órdenes e indicaciones de Igor, no pese a que, de buenas a primeras, ningún elemento de esos ensayos trajo consigo un ápice del glamour de los Fox Studios Baja y mucho menos del Titanic.

Nuestro primer ensayo fue en un patio de concreto en una vecindad escondida de la colonia Las Huertas, pasando la 5 y 10, la Plaza Carrusel y las Brisas. Igor me había citado a mí pero también a Tanya, a Karina y a otras bailarinas que quisieran unirse. A ellas les montaría un show tipo cabaret al ritmo de Lady Marmalade del soundtrack de la película Moulin Rouge; a mí, la coreografía en dueto con él con la canción que se resistía a pasar de moda, My Heart Will Go On,de Celine Dion. No pasó para mí desapercibido el cambio de ese patio hermoso con alberca de la casa de Real del Mar a ese viejo patio con lavadoras, secadoras y pipas de gas viejas, amontonadas en las paredes junto con cubetas, trapeadores y escobas a unos pocos metros de donde ensayábamos. Me había presentado en suficientes salones de baile y teatros como para tener mayores marcos de referencia, y ese era el peor lugar para practicar en el que había estado.

Igor dedicó la primera hora a montar la coreografía a mis compañeras. Yo estaba feliz de no tener que ensayarla ni aprenderla. Con lo acostumbrada que estaba al rigor del ballet clásico, era imposible que yo pudiera mover la cintura y las caderas como ameritaba ese baile. Como no tenía caso que lo esperara de pie por una hora, Igor me invitó a pasar a una de las habitaciones de la vecindad. Entré, un poco resignada por no tener más que hacer. Era una recámara chica, con una cama tamaño matrimonial, un buró y un pequeño televisor enfrente. Ahí, sentadas en la cama, estaban una mujer y una niña pequeña que aparentaba unos seis años. La mujer, al verme entrar, se levantó de la cama y extendió su mano para saludarme. Noté que estaba embarazada.

—Me llamo Yuliya, mucho gusto —me dijo al mismo tiempo que me estudió con su mirada rápido de arriba abajo, intentando disimular—. Ella es mi hija, Anastasia —agregó cordial.

Pasé toda la hora esperando ahí con ellas. No soy mucho de sacar plática y, para mi fortuna, ellas tampoco. Anastasia, una niña de tez blanca, cabellos dorados con toques castaños, ojos verdes y pobladas mejillas, jugaba con una Barbie mientras rondaba por la habitación. Solo me preguntó qué iba a hacer ahí en su casa y se dedicó a su muñeca y a la televisión, cambiando los canales hasta encontrar Dragon Ball. Su madre, alta, delgada, barbilla afilada y cabellos largos y rubios, me dejó sola en la habitación con la niña. No intercambiamos más palabras.

Cuando por fin llegó mi turno para el ensayo, Igor retomó los movimientos que había hecho en aquella primera audición e incorporó varios nuevos. No marcaba los pasos. Me elevaba por los aires, aferrándose a mi cintura y a mi espalda con sus manos, y me dictaba qué hacer. Baja la cabeza, desliza las piernas, dobla, expande. Sin espejo, para mí era imposible saber lo que estaba haciendo, pero tenía que confiar en que, lo que fuera, se veía bien y digno para un espectáculo.


Sentía mi espalda arder en fuego. Llevaba un mes entrenando y la fecha del estreno del show se acercaba. Me quité mi ropa y busqué mi espalda en un espejo. Encontré las dos manos de Igor marcadas en un rosa intenso en la parte alta de mi espalda, y cinco moretones redondos a la izquierda y otros cinco a la derecha de mi cintura. De mis labios se escapó una sonrisa. Claro, por algo tenía que dolerme. Me dio risa pensar que, en los ensayos, sus manos me daban soporte y seguridad para no caer al suelo; pero, fuera de ellos, solo me daban dolor. Gajes del oficio, pensé. Similar a como los dedos de los pies de las bailarinas se desfiguran con las puntas, mi espalda se desfiguraba con la acrobacia. Pero sería una estrella y al final todo habría valido la pena.


Tuvimos los últimos ensayos en mi escuela de baile. La increíble historia de que estábamos entrenando con un cirquero ruso llamó la atención de mi maestra de ballet y ella misma ofreció su espacio, no porque sus condiciones fueran más favorables, sino para no quedarse fuera del chisme ni perder la oportunidad de vigilar lo que Igor nos enseñaba. Tanta debió ser su curiosidad que no le cobró renta.

Fue la primera vez que vi mi rutina con él en un espejo, al menos las partes de ella en que mi cabeza podía estar erguida. Si me detestaba en el espejo yo sola, por supuesto que me iba a detestar también acompañada, pero no podía negar que la secuencia era impresionante. Las figuras que lograba hacer en el aire eran majestuosas y entre el cuerpo de Igor y el mío lográbamos tal altura que prácticamente tocaba el techo del salón con mis manos.

Fue la primera vez que mi maestra de ballet dijo que estaba orgullosa de mí. La bailarina que nunca había ganado un papel protagónico, pero que había sido elegida por un acróbata extranjero para triunfar en el parque Foxplorations de los Fox Studios Baja. Inaudito.

***

Yuliya caminaba de la mano de Anastasia por los pasillos de un pequeño museo dedicado a la película del Titanic dentro del parque Foxplorations. Igor se había ido a arreglar los últimos detalles. No estaba muy seguro de a qué hora sería el estreno de nuestro espectáculo. Era un sábado de 2002 por la tarde; estaba despejado aunque con ráfagas de viento. Según lo que había dicho Igor, nuestro número sería el que por sí mismo debía convencer a los directivos de Foxplorations a abrir el espacio para más presentaciones. Era, por así decirlo, la pieza que le aseguraría el trato. El número de Lady Marmalade con mis compañeras debía esperar, en parte, porque ni ellas ni Igor podían hacer la inversión para su vestuario sin el apoyo de patrocinadores. Yo iba en un sencillo leotardo y falda translúcida blancos que tenía en mi casa. Igor se había ido similar, todo de blanco, con mallones pegados al cuerpo. Sencillos porque, al final de cuentas, los que importaban eran los movimientos de la coreografía. El toque extra de emoción e impacto se los debía dar la canción, tan importante para ese lugar, que debía traer consigo el eco del exitazo del Titanic.


Acudí ese día al parque de Foxplorations con mi novio, Daniel. Teníamos que aprovechar porque sabía que no podían cobrarnos la entrada. ¿Cómo iban a cobrarnos si yo estaba por hacer que el parque se desbordara de visitantes de nuevo? Llevaba varios meses de novia con él. Un muchacho de estatura mediana, tez color cobre, cabello azabache tan largo que llegaba a sus hombros, y unos ojos grandes y alargados, con pestañas pobladas negras que parecían delinearlos, enmarcados por cejas gruesas. Su mirada exudaba una sensualidad de lejanas tierras gitanas que me seducía.


Daniel y yo caminábamos de la mano por los pasillos del museo. Foxplorations era un parque con una entrada amplia que dirigía a una serie de edificios no mayores a cuatro pisos que, por sus colores vivos y su diseño renacentista, parecían falsos o cercanos a una caricatura de realidad. Ni idea de qué película pudo haber sido filmada ahí. Los estudios ya tenían un par de éxitos en su haber, entre ellos Titanic y Pearl Harbor, otro peliculón eterno de tres horas, y ninguna de esas películas había mostrado en pantalla esos edificios. La tendencia era que las películas filmadas en los Fox Studios Baja tenían que ver con el mar, la navegación o la guerra, entonces toda la parafernalia del parque y sus pequeños museos tenía que ver con barcos y aviones. Ahí estábamos viendo decenas de maquetas a escala del Titanic y de otros barcos menos famosos por no haberse hundido, muestras de turbinas marítimas, anclas, uniformes, vestuarios originales de los actores, alguno que otro memorabilia que pensaba ya haber visto en Hollywood, como el alien de cabeza curva negra de Ridley Scott que nunca falta, y centenas de fotografías de la filmación del Titanic. Tanya no aparecía en ninguna, pero Leonardo y Kate Winslet sí, en una que otra. Vi cada foto con atención, tratando de imaginar qué habría sido estar ahí. Así, iba absorbiendo con la mirada cada foto, hasta que, de repente, Anastasia se escabulló entre los dos, tomó mi mano con fuerza y la separó de la de Daniel. Me dijo que me fuera con ella y la seguí, pensando que su padre, Igor, había mandado a llamarme.

—¿Por qué estabas tomada de la mano con él? —me interrogó con sus ojos bien abiertos.

—Porque somos novios y nos gusta ir tomados de la mano —contesté, asumiendo inocencia en su pregunta.

—No, no, no —su cara en este punto era de espanto—. Tú no puedes estar de novia con alguien como él —aseguró con firmeza.

Volteé a mi alrededor, revisando si alguien nos veía o escuchaba. Por un momento pensé que alguien la había enviado a separarnos, quizá por juzgarnos imprudentes, aunque solo estábamos tomados de la mano y no era para tanto.

—¿Por qué no puedo estar de novia con él? —le pregunté.

—Porque tú eres blanca —me contestó—. Tu mano se ve mal con la de él.

Blanca yo. Blanca ella, blancos ellos. Viviendo en un país de contrastes.

Pensé en Igor y en Yuliya, en cómo y por qué habían salido de Rusia. Pensé en la mirada de los extranjeros, en los dogmas que se resisten a morir a pesar de todo. No era tan diferente de la mirada de los propios mexicanos tampoco. ¿No proviene la fascinación por lo extranjero de algo similar? ¿No es por ello que nos cautiva la idea de replicar el glamour y la prosperidad del otro lado de la frontera en los confines de nuestro propio lado?

Me entristecí. Luego pensé en lo impactante que debió ser para ella ver un ejemplo cercano de pareja que ella consideraba interracial, en su shock de ver nuestras manos bicolores. A partir de ese momento agarré la mano de Daniel con mucha más fuerza, en lo que esperábamos el comienzo del gran espectáculo.


El show estaba por comenzar. Descubrí justo en ese momento que no había tarima, escenario, escenografía ni nada parecido sino solo el piso de concreto de la explanada del parque, similar al de la vecindad del entrenador, pero liso y parejo. Ya era ganancia; literal, había entrenado para eso. Bailaríamos con el mar y el atardecer a nuestras espaldas. Tampoco había asientos ni butacas, que quizá habrían hecho más evidente lo vacío del parque, porque en él solo había seis visitantes además de nosotros.

La música comenzó con las notas agudas de una flauta irlandesa que parecen imitar el sonido de las corrientes del viento en el mar.

Every night in my dreams I see you, I feel you, that is how I know you go on…

No hubo presentación alguna que anticipara el espectáculo. No hubo primera, segunda ni tercera llamada, solo música replicando de unas bocinas de karaoke. Yo estaba de un lado de la explanada e Igor de la otra, ambos solemnes ante el comienzo de la secuencia. Corrí hacia él para impulsarme y me elevó por los aires como habíamos ensayado por dos meses. Yo no estaba nerviosa, no sé si él sí. Todos los movimientos salieron a pedir de boca. Desde mi posición de superchica en las alturas, me deslicé por su cuerpo para hacer la figura principal de la coreografía, la gloriosa D.

…You’re here, there’s nothing I fear and I know that my heart will go on

Sostuve la D con mi pecho erguido y mi cabeza alineada con el horizonte del mar. En eso, una fuerte ráfaga de viento me obligó a cerrar los ojos. Me mantuve serena. Una segunda ráfaga de viento, más intensa que la primera, sopló inclemente, y con ella sentí a Igor luchar por mantener su equilibrio. Empezó a temblar, pero yo seguí confiando en que no me soltaría. Era un profesional de Cirque du Soleil; no tenía por qué soltarme. Una tercera y cuarta ráfagas de aire arremetieron contra nosotros. Y ahí en mi D inalterable, firme e infranqueable, sentí a Igor dar pequeños saltos hacia atrás para mantener su balance. Nuestra figura más imponente de la coreografía rebotó cuatro veces en la explanada de concreto del gran Foxplorations.

…You are safe in my heart and my heart will go on and on, hmm hmm hm.

 Terminada la canción, alcancé a escuchar unos que otros aplausos. Con los pies ahora sí en la tierra, hice reverencia de despedida a nuestro público de seis personas.


A la izquierda de la explanada central de Foxplorations se encontraba una tienda de souvenirs. Me metí todavía con el leotardo y la falda translúcida blanca y me aventuré por los pasillos, observando las postales, las plumas, las playeras y las sudaderas con los logos del parque y del Titanic. Igor se acercó a mí y me felicitó por la presentación. Me dijo que hablaría con los directivos y que me daría respuesta en unas semanas. Entonces buscó su cartera, sacó un billete de quinientos pesos y me lo entregó:

—Un pago por tu esfuerzo —me dijo.

Lo acepté de inmediato. Era mi primer pago por bailar. Solo los bailes en público generan dinero; los ensayos, no. Así lo entendí entonces, aunque ahora no lo entiendo. Quizá el pago era un gancho para seguir bailando en esas condiciones o una despedida por si todo hubiera culminado en ese momento.

***

No volví a saber nada de Igor hasta tres semanas después. Escuché el repicar del teléfono y al contestarlo escuché su voz desde el otro lado del auricular. No mencionó nada en lo absoluto sobre la coreografía ni Foxplorations y se fue directo al grano. Me quería recomendar para trabajar como acróbata con él en un circo que estaría en Tijuana ese fin de semana en Zona Río, el distrito financiero de la ciudad. Mi cabeza dio vueltas. No podía ser esta mi primera oferta de trabajo.

—¿Yo en un circo? —no podía creer su propuesta.

—He trabajado con muchas jóvenes y no cualquiera tiene el instinto para aprender la acrobacia como tú. Trabajamos bien antes y podríamos trabajar muy bien en esto también.

—No sé… o sea, a ver. ¿Habrá animales? —se quedó callado, sin saber qué asumir de mi pregunta—. Elefantes, leones, yo qué sé.

—Me imagino que sí —sonó titubeante.

—Pero, a ver. Discúlpeme, es la primera vez que pienso en algo así y estoy halagada, pero sorprendida. El circo… ¿es itinerante?

—¿Qué significa itinerante? —me preguntó.

—Ambulante. Que si el circo se va de gira o se queda solo en Tijuana.

—No, sí hace gira por el país.

Hasta en ese momento entendí lo que me estaba proponiendo. Ahora sí, el espectáculo. Ser la protagonista del escenario, con públicos de verdad, aunque no al estilo Cirque du Soleil. Dejarlo todo, incluyendo mis estudios, por la fama. Mi mente lo meditó un minuto. Imaginé los leotardos incrustados de piedras brillantes que podría llevar, imaginé los aplausos y los flashazos de cámaras entre el público, imaginé viajar a todo tipo de lugares, imaginé el olor a paja que acompaña a los circos, el olor a estiércol, animal y tierra. La respuesta para mí fue clara.


No volví a saber nada de Igor, Yuliya ni Anastasia por años. Esos meses habían sido producto de un encuentro azaroso, efímero, y tan inverosímil que le haya sucedido a alguien como yo, que llegué a pensar, primero, que era precisamente la clase de suceso que ocurre cuando existen tantos artistas provenientes de diferentes partes del mundo en una misma ciudad. La gente sencillamente se encuentra y desencuentra en un instante y es que hay algo en Tijuana que los artistas subliman y algo en Tijuana que solo se sublima mediante el arte.

Pero con el tiempo fui perdiendo noción de lo ocurrido. En la medida en que la canción de My Heart Will Go On dejó de sonar en las estaciones de radio, bodas, quinceañeras, graduaciones y funerales, mi memoria corporal se fue perdiendo junto con la episódica, al grado de que llegué a pensar que mi encuentro con el cirquero ruso jamás había sucedido y no era más que el producto de mi volátil imaginación, porque lo que no se narra se olvida.


Vi el rostro de Anastasia trece años después en una nota periodística colgada en el timeline de mi Facebook. Me salté el encabezado y me fui directo a su fotografía porque la reconocí de inmediato. La misma cara de cachetes, en ese entonces regordetes, convertida ahora en una hermosa joven de diecinueve años. Me alegré de verla, pero después entendí por qué estaba en la nota. Según la noticia, Anastasia había sido acusada de asesinar a su madre y hermana menor. Yuliya y su hija de doce años habían sido encontradas en bolsas de plástico tras un reporte de sus vecinos, quienes se habían quejado de un terrible hedor con la policía. Mi corazón se hundió.

Horas después, la noticia cobró fuerza en todos los medios y era imposible no saber lo qué había pasado. Volví a ver a Igor en las cápsulas noticiosas de entrevistas y en fotografías de periódicos. Entonces la audición y el espectáculo que vivimos regresaron con vertiginoso ímpetu a mi memoria.

Recordé todo como la improbable experiencia que había sido, ahora a la luz de los nuevos acontecimientos que la hacían todavía más improbable. Pero esa experiencia que yo había tenido daba para mucho más que las historias de sobremesa que Tanya y Gina habían obtenido en su filmación del Titanic. La mía daba lo suficiente como para un cuento.


*Este cuento fue publicado originalmente en el libro Tijuana entre letras de la Escuela de Letras & Editorial Sanblás. Tijuana entre letras es un libro compilado por Juan José Luna con relatos de Luis Rubén Rodríguez, Martha Antillón, Rosa Alicia Esténs, Enrique Briseño López, Liliana Lanz Vallejo, Luis Manuel Reza, Alejandro Fregoso, Lorena Santana Serrano y Juan José Luna. Disponible aquí: https://www.amazon.com.mx/Tijuana-entre-letras-Spanish-Juan/dp/B0CST5KJX3 y en la librería El Día de Zona Río, Tijuana.

Publicado por Liliana Lanz

Doctora en Ciencias Sociales, maestra en Lingüística aplicada y docente con experiencia de más de 15 años. Mis temas de interés son el bilingüismo, el análisis de discurso y la mercantilización del lenguaje. Me identifico como feminista, translingüe y madre contestataria.

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