El libro de Marcia Ramos, Diles que no nos vean, es engañoso. Se disfraza tras la apariencia de un libro de minificciones, 53, para ser exactos. Cincuenta y tres minificciones que, si se presta atención, comparten un arco narrativo que los desborda y, en determinados momentos, ancla la atmósfera en un solo escenario de fin del mundo, donde nada es lo que parece ser, mucho menos los humanos.
Por esto, yo no sabría decirles de qué género es este libro. En momentos parece horror gótico, en otros, gore y en otros cuantos, ciencia ficción. A veces también tiene matices inspirados del romanticismo, como aquél que se encuentra en las obras de Poe, Quiroga y Mary Shelley, lleno además de amor dramático, pero también enfermizo, perverso y obsesivo. Por si esto fuera poco, el libro además es poesía, y a veces pareciera pintura, pintura hablada. Varios de sus relatos simulan cuadros como los que esperarías en Frida Kahlo o en Leonora Carrington: surrealistas, oníricos, inexplicables, poco lógicos, pero bellos. Si acaso, si tuviera que resumirlo en una frase, es minificción (por no decir novela de un paisaje de cuadros varios) negra, con una capa adicional de ciencia ficción.
Las minificciones de Marcia Ramos están para leerse lento. Cada palabra transporta a un escenario cargado de alegorías y conflictos cambiantes, inesperados, aunque casi siempre trágicos. En un párrafo se esconden y desdoblan los más inadvertidos paisajes, los más siniestros personajes. Justo en el instante en el que se cree haber identificado a un personaje y sus circunstancias, un adjetivo singular o una elección minuciosa de palabras traslada a otra dimensión de misma trama. Pero su uso del lenguaje no es lo único que lo hace engañoso. También sus recurrencias.
Hay claros temas recurrentes en la obra de Marcia Ramos. Uno importante es el asesinato por despecho, por furia, sobre todo, por amor. Ese que lleva a los feminicidios, por ejemplo. Sus cuentos están llenos de ellos. Feminicidios en cuartos de hotel de mala muerte, en casas, en departamentos, en carros, en todos lados, y como si fueran cotidianos. Estas muertes se cuelan en la forma de amar de sus personajes: hombres posesivos, que no ven más allá de sí mismos y las pulsiones de sus cuerpos. Lo peor de estos escenarios es que están circunscritos en diálogos, prácticas, lugares y referencias que se perciben como costumbre de todos los días. Las actitudes de estos hombres, sus formas de hablar, sus formas de “amar” (entre comillas, porque en realidad son sus formas de “poseer”) no extrañan. Es, precisamente, lo menos extraño del libro, y eso desgarra.

Entre estos asesinatos y estas formas del amar, encontramos otra recurrencia como la completa aniquilación o anulación del otro, una especie de antropofagia, que a veces es literal pero muchas otras, simbólica. Como si el ego desbordante de los personajes aniquilara a cualquier otro para ocupar todo el espacio.
La ciudad de Tijuana es otro recurso recurrente. Ya, en serio, ¿por qué es tan fácil imaginar el fin del mundo en Tijuana? Lean los escritos de mi generación y sabrán a qué me refiero. Da miedo. Da algo más… les leo:
Inhumanos
Los extraterrestres estaban a punto de destruir Tijuana, llegando a su Centro.
Allí todo cambió: encontraron el combustible que necesitaban para seguir usando sus trajes de humanos bajo esa nave llamada desolación.
En esa desolación que parece permear en todos los personajes y en todo el libro, se percibe también una constante atmósfera onírica que se confunde con la vigilia. Una y otra vez, los sueños se desdibujan de la realidad y del fin del mundo, de lo posible y lo imposible.
Pero hay un elemento que no es recurrente y que por ello mismo sorprende: algunos silencios están cargados de significado que es recuperado en los momentos más inesperados. Por ejemplo, algunos cuentos parecen ser continuación de otros solo a partir de esas inferencias que se recuperan en los silencios. Otros son una clara continuación y el título es lo que los delata: Hay dos cuentos titulados “En el último acto” y, sí, están directamente relacionados. Lo están también “Partes del paraguas” y “Quitasol”, que fueron de mis favoritos, y, espero no equivocarme, el primer cuento “A veces el Sol entristece” está relacionado con el último, “Inhumanos”. Estos últimos que menciono confieren la impresión de arco narrativo al resto del libro o, al menos, dotan de sentido a algunos de sus referentes, como estos personajes que no se reconocen como humanos o que portan la piel como disfraz que se pone y se quita.
Hay, sin embargo, algo que me sorprende mucho de los cuentos de Marcia Ramos y que me mueve poquito de mi eje. La mayoría de sus personajes son hombres. La autora encarna a estos personajes con una naturalidad impresionante. Recupera sus pulsiones, sus afectos, sus lógicas. Vaya, cosifica a las mujeres como lo haría un hombre. Y eso explica también la violencia, la muerte y la antropofagia. Y es que en esta población de hombres enfermos, la desolación de la atmósfera se contagia. Ya para el final del libro, el lector podrá sentirse igual de devastado. Pero hay un rayo de luz al final y eso es precisamente lo que me encantó de cómo termina el libro. No todo es amor frustrado y anulado en la aniquilación. Una pareja encuentra el amor bajo el resguardo de un paraguas, y se siente glorioso.
Diles que no nos vean es un libro de la Editorial La tinta del silencio.
