Las madres del rendimiento

“Tú siempre has sido madre”, fue la conclusión a la que llegó mi primera psicóloga en mi primera cita, a mis 21 años, todavía en un momento en el que acudir a terapia psicológica era visto con suspicacia por la mayoría de la población, y con terror y alarmismo por mi propia familia. “Tú siempre has sido madre”, fue la misma frase que repitieron después mi segunda, tercera, cuarta y quinta psicóloga en mi segunda, tercera, cuarta y quinta experiencia de terapia, ahora en diferentes ciudades de la República Mexicana. Quien conociera cualquier tema de mi vida personal lo tenía bien claro. Y yo también lo tenía claro: Yo siempre había sido madre. Era obvio por como había vivido mi infancia y toda mi vida hasta ese entonces, repito, mis veintes tempranos. Lo que no era tan obvio para mí era cómo habían vivido o cómo vivían los demás. Pues sí yo siempre había sido madre, ¿no era esto así para todos los demás? ¿Los demás, entonces, qué son? ¿Qué les dicen a los demás en su primera cita terapéutica?

 Yo fui[1] mamá de mi madre y mamá de mis hermanos desde que nació el menor de ellos. Yo soy la mayor de tres hermanos; el mediano tiene autismo y el menor sencillamente es el menor. Del mediano es importante aclarar que su autismo es nivel 3, porque implica que es no verbal y que sus afectaciones son tales, que no solamente necesita muchísima ayuda y supervisión en todas las actividades de su vida cotidiana, sino que las necesitará el resto de su vida. Por otra parte, siempre fue muy berrinchudo y travieso. Sus berrinches implicaban empujones, mordidas, patadas y arañazos diarios; y sus travesuras eran desde vaciar paquetes completos de harina y mezclarlos con botes de mantequilla para embadurnar la mezcla por toda la cocina, hasta esconderse en la secadora, colgarse de cabeza desde el barandal del segundo piso o huir de la casa, a veces sin pantalones. Lo que se le ocurriera o lo que los impulsos motivados por sus medicamentos dictaran. Así, mi responsabilidad número uno al regresar de la escuela por las tardes era cuidarlo mientras mis padres dormían su siesta vespertina; así como cuidarlo sola en la casa o sola en el carro o sola en donde tocara cada vez que ellos tuvieran compromisos sociales de cualquier tipo. ¿Tu hermano se comió el pegamento para hacer la tarea? Pues ahora por tu culpa ya no hay. ¿Tu hermano vació todo el Quick de chocolate en la alacena? Límpialo, no lo cuidaste. ¿Te pegó? Aprende a controlarlo. Y así, todos los días.

Ese quedarse sola, por supuesto, incluía todas las actividades que las hermanas mayores suelen asumir por default, como malamente ha dictado la cultura tradicional mexicana a las mujeres solo por serlo: hacer la comida, dar de comer, limpiar, dirigir y supervisar las actividades de los hermanos… sin que siquiera les den las gracias, se les reconozca ninguna autoridad ni se les compense de alguna manera; sino al contrario, con carga de obligación incuestionable. Esas faenas ustedes ya se las saben, pues existen infinidad de hijas mayores que han cumplido la función de madres solo por haber tenido la fortuna de nacer primero y mujer.

Con el paso del tiempo me he sabido acompañada en al menos ese aspecto, porque son muchísimas las mujeres que pasaron por lo mismo. Recientemente descubrí una cita hermosísima en la novela Tarantela de la autora Abril Castillo Cabrera:

Hay más hermanos como yo. Hermanos que se creen padres de sus hermanos, padres de sus padres, que quisieran ser hijos pero no saben de quién […] Hijos tus hermanos, hijos tus padres, Huérfano de ti.

Abril Castillo Cabrera

De verdad, Abril se creyó madre de su hermano. Yo nunca quise creérmelo. Sencillamente lo tuve que ser, y lo fui, asumiendo mi cotidianidad como algo normal. Eso sí, siempre huérfana de mí.

No sería de extrañarse entonces que yo pensara que, llegado el verdadero momento de ser madre, sería buenísima. Y esto es algo que quizá todos asumen: llegado el momento, yo seré mejor porque he visto el espectáculo desde la primera fila y he sido testigo de todos los errores que los actores cometieron, aparentemente, sin haberlos notado ni corregido. Y es que ese papel de espectador es universal, porque todos somos hijos. Por otro lado, habrá quienes, tras haber visto el mismo espectáculo y reconocido en él un desempeño espectacular o increíble a pesar de sus circunstancias, hayan decidido, muy en su derecho, no ofrecer su propio espectáculo. No tener hijos, como lo decidió Abril y como lo deciden cada vez más personas alrededor del mundo. De hecho, esta creencia es muy generacional. La comparte gran parte de los jóvenes de hoy: que, sea lo que sea que hagamos[2], definitivamente nos rifaremos la vida adulta y/o la crianza mejor que nuestros padres. Vaya, a veces somos lo suficiente soberbios como para asumir que, dada la oportunidad, seríamos capaces de cuidar, criar y educar a cualquier criatura mejor que su propia madre; como lo hacen muchos al ver a un nene pataleando en un elevador o como lo hacen algunos docentes cuando conocen un estudiante problemático.

Pero hay algo en esa ecuación de ser buena madre que se le escapa a esta generación y que yo tampoco preví cuando asumí que ya tenía todo para ser una excelente madre: el reconocimiento como madre por parte de la sociedad en su conjunto —y ya no solamente el mero trabajo no reconocido, no agradecido ni apreciado por parte de la familia—, con todas las expectativas e imposiciones que ello implica.

En cuanto la sociedad te reconoce como madre, empieza a suceder una serie de acontecimientos extraños que antes quizá solo se limitaban a las típicas preguntas insolentes de “¿Y para cuándo los hijos?”, “¿Cuándo nos das un nieto?”, “¿Y no te vas a embarazar?”, “¿Y cuándo vas a hacer familia?”, implicando desde ahí que convertirse en madre es una obligación. De hecho, esas preguntas ya llevan insinuada la pulsión del reconocimiento de cualquier mujer como madre. Porque, de alguna manera, ese reconocimiento como madre es, paradójicamente, el no-reconocimiento de la mujer no-madre y la latencia de lo que ya está por venir cuando ella lo sea, si es que lo llega a ser.

¿Qué llega entonces con la maternidad que la hace tan difícil?

Depende.

No voy a asumir que a todas las mujeres les toca igual, pues no es lo mismo convertirse en madre de ocho criaturas siendo mujer de clase alta, que convertirse madre de una criatura siendo mujer de clase media, de clase baja, soltera, viuda, adoptiva, lesbiana, con discapacidad, neurodivergente, minorizada, menor de edad… incluso que la experiencia de ser madre de un hijo con discapacidad o una madre cuyo hijo ha desaparecido o fallecido.

Pero si tuviera que ilustrarlo de alguna manera, desde la perspectiva limitada que me provee mi reducida experiencia y con sumo respeto a todas esas vivencias que yo todavía no sé nombrar, lo haría recordando los consejos y opiniones no solicitados; la violencia obstétrica; el acoso a mujeres embarazadas en los trabajos; la renuencia a dar licencias de maternidad; la falta de espacios para la lactancia y, en general, para las infancias; las críticas amplificadas de la familia —la suegra, pero también la madre, el esposo, los hermanos, las amigas, cualquier persona cercana—, y la anulación de la identidad de la que antes era mujer pero ahora es madre. Las anteriores son solo algunas de las cargas inusitadas que se adicionan al rol. La última, la anulación de la identidad de la mujer que es madre, es la más grave porque se da en todos los niveles de la convivencia social. Tan pronto la madre tiene a su bebé, la gente deja de verla como persona y empieza a verla como extensión de alguien más. El ejemplo más obvio es que, de buenas a primeras, todo mundo deja de preguntar por ella. A donde quiera que la mamá vaya, las miradas se dirigen inmediatamente al bebé, y ahí se quedan, con frecuencia olvidando saludar a la mamá.  Y si ella acude a un evento sin su bebé, le preguntarán primero “¿dónde y con quién dejaste a tu bebé?” Luego, cuando pide trabajo y quien recluta se entera de que es mamá, sus credenciales dejan de tener relevancia y sigue la pregunta: “¿y cómo le harás con tus hijos?” Lo mismo si esa mamá quiere estudiar cualquier cosa. Dicho con otras palabras, se manifiesta el entendido de que la carga de los cuidados es tuya y solo tuya, por lo que no deberías estar haciendo otra cosa.

Por otra parte, aunado a ese imperativo, está la culpa. Que por lo que comes, por si te enfermas, por si trabajas, por si viajas, por si dices groserías, por si tomas, por si vives de alguna otra manera que no pongas a tus hijos primero antes que a ti, como es la expectativa que lo hagas las veinticuatro horas, los siete días de la semana.

Agreguen todo eso a la de por sí ardua tarea de cuidar y criar un hijo. O sea, la extenuante tarea de maternar, que por sí sola ya es mucho, se ve además interferida por todo lo anterior, esa carga que añade, ni siquiera la criatura —que viene con sus propias exigencias—, sino la sociedad circundante. Es un nivel elevado de crueldad que la sociedad en conjunto impone como una especie de control que juzga necesario para su persistencia.

Pero las madres hacen poco por ayudarse a sí mismas. Hay una cereza que corona el envenenado pastel: las aspiraciones que las madres modernas desarrollan porque se creyeron el cuento que todos les narran de que ellas lo pueden todo. Las madres deben ser mujeres realizadas, mujeres exitosas, mujeres modelos —en el sentido moral y en el sentido estético—, mujeres perfectas. De lo contrario, solo son mujeres. Pero tampoco basta con ser todo eso, sino que se debe maternar desde la crianza respetuosa, la crianza positiva, el gentle parenting y todos los trends que prometen formar a súper humanos de inteligencia emocional, social y cultural elevada y que tengan todo el potencial de verse realizados, exitosos, modelos y perfectos. Porque, hagamos lo que hagamos, lo fundamental es ser mejores madres que nuestras madres, ¿correcto? Dar todo lo que nosotros no tuvimos, ¿no? Ganar… en alguna extraña carrera de la que no nos enteramos todavía el camino.

 Y en este sentido, no sé en qué camisa de once varas nos metimos nosotras solas —o quizá nos metieron[3]—. ¿Por qué pareciera que la maternidad solo la podemos concebir, pensar y vivir desde la dominación y el poder? ¿Qué especie de terreno superior se supone que pretendemos alcanzar con la maternidad? ¿Y para compensar qué faltas, qué carencias?

Ana Cinthya Uribe lo describe a la perfección en su capítulo del libro Hasta la madre: Los confines políticos de la maternidad:

Mientras que las sociedades mexicanas y latinas en general se precian de tener estructuras familiares fuertes, estas formas no siempre facilitan la independencia de la crianza, sino que se basan en ideas de dominación e instrucción. Tenemos acompañamiento, sí, pero uno no liberador, sino uno que establece pautas y modelos a seguir de lo que son consideradas maternidades exitosas. Más aún: dicha maternidad exitosa parece pasar muchas veces por un desempoderamiento efectivo de la madre, quien se convierte en un personaje secundario frente a las necesidades expresadas por criatura, y que son puestas en contrapunto frente a las ideas y teorías que se defienden a su alrededor. Y ahí, toda noción de libertad y de crianza respetuosa desaparece, porque mientras que es respetuosa con les retoñes, deja de serlo con la madre.

Ana Cinthya Uribe

Vaya paradoja eso de las maternidades exitosas que al mismo tiempo desempoderan y qué peligroso que se armamenticen las necesidades de los niños para defender discursos de poder particulares.

 No sé en qué momento entré en esa lógica yo también. Porque en mi primera maternidad, aquella que ejercí sobre mis hermanos y padres, nunca fue en esa carrera por el éxito, sino por la de sobrevivir. Era lo que tenía que hacer y no había más. Pero yo también juzgaba los errores de mi mamá incluso más severamente que los de mi papá. De hecho lo hago todavía[4], cuando ejerzo mi segunda maternidad y veo que, si bien maternar es difícil, tampoco lo era tanto como para que yo atravesara por lo que atravesé de pequeña. Pero cuando parí a mis hijas y conforme ha pasado el tiempo, entiendo y me queda claro que esa severidad de juzgar la maternidad ajena la aprendí de una sociedad que tiene cero compasión y todas las exigencias hacia las mujeres, las madres y cualquier persona gestante.

 Y es que esa certeza de que seremos mejor que nuestras madres viene cargada de ambivalencia, implica nuestra desaprobación de la crianza que obtuvimos durante nuestra infancia, muy independientemente de cómo ésta haya sido. Y esta es quizá otra característica generacional, si no, díganme ustedes: ¿por qué hay tantas mujeres madres y no-madres que tienen una relación complicadísima con sus propias madres? ¿Será que heredaron las mismas expectativas?

Tengo varias hipótesis. La primera, y más obvia, es que los hijos no dejan de ver a sus mamás como madres y no logran verlas como mujeres —a duras penas, como personas—. En este sentido, los hijos son tan egocéntricos como los niños que estudió Piaget. Por otro lado, la cultura misma y sus cambios hacen algunas maternidades de ayer demasiado contrastantes con las maternidades de hoy. Nuestras madres aguantaron de todo, no cuestionaron el papel que se les asignó y algunas hasta se glorificaron en él, en detrimento a sus hijas. Adrienne Rich tiene una manera muy sencilla de ilustrarlo:

Muchas hijas guardan rencor hacia sus madres por haber aceptado con demasiada pasividad «lo que sea». La conversión de la madre en víctima no solo la humilla a ella, sino que mutila a la hija que la observa en busca de claves para saber qué significa ser mujer.

Adrienne Rich

Pero hay otra hipótesis, quizá más evidente, aunque no por ello más fácil de explicar, y es que es imposible juzgar con las expectativas del presente los sucesos del pasado. Los hijos jóvenes que juzgan a las madres —suyas y ajenas— creen que lo hacen desde una superioridad moral específica a su generación; pero en realidad lo hacen desde un determinismo político-económico que no reconocen. Esta hipótesis déjenme explicarla.

Hannah Arendt —una filósofa y escritora judía que tuvo que escapar de la Alemania nazi de la Segunda Guerra Mundial y que posteriormente se convirtió en una de las filósofas más influyentes del siglo XX por sus reflexiones sobre política, autoritarismos y educación— señala que existe una relación muy directa entre los regímenes políticos y la forma en que los padres educan a sus hijos:

la crianza y educación de los niños, donde la autoridad en el sentido más amplio siempre se aceptó como un imperativo natural, obviamente exigido por las necesidades naturales (la indefensión del niño) como por la necesidad política (la continuidad de una civilización establecida que sólo puede perpetuarse si sus retoños transitan por un mundo preestablecido, en el que han nacido como forasteros.

Hannah Arendt

Esto tiene sentido porque vale suponer que los padres, al hacerse una idea de aquellas cualidades que son necesarias para subsistir y ser exitoso en la sociedad “actual”, educan a sus hijos en consecuencia, procurando desarrollar en ellos cualquier ventaja que les facilite lograrlo.

Pues bien, el siglo pasado estuvo caracterizado por gobiernos autoritarios y por una sociedad disciplinaria, altamente jerárquica, donde lo que más se apreciaba era el apego a marcos normativos y la obediencia. Byung-Chul Han —otro filósofo, pero de origen surcoreano con residencia en Alemania, cuyo trabajo versa sobre las formas en que el capitalismo actual manipula la libre voluntad de las personas influyendo sobre sus deseos y aspiraciones— explica que la sociedad del siglo XXI adoptó el rendimiento como su valor más poderoso; a diferencia de la sociedad del siglo XX, que era disciplinaria y estaba habitada por “sujetos de obediencia” rodeados de instituciones autoritarias. “La sociedad disciplinaria es una sociedad de la negatividad. La define la negatividad de la prohibición. El verbo modal negativo que la caracteriza es el «no-poder»”, señala Byung-Chul Han. Queda claro cuando recordamos, por un lado, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, las dictaduras latinoamericanas y los gobiernos autoritarios; y por otro lado, la iglesia y las instituciones educativas marcadas por la severidad, el orden y la tradición. Violencias institucionales de todo tipo y por doquier.

La sociedad actual, en cambio, vive la ilusión de la libertad. Las personas se creen libres para buscar su plenitud y autorrealización en el marco del capitalismo a partir del emprendimiento, el freelancing y el trabajo precario, donde se auto-explotan gustosas porque ven virtud en la productividad de ascenso perpetuo… como rendimiento creciente en economía de escala, el sueño del “libre” mercado. Así, el “sujeto del rendimiento” es “emprendedor de sí mismo” porque “La positividad del poder es mucho más eficiente que la negatividad del deber”, según Han.

En este nuevo paradigma social y político-económico —porque nuestros comportamientos, pensamientos y actitudes vienen en gran parte motivados[5] e influenciados por las lógicas, pautas y valores del sistema político y económico, que es el que rige nuestras formas cotidianas de vida mediante el trabajo y la escuela, y por ende nuestra socialización de todos los días— no es de extrañarse que la crianza positiva, el gentle parenting, la crianza respetuosa y otros trends[6] —que no digo que estén mal, porque, la verdad, cualquier cosa es mejor que la crianza disciplinaria y tradicional con la que muchos crecimos[7]— encuentren asidero y amplia aceptación en las presentes circunstancias. La misma Arendt  lo veía venir:

el hecho de que aun esta autoridad prepolítica que rige las relaciones entre adultos y niños, profesores y alumnos, ya no sea firme significa que todas las metáforas y modelos antiguamente aceptados de las relaciones autoritarias perdieron su carácter admisible.

Hannah Arendt

Pero la paradoja es esta: que en nuestra percepción de que nuestra crianza es mejor y en nuestra aceptación de estos nuevos modelos no germina la semilla de una revolución cultural que supone que somos la primera generación en romper el ciclo de la violencia psicológica y emocional hacia las infancias —como muchas veces se escucha decir en videos emotivos con música de fondo en Instagram y TikTok—, sino la mera adaptación a las condiciones cambiantes del mundo, incluyendo su paradigma político-económico. En otras palabras, igualito que nuestros padres, respondemos a las circunstancias, previendo lo que será mejor para que nuestros hijos salgan a flote en la sociedad actual. Que sean visionarios sin miedo al éxito, emprendedores, líderes, seguros de sí mismos; pero también sanos y emocionalmente maduros, para evitar la epidemia de depresión, ansiedad, estrés y otros padecimientos psicológicos —somatizables también en enfermedades como el cáncer— que, el mismo Han explica, son precisamente las dolencias de la sociedad del rendimiento, así como el alcoholismo lo fue de la disciplinaria.

Lo resumo en esto: la maternidad está —y siempre ha estado— atada al modelo político-económico de la sociedad en que se ejerce. Si esto es así, significa que no es más que otro mecanismo para su funcionamiento. O sea, una institución más de control. Y eso no se vale; no cuando el bienestar de nuestros hijos y las futuras generaciones depende de ella.

¿Qué alternativa queda entonces?

Anularla.

Sí. Anularla. Porque la maternidad no debe ser instituida ni instrumentalizada. Debemos anular la maternidad como institución, instrucción e instrumento. Que la maternidad, paternidad y crianza dejen de estar supeditadas a lo que la sociedad administra desde sus normas de control y sometimiento de nuestra voluntad y cuerpos para el beneficio de sus mecanismos que reproducen el capital y transforman a las personas en recursos humanos. Porque nosotras tampoco deberíamos ser las mamás del rendimiento. Esto que propongo no tiene por qué implicar la anulación ni el abandono de  nuestros hijos, dejarlos a su propio cuidado ni que los cuiden otras personas que no queremos, sino una apropiación consciente de lo que queremos para la maternidad y las infancias verdaderamente libres, sin servir a otra causa que el desarrollo pleno y sano. En esto recurro otra vez a Adrienne Rich, quien lo dice mucho mejor que yo. Yo sueno a cosa que da miedo; pero léanla a ella:

La lucha de la madre por su hijo —con enfermedad, pobreza, guerra, las fuerzas de explotación que empobrecen la vida— necesita ser una batalla humana común, basada en el amor y en la pasión por sobrevivir. Para que esto ocurra, la institución de la maternidad debe ser destruida.

            Es necesario que los cambios influyan en cada una de las áreas del sistema patriarcal. Destruir la institución no significa abolir la maternidad, sino propiciar la creación y el mantenimiento de la vida en el mismo terreno de la decisión, la lucha, la sorpresa, la imaginación y la inteligencia consciente, como cualquier otra dificultad, pero como tarea libremente elegida.

Adrienne Rich

Yo siempre he sido madre. Fui[8] madre de mis hermanos y madre de mis padres. De mi hermano, porque nació en una sociedad totalmente carente de servicios y oportunidades para cualquiera como él. De mis padres, porque estuvieron abandonados en una sociedad que hasta la fecha no sabe qué hacer con hijos como los suyos. Nunca tuve alternativa en esa primera maternidad. En mi segunda, quiero ser libre.

Notas


[1] Celebro que el verbo lo pueda conjugar en pasado, aunque también temo ser ingenua.

[2] Me incluyo en esto de la juventud, ¿por qué no?

[3] Sí, lo más probable es que nos metieron.

[4] Aunque ya con la misma severidad a ambos…

[5] Sin caer en el determinismo tampoco, pero sí en la marcada tendencia.

[6] Que no digo que estén mal, porque, la verdad, cualquier cosa es mejor que la crianza disciplinaria.

[7] Nótese la irónica convicción con la que afirmo esto. Está por ponerse más irónico.

[8] Hay que seguir diciéndolo en pasado. Como mantra.


Este texto se encuentra publicado en el libro Difícil ser madre, de la Escuela de Letras & Editorial Sanblás.

Libro Difícil ser madre

Contacto en lilithlanz@gmail.com y https://www.facebook.com/LilianaLanzV.

Publicado por Liliana Lanz

Doctora en Ciencias Sociales, maestra en Lingüística aplicada y docente con experiencia de más de 15 años. Mis temas de interés son el bilingüismo, el análisis de discurso y la mercantilización del lenguaje. Me identifico como feminista, translingüe y madre contestataria.

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