La hora rosa, de Marycarmen Creuheras, es una novela de lectura muy amena sobre un drama de pueblo chico infierno grande, en un lugar llamado El Real, cuya ubicación la autora nunca menciona, pero que, por su idiosincrasia, solo se puede interpretar que está en México.
En el relato de La hora rosa, la protagonista es Cecilia Arteaga, una joven de 16 años, queda embarazada de Felipe Camacho, de 18 años. Las familias Arteaga y Camacho son o se creen de alta alcurnia en El Real y, hasta entonces, gozan de la admiración del pueblo. De ahí la trama adquiere los matices de una novela digna de guion de Televisa, si Televisa fuera buena y llegara a los talones de este drama épico que se deriva de los valores tradicionales y machistas típicos de la época de los sesenta, aunque algunos de ellos persistan hasta la actualidad.
Tuve el placer de conocer a Marycarmen Creuheras en mi primera sesión del Taller de novela de Juan José Luna y su Escuela de Letras y Editorial Sanblás. Yo creo que llegué justo a tiempo, porque fue ahí donde escuché los primeros capítulos de esta obra. Me tocó leer y escuchar a Marycarmen cuando redactaba las primeras intrigas y con ello me dejaba picada esperando la siguiente entrega de la semana después. Desde ahí quedé fascinada por las obstinaciones de Carmina Arteaga, por el rencor de LaPinta, por el sentido de justicia del padre Nicolás, por la valentía de Inés y por el cruel amor y desamor de Cecilia.

Los personajes de Marycarmen están llenos de color. Sus diálogos, sus motivaciones, sus ideas son unos de los aspectos más entretenidos de este libro. Son tan teatrales que una casi se los puede imaginar con los acercamientos intensos de cámara y la música dramática de fondo. Además, cada uno experimenta un cambio o un crecimiento a partir de la tragedia de Cecilia.
Mis favoritos, sin embargo, son los personajes de la familia Camacho. Totita y Luis son verdaderamente los mejores. En esta trama es notorio cómo todos los personajes caen víctimas de sus propios preceptos: sus ideas tradicionales, sus ambiciones, su sentido de moral y justicia. No consideran las alternativas porque se mantienen leales a esos preceptos. Pero los Camacho no. Los Camacho se la saben jugar, son estrategas. Son unos artífices del engaño y por eso los disfruté tanto. Engañan a todos en el pueblo, pero también engañan al lector, porque los giros más interesantes e inesperados de la trama son aquellos donde ellos hacen sus actos de aparición.
Si bien uno puede irse con la finta de que esta historia es un drama que versa en torno al problema del embarazo de Cecilia, creo que esta trata de algo mucho más profundo: la forma en que las familias capitalizan a sus hijos. La manera en que las familias administran la vida de sus hijos con base en cómo ésta les da beneficios, estatus y poder. Es una noción trágica, pero real y quizá culturalmente universal, porque pasa en México pero pasa en muchos de los países que se siguen caracterizando por ser tradicionales. Pero en ese juego de poder, los que más pierden son los hijos, todos ellos. En este relato la pobre Cecilia es la que lo pagó más caro que nadie.

Por último, quiero destacar el talento literario que más le he admirado a Marycarmen con esta entrega: sus transiciones. Y esto es algo que algún día quisiera poder dominar también. Yo, de simplona, hago mis transiciones con un sencillo espacio en blanco, como quizá lo hacen muchos otros escritores. ¿Quiero cambiar de escena? Fácil. Cierro con punto y aparte, doy doble enter para dejar espacio en blanco y entonces prosigo con otro segmento de texto. Marycarmen no. Marycarmen se acerca a lo que hacía Virginia Woolf en Mrs. Dalloway. El narrador transita de escena a otra como si se elevara por los aires, con una mirada todo-abarcadora que sencillamente posa su atención en otro punto que converge con el plano de otro personaje. Les doy un ejemplo. Hay un capítulo donde estamos en la casa de los Arteaga, pero al mismo tiempo se está armando algo por parte de Totita en otra parte del pueblo.
Las dos hermanas entraron a la casa dirigiéndose a buscar a Inés. El sol se empezó a ocultar y la luz que iluminaba a El Real era rosada. Nadie en casa de los Arteaga imaginaba los acontecimientos que se avecinaban. La luz dejó de ser rosa para dejar entrar a la oscura noche. No había luna.
Totita se estacionó a la orilla del camino. El padre llegó andando.
Lo mejor: Marycarmen culmina el último párrafo de su obra con una transición similar de ese estilo, aunque mucho más bella. Esa no se las citaré. Esa dejaré que ustedes la descubran.
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