Nadie se lo dijo al abejorro, de Ivette Landeros

Nadie se lo dijo al abejorro es el segundo libro de Ivette Landeros, una escritora de Tijuana, Baja California, México. Es un buen uplifting, feel-good book de lectura ligera y rápida que se escapa de ser etiquetado como novela y que cae más bien en la categoría de relato autobiográfico. En él, Ivette narra la travesía que tuvo como autora para publicar y promover su primera novela, Sofía 26. Es un relato personal, íntimo y franco de lo que fue para ella dedicarse a la escritura 100% y vivir de vender libros, por al menos un año.

El título de Nadie se lo dijo al abejorro alude a una cita de Paulina Readi Jofré en la que dice que el abejorro no está físicamente diseñado para volar, dado el gran tamaño de su cabeza que no es debidamente compensado con el tamaño de sus alas; no obstante, el abejorro vuela. La figura del abejorro sirve como símil para ilustrar cómo a Ivette nadie le dijo que es imposible vivir de los sueños y, sobre todo, imposible vivir de la escritura; no obstante, ella lo hizo: expandió sus alas y saltó hacia el sueño de vivir de lo que la apasiona, con prácticamente cero preparación en el ámbito editorial y en la venta de libro, abandonando la seguridad económica que le proporcionaba su trabajo de Recursos Humanos en una maquila de la ciudad.

Sin embargo, me atrevo a sugerir que todo mundo se lo dijo al abejorro, pero este no tenía oídos para escucharlo.

Hay varios aspectos interesantes a rescatar de este relato autobiográfico, máxime si eres una persona con aspiraciones a escribir y vivir de tu escritura. *A partir de este punto, haré un pequeño salto interpretativo y me atreveré a hablar de Ivette Landeros como si ella fuera personaje de una novela y no como persona protagonista de su propia vida que comparte a sus lectores, para evitar, por un lado, que yo reprima mi verdadera percepción sobre el relato y, por otro lado, ofender a la escritora como persona que, al compartir las partes más íntimas de su experiencia y sentir, queda vulnerable precisamente a la opinión pública*.

Ivette romantiza absolutamente todo lo que le pasa. Los momentos más sencillos la conmueven «hasta las lágrimas» y las frustraciones más sencillas la hacen sufrir ataques de ansiedad. Pero eso es quizá lo que convierte a este libro en un relato motivador e inspirador: su personaje tiene todo un arco en el que crece, cambia y se da cuenta de sus fallos y de cómo salir del atolladero en el que ella misma se puso. Y es que, en verdad, no se puede y no se debe vivir de la escritura.

Pero todo mundo se lo dijo.

Si bien el personaje atravesó por muchas dificultades, el reto más difícil que tuvo, en cuanto a la escritura misma, fue el hecho de que todos sus conocidos, amigos y familiares le reiteraban que debía regresar a trabajar, que debía asegurarse un ingreso seguro. Entiendo (yo también lo he sentido múltiples veces) que decir eso implica que escribir no es trabajo. Y sí lo es. Es mucho trabajo. Entiendo también que es como decir que el dinero que se gana escribiendo no es tanto ni tan enriquecedor como el dinero que se gana haciendo cualquier otra actividad productiva. Y esto también es cierto. Enriquece el corazón, pero la cartera, difícilmente. Entonces sé muy bien cómo Ivette pudo hacer oídos sordos durante todo ese tiempo. Sentir que nadie se lo dijo al abejorro a pesar de que nadie se lo dejaba de decir al abejorro. Son las paradojas de la vida en que no importa que la información esté ahí, se ignora si no se está preparado para recibirla.

Ivette siempre tuvo una red de apoyo hermosa y asombrosa que, aunque describe, le falta reconocer explícitamente. Su familia, sus amigos, hasta sus compañeros de trabajo, todos colaboraron y la apoyaron para que todo le saliera bien. Ninguno le metió el pie, ninguno criticó sus libros, ninguno dejó de ir a sus presentaciones. Ya desde ahí, eso es loable. Hay familias que no hacen eso. Hay círculos de amigos y colegas que, definitivamente, NO hacen eso. Al contrario, hay familias y círculos que hacen todo lo posible, ya no por evitar que el escritor viva de sus libros, sino por evitar que siquiera escriba, que siquiera se exprese.

Los comentarios sobre su situación económica eran una disonancia para Ivette y ella, aunque le molestaban, hacía como si no aplicaran para ella. Este es uno de los rasgos más interesantes de su personaje y uno de los que más disfruté. La misma Isabel Allende se lo dijo directamente: «no renuncies a tu trabajo para escribir novelas», e Ivette, en su forma de pensar completamente emprendedora y demi-empresarial, la ignoró pensando que ella sí lo iba a lograr si tan solo hiciera una fan base a costa de enriquecer sus redes sociales y convertirse en su propia community manager. Y lo mejor: ¡casi lo logra! La recepción que tuvo su primera novela, llevarla a FENALEM, a la FIL de Guadalajara, no es cualquier cosa. Y es precisamente por haberse dedicado de lleno a ello que llega tan lejos y tan rápido en primer lugar. Esta es la primera lección del libro y lo más inspirador de su experiencia.

Al mismo tiempo, es lo que la hace admirable, tanto a Ivette como a su experiencia como escritora. Ella es un personaje frágil, propenso a la ansiedad, vaya, no diseñado para aguantar el ojo público. Y del ojo público tiene que vivir el escritor, si no, ¿para quién escribe? Por otro lado, si el personaje tuvo tanta curva de aprendizaje, tantos obstáculos para sentarse a escribir, tantas dudas de sí mismo, tanta angustia, siendo que estaba para dedicarse a la escritura de tiempo completo, ¿qué esperanzas hay entonces para los que no lo abandonamos todo para escribir? En otras palabras, si escribir fue difícil para alguien en esas condiciones, pues por supuesto que habrá de serlo para todos los demás. Eso da esperanzas. Escribir ES difícil, tanto en las más idílicas como en las más complicadas circunstancias. Escribir carcome nuestra psique primero, antes de liberarla después mediante las letras.

De hecho, el libro constantemente rescata el valor de la experiencia propia y cómo esta tiene el potencial de inspirar a alguien más, como si se tratara de una cadena de favores. Ella se inspiró de autores, y ella con su escritura inspira a otros a escribir como ella. He ahí otro elemento entrañable de este libro.

Pero, hay otra cosa muy importante que vale la pena rescatar, y esto es algo que no todo escritor conoce ni aprecia. De hecho, son una escasa minoría, precisamente como Ivette, quienes lo hacen.

El escritor no debe vivir de escribir, sino de vender, e Ivette eso lo tuvo claro desde el principio. Y si no se pretende hacer así y verdaderamente vivir de escribir, se requiere un agente, un representante, un mecenas; mínimo, un intermediario. Paradójicamente, al decidir abandonar su trabajo en la maquila para emprender en la escritura (y esa es la palabra clave, «emprender»), ella se estaba separando de la lógica capitalista-mercantil de tener que hacer dinero de un trabajo cobijado por una empresa para dar el salto hacia la idea de generar valor a partir del arte, el verdadero amor al arte. Lo mejor de esto es que ella no hizo ese salto desde una lógica anticapitalista ni anti-mercantil. Al contrario, su visión de empresaria no la abandonó nunca. Y eso es lo que necesitan todos los escritores y que, a la fecha, no lo tienen.

Aludo, ahora sí, a una experiencia personal. He conocido a muchos escritores a lo largo de los años. He conocido, sobre todo, a escritores que son académicos en universidades, escritores que han ganado becas, concursos nacionales e internacionales. Estos son escritores que tienen más recursos, porque no suelen financiar sus libros por sí mismos (como lo hizo Ivette), sino que se dedican a escribir, y una institución gubernamental, educativa o editorial se encarga de publicar sus libros, sin que ellos pongan sus ingresos en juego. En esa clase de dinámicas, el negocio es redondo. El apoyo que reciben sirve para pagar a la editorial, pero esta luego no hace mucho por distribuir ni promover los libros, porque el dinero que pretendía ganar ya lo obtuvo con el apoyo y no espera ganar mucho a partir de su venta. La editorial y las instituciones tienen la expectativa de que será el autor quien se encargará de promocionar, posicionar y distribuir sus libros para generar sus propias ventas y ganarse sus propios lectores, solo que esto no sucede así.

En las ocasiones que he platicado con escritores como los que mencioné, y debo aclarar que estos son escritores seriales –tienen mitad de docenas o docenas de libros en su haber–, todos señalan que lo que más detestan «de escribir» es sentirse obligados por las editoriales e instituciones, o haber adquirido el compromiso, de tener que hacer presentaciones de libros y entrevistas para venderlos. En otras palabras, disfrutan escribir y procuran escribir y publicar, pero no disfrutan ni destinan el tiempo para vender y promocionar sus libros. Es, en otras palabras, el aspecto más descuidado del ciclo de vivir de escribir es promocionar y vender.

Hace tres semanas, personal del Centro Cultural Tijuana colocó mesas debajo del puente peatonal frente a la Universidad Autónoma de Baja California y se puso a regalar libros de manera ilimitada a quienes estuvieran dispuestos a aceptarlos. Estudiantes de la carrera de Lengua y Literatura llegaron a sus clases cargando entre 10 y 15 libros cada uno. Eran libros en excelentes condiciones, nuevos, algunos de pasta dura y en ediciones bellísimas de lujo. Al acercarme a ver los títulos que los estudiantes habían escogido, noté con sorpresa que todos los libros que les habían ofrecido eran obras de autores locales, precisamente mis colegas, quienes habían ganado premios estatales, becas y subsidios de gobierno para dedicarse a escribir. Había libros hasta de uno de los Juan Josés que Ivette menciona en su relato autobiográfico como uno de sus grandes maestros.

¿Qué pasa con los libros de escritores que no emprenden o que no se dedican a vender y promocionar sus propios libros como lo hizo Ivette desde su intuición y experiencia como emprendedora? Llenan los almacenes de centros culturales y librerías hasta que estos deben abrir espacio para recibir más libros y terminan siendo, en el peor de los casos, tirados a la basura o, en el mejor de los casos, regalados a estudiantes de Lengua y Literatura quienes sueñan ellos mismos en vivir de su escritura una vez que egresen de la carrera, con la formación que Ivette careció, pero sin el colmillo que ella tuvo para ser escritora independiente.

En ese mejor de los casos, se cierra un ciclo hermoso, donde las experiencias de unos son la inspiración de otros. Quizá nadie se los diga tampoco, que sueñan a partir de lo que fueron los sueños de otros, pero esos abejorros volarán.

*Nadie se lo dijo al abejorro, de Ivette Landeros, se consigue en https://www.amazon.com.mx/Nadie-dijo-abejorro-Ivette-Landeros-ebook/dp/B0C69CFC6B y en https://ivettelanderos.com/producto/nadieselodijoalabejorromx/

Publicado por Liliana Lanz

Doctora en Ciencias Sociales, maestra en Lingüística aplicada y docente con experiencia de más de 15 años. Mis temas de interés son el bilingüismo, el análisis de discurso y la mercantilización del lenguaje. Me identifico como feminista, translingüe y madre contestataria.

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