Mixed feelings en Tijuana: O de los espejos que nadie quiere ver

Mariana Martínez Esténs


Mixed feelings en Tijuana: Bilingüismo, sentimiento y consumo transfronterizo está disponible como libro impreso en las Librerías UABC, y como ebook en esta liga. También lo puedes conseguir directamente con la autora, comunicándote con ella por Messenger.

Nadie escribe su tesis para ser leída. La sabiduría popular nos dice que es un trámite, que es un bodrio y que no la va a leer ni la abuelita más amorosa, por más porras y flores que te dé, ya con la toga puesta.

Como dijo el pollito, “Se tenía que decir, y se dijo”.

Pero bueno, yo vengo a decirles que este libro —cuyo origen es una tesis— no es un bodrio infumable, es lo contrario —y tuve suerte, porque me comprometí a presentarlo sin haberlo leído, que, “note to self”, es un grave error—.

Por suerte, este libro es una observación aguda, minuciosa, sostenida, desde una mirada que se viste de mucha academia y notas al pie, pero que tiene el corazón del más puro ejercicio de tijereo, digo, de people-watching,digo… de etnografía virtual: es un observar a los otros y sus mundos con curiosidad, para luego tejer lo visto vinculándolo a nuestro propio habitus de Bourdieu, si es que queremos ponernos así de bien payasas.

Luego entonces, Mixed feelings es un libro que me atraviesa; me atraviesa de manera personal por ser una posterchild de los 80s tijuanense, educada por la televisión abierta de Sesame Street y los Power Rangers; por mi infancia playona en la que los canales en español eran bloqueados por los cerros grandes y la neblina costera. Ahora entiendo que también fueron bloqueados quizás por las creencias-experiencias de la clase media tijuanense de que los niños absorben el inglés por ósmosis, viendo las caricaturas. Soy el resultado del “ponle Duck Tales y dale Kool-aid del purple dinosaur, y con eso”.

Playas de Tijuana

Y digo, sí funcionó, porque soy intérprete simultánea certificada por UCSD y mi vida laboral empezó traduciendo para misioneros gringos, vendiendo puros cubanos, y hoy en día hago algo de eso mismo, en el ámbito de la tecnología. Mi vida profesional ha requerido de una plasticidad de contorsionista y un manejo translingüe transcultural, feroz.

¿A dónde se asoma Lilí y desde dónde observa?

Pues, Lilí toma la iniciativa sorprendente de asomarse a la vitrina más obvia, el escaparate de las vanidades más transparente que tenemos: el Facebook que, con nuestros estados e interacciones, es nuestro ejercicio diario, más performativo de la lengua. Es el lugar donde escribimos como hablamos, como pensamos, las netas de nuestros planetas…or so we feel so.

Lilí se lanza entonces a observar a 56 personas, la mitad de ellas desconocida pero friends of her friends. A lo largo de dos años va peinando sus estados, 1,548 publicaciones en las que se usa una mezcla de español con inglés. Ahí Lilí observa y documenta el capitalismo del Me gusta, la sed de likes, el capitalismo de las emociones, del Me gusta-te acompaño-te amo-me pone triste-me enoja. Ahí es donde se venden significativos. Mercancías emocionales que nosotros generamos (obreros sin sueldo, entretenidos, narcisos embelesados por nuestra propia imagen reflejada). Esas emociones expresadas se vuelven la mercancía emocional para informar al algoritmo y que nos vuelvan a vender lo que queremos que nos vendan, o lo que creemos que queremos que nos vendan. Y así se nos va haciendo el mundo, endogámico, miope y chiquito, chiquito, chiquitito. El sentir y su expresión son bienes comercializados y utilizados de formas que todavía no alcanzamos a dimensionar, y quizás no lo haremos, porque un lugar como FB se ha vuelto un espacio vital, donde es secundario el hecho de que sea un greenhouse para los datos y el caldo de cultivo para la manipulación de darnos lo que creemos que queremos. Read that again.

Luego del análisis de FB, Lilí complementa con una encuesta y una entrevista que contrasta y aclara muchísimo. Esta aproximación me parece novedosa y brillante. Me da mucho alivio que Lilí no se haya ido a la lejanía de lo rural, de lo indigenista, de lo más foráneo, de la otredad más burda. El libro analiza lo que está a la mano, su propio entorno, su low-hanging-fruit es ella misma a través de observar a sus pares. El ejercicio es valiente en la manera en que sus conclusiones son sobre el propio grupo al que ella pertenece y es valioso porque deja ver una identidad tijuanense cuyos lados obscuros no hemos querido ver.

La parte del análisis del libro, que es la más sabrosa, me transportó a mis early-20s llevando a mis tías —ricas, regias— al otro lado. Yo manejaba el carro prestado por mi mamá, lleno de tías emocionadas. Las llevaba a Sacks 5th avenue y a la Nordstrom de Fashion Valley a comprarse cremas Clarins, perfumes, bolsas y vestidos elegantes. Mi propina, además de la invitada a comer, eran todas las muestras de esas cremas caras de señora, una práctica iniciática que ahora se traduce a mis propios consumos que hoy son, claramente, de “cremas caras de señora”.

Pasé tardes enteras observando a mis tías en esos cuartos de espejos completos en donde nadie quiere verse —pero debería—, esos espejos de tres lados iluminados como vitrinas y rodeados de crueles focos amarillos, perfectos para descubrir nuestros defectos en toda su gloria.
Pues así es la parte de análisis de este libro: es hora de ver cómo se nos ven las nalgas en ese vestido de la Nordstrom.

Consíguelo en las Librerías UABC, en la página de la editorial McGraw Hill o directamente con la autora.

Y así nos va, querides tijuanenses, así nos va:

Lilí nos cuenta que los tijuanenses que hablamos inglés, fronterizos, transfronterizos, de doble nacionalidad, con visa, sentri o emigrados, clasemedieros y medianamente educados, somos, en resumen, aspiracionales y fantoches. Somos un poco Tjmaxers, un poco swapmeeteros, pero siempre cuidando la dignidad, pidiendo los tesoros encontrados en la bolsa oscura, para que no se note de dónde salieron ni ese vestido Balenciaga ni los tenis Tommy. Somos además, mucho menos igualitarios de lo que nos narramos y, en muchos casos, vamos irguiendo fronteras quizás más veladas que las chilangas o tapatías, pero no menos firmes, por pertenecer al territorio sutil y simbólico de la lengua. Valoramos hablar inglés como una garantía de movilidad social que no se cumple. El ser monolingüe es ser analfabeta. No saber inglés es un sin-sentido y una razón de desprecio que nos desespera y nos confunde, I mean, why would anyone not speak English viviendo en la frontera, la neta?

Pues yo cruzo a USA como gringa y a México como Tijuanera, una que es adaptable pues…

No solo es valioso el inglés; incluso ponemos el ojo en la variante de inglés que se habla y vemos como inferior al “pocho” sin darnos cuenta de que con esa insistencia se queda gente en el limbo de estar al filo de dos culturas todo el fukin tiempo.

Mamá, verdad que ¿no todas las fronteras son la misma frontera?

Mitad Norteña, mitad West Coast, full Chingona

Lilí descubre a tijuanenses llamando al inglés “el wild card de cuando juegas UNO” y burlarse de “los deportados” (cuyo origen es cuestionado, marginalizado y racializado hasta el cansancio) cuando siguen hablando inglés en el transporte público en Tijuana “creyendo que van en Trolley”.

Si estoy hablando con una persona gringa gringa gringa entonces todo en inglés, pero si estoy hablando con un half-and-half pues ahí si puede ser revuelto, no?

Hay que admirar lo gringo, pero no demasiado. Nos da movilidad ser white-passing (exhibit A) pero el discurso dominante es que solo consumimos en San Diego por ser más barato, por ser más accesible, por tener mejores ofertas; pero si hubiera buena ropa aquí, buenas movies aquí, entonces quizás podríamos consumir aquí:

Por fin dejaríamos de cruzar, que es además una fuente de angustia terrible.

No hay fronteridad feliz: el cruzar en cualquier sentido es una fuente de angustia y ambigüedad.

Mi hermana fue así como que “ha, el español no importa, solo aprenderé inglés” y ahorita mi hermana, por ejemplo, vive en una crisis de identidad bien intensa porque es así toda chicano-power pero… mi hermana a veces no habla bien ni el español ni el inglés, y bueno, mi hermana así lo ve, como que le arrancaron el águila del pecho.

Tejemos nuestros recuerdos y nuestros quereres en lo ajeno: nos da nostalgia el cierre de La Toys, nos da antojo del In-and-out y durante la pandemia hubo tráfico masivo de órdenes del Panda Express.

Es de madre geek guardar el first badge de ComicCon de su hijo.

Ganar en dólares y gastar en pesos, o mejor aún, ganar en dólares estando en México, es el Tijuana-dream por antonomasia, El sueño no es vivir en San Diego, sino vivir como en San Diego, pero en Tijuana, porque no nos alcanzaría para vivir en San Diego como nos gusta, nos imaginamos y nos creemos merecer NUNCA.

Güey, que alguien nos diga que ni a ellos les alcanza para ese lifesyle, pero bueno.

El sueño entonces es claramente materializado en New City, donde a pasitos de la frontera a los gringos les venden sus propias fantasías y necesidades en forma de banda gástrica, levantamiento de glúteos y regeneración del himen. El sueño se cumple para algunos lucky few al volverse Mexicans más chingones que el resto, por vivir de los gringos y no al revés. Success y comiendo tacos, pues.

Haré una pausa aquí para que nos caiga colectivamente el veinte de cómo se nos ven las nalgas en este three way mirror del terror: El billete verde es nuestra religión.

Acá entre nos, prefiero flippear hamburgesas en el otro lado por mis 9 dolaritos la hora, que dar clases en una institución de gente nice cuyo rango de pago es de 75 a 140 pesos la hora, según la categoría en la que caigas. Tener lana en el banco es mi color de identidá.

Ta feo, pero es verdad. Porque nuestro consumismo y aspiraciones inalcanzables en el régimen del capitalismo del sentir nos dejan con una gran necesidad de defender a México, de querer a México y luego serle infiel al cruzar la frontera y sentir el alivio de ganar dólares, del escape del orden y de los easy returns y el customer service, seguido de la angustia de la no pertenencia, de la sospecha, de que se nos note el acento como cenicientas lingüísticas que tienen miedo de que suene el reloj a medianoche. Y, entonces, lo que sigue es la fuga de volver a Tijuana, valorando a lo gringo pero no demasiado porque eso sería traición a sepa-qué-imaginario de pertenencia a un México que nos mira con sospecha y un poco de razón.

Y remato con una cita en el libro de Lilí, de mi querida amiga Rihan Reh que es otro knock out sobre Tijuana y nuestras lógicas inconscientes: “Pesos are feminized and dollars masculinized, and Mexico as a whole appears as the domestic sphere alongside the US’s public sphere of labor”.

Mariana Martínez Esténs es escritora, primero, por ser periodista de experiencia de 20 años cubriendo la región fronteriza de Tijuana-San Diego; y, segundo, por ser autora del libro Inside people: Historias desde la reclusión. Actualmente es intérprete y trabaja en el área de la tecnología. Además ha sido productora de campo para Vice ID London, Netflix, BuzzFeed, NBC, Discovery Science, BBC, Nature, Nat Geo y Al-Jazeera. Antes de su trabajo en documentales, fue directora de Noticias de Milenio Radio Baja California, reportera de cámara para Telemundo 33 y Univisión San Diego; fue colaboradora de Associated Press durante 8 años.

Publicado por Liliana Lanz

Doctora en Ciencias Sociales, maestra en Lingüística aplicada y docente con experiencia de más de 15 años. Mis temas de interés son el bilingüismo, el análisis de discurso y la mercantilización del lenguaje. Me identifico como feminista, translingüe y madre contestataria.

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